Archivo de la categoría: Viajes en ómnibus

Quejas habituales y final feliz

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Me resulta muy curioso y fastidioso que, viviendo tanto más cerca del trabajo que hace un par de años, se vuelva engorroso volver a mi casa. Para la ida generalmente no tengo problema, pero a la vuelta el ómnibus que me sirve y yo no coincidimos! Veníamos bien, pero de repente empezaron a espaciar la frecuencia en ese horario. Si salgo 5 o 10 minutos antes, agarro uno, pero casi nunca puedo hacer eso. Y después me toca esperar 20 minutos o más. Sé que es un problema banal, pero no puedo evitar calentarme.

Lo que es peor, es que he agarrado el hábito de chequear en la aplicación de Cómo Ir de la IM, para saber si me vale la pena esperar ese ómnibus en particular o si me tomo dos. Y me ha pasado de ir por la segunda opción, sólo para tomarme el que me interesa – y que no figuraba en la app – en la otra parada. El otro día decía que ese demoraba 36 minutos todavía. Salí tranquila, para tomarme el otro, y veo pasar el mío frente a mis narices. Y después viajé parada y apretada (con panza de seis meses).

Hoy, en cambio, salí rápido porque venía en pocos minutos. Y así fue, solo que no paró porque venía lleno. Me está tomando el pelo el destino! Fue ahí que empecé a interactuar con una señora que se iba a tomar el mismo. Miré la aplicación, y le comenté que faltaban 17 minutos para el siguiente. Y cuando quise acordar estábamos las dos caminando hacia nuestros destinos, cercanos ellos, y charlando como si nos conociéramos.

Curiosamente yo conocía a su hijo. Me comentó que hacía poco había estado en mi colegio, que es autor, y tá, ya supe quién era. Así que hablamos de él y sus libros, pero además del antiguo trabajo de la señora, de su operación de ojo, de su accidente en bici, de hábitos alimenticios y deportivos, de hijos, de educación, de idiomas. Nos despedimos con un beso y nos deseamos suerte mutuamente.

Y tuve compañía para la caminata a casa, que tanta pereza me da encarar.

Un asiento, por favor (Toma 2)

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Estoy embarazada por segunda vez.

Y son muchos los cuestionamientos y dudas que me surgen. Será nena o varón? Cómo haremos para lidiar con dos pequeños? Dormirá este? Dónde podré conseguir juguetes Montessori? Tendré otra cesárea? Qué carajo hicimos?

Pero no es de eso de lo que quería hablar en este oh-querido-blog hoy después de tanto tiempo. Sino de – por qué no? – los viajes en ómnibus. Ya había escrito sobre eso una vez, cuando estaba embarazada de la Peque.

Ahora tengo un trayecto de ómnibus más corto hacia el trabajo. Y por dos meses viajé parada. Preguntándome si estaba haciendo mal. Si debía reclamar lo que me corresponde. Si estaba arriesgándome al cuete.

Un día, hace unas semanas, decidí que iba a empezar a pedir el asiento al guarda o chofer. Pago el boleto y le digo: “no me pedís un asiento (maternal/que estoy embarazada)?”. El sujeto asiente, no sin antes mirar mi panza como para chequear que no invente cosas, y luego alza la voz para solicitar dicho asiento. Ay, qué segundos tensos, gente! Estar parada ahí, expuesta, mirando a los pasajeros que no se mueven (siempre hay quien tiene motivos), el adolescente que no se siente identificado, y, lo que es peor, el amague de uno suplicando que sea otro el que me ceda el lugar más rápidamente! Una vez vi a dos señoras semi levantarse a la vez, mirarse, y quedar en pausa para que la otra concretara el acto en su lugar. Y la que ganó me dijo “De nada” varios segundos después de mi “gracias”, lo que me hace pensar que no me escuchó y que me estaba reclamando gentileza, pero eso debe ser de paranoica.

Hoy esperé un buen rato el ómnibus. Cuando finalmente llegó y me subí, repetí mi ya clásica pregunta al chofer, quien, con su voz más suave y como si le hablara a alguien al lado suyo hizo su pedido. Por supuesto que nadie escuchó. Gracias igual, Alberto. Incierta de cómo proceder, avancé unos pasos hasta que una muchacha me dijo: “A mí tampoco me lo dieron”. Y en esas pocas estamos.

ABC de frases oídas en los ómnibus montevideanos

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Ya hace tiempo de la suba del boleto, que generó tanta crítica y este artículo de 180 (26 cosas que odiamos de los ómnibus de Montevideo). Hemos hablado bastante de ómnibus por acá, pero ahora (y esto es de hace unos días) se me ocurrió recopilar las frases que, tarde o temprano, se escuchan en este medio de transporte.

El ejercicio del lector será adivinar quién es que las dice.

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El regreso

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Volví.

A salir todavía de noche y ver el amanecer en ómnibus fríos. A leer en movimiento, y varios no capítulos sin interrupción.

A viajar parada esperando que se desocupe el asiento más cercano (en lo posible no encima de una rueda, y si es con luz, mejor).

Y, desde esta semana, a esperar en la esquina de antaño a mi chofer.

Volví a dormirme en el ómnibus, y despertarme aleatoriamente (con una conversación altamente técnica de estudiantes de medicina entusiastas, por ejemplo). A escuchar conversaciones y vivir la fauna del ómnibus. Como el que llegaba medio tarde a propósito porque hace veinte años que trabaja para el mismo tipo, o las escolares que se preguntan: “y qué pasa si nos pasamos de parada?”.

Volví a escuchar críticamente a los vendedores de los ómnibus. Me gustó el que subió uno vendiendo almanaques (“Almanaques en abril… Es lo que encontré para ayudar a mi familia. Yo no sé leer, pero me dijeron que tienen lindos mensajes”).

Todo esto para volver a prestar libros, recordando nombres de alumnos para tipearlos en el sistema. Abrir cajas de libros nuevos o donados (que me estaban esperando), y ser la primera en analizarlos. Retomar el inglés diario. Y otro sinfín de cosas comprendidas en la palabra “trabajar”.

Luego vuelvo a casa, donde me espera una bebé con sonrisas, y miradas lánguidas, así como quejidos y demandas. Y un cansancio que repta por mi cuerpo y hace que me pregunte: por qué son recién las seis de la tarde?

Al volver al ruedo me di cuenta de algo que ya intuía: me gusta trabajar. Me gusta procesar los libros, interactuar con niños, y estar al tanto de lo que pasa en la biblioteca. Y no me gusta ir solo medio horario e interrumpir a la mitad para ordeñarme. Cuando me voy de mañana, dejo a mi hija, tiernita ella, cosita linda, dormida (o casi). Me da una ternura! Pero al salir de mi casa mi mente se va a otro lado. Por eso me siento mala madre cuando mis compañeros de trabajo al cruzarme por los pasillos se compadecen de mí por estar lejos de mi descendiente.

Claro que odiaría perderme grandes hitos de su evolución (darse vuelta, por ejemplo) porque se le diera por llevarlos a cabo en la mañana (que por cierto suele ser su mejor momento, mientras que de tardecita puede que sea poseída por pequeños demonios… o será todo una cuestión de cansancio propio?)

Qué le voy a hacer.

Quedan los fines de semana para recomponer el orden y recrear la licencia maternal.

(Hace una semana o más que estoy intentando escribir y publicar esto).

Falta la almohada

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No les llama la atención la gente que va durmiendo en el ómnibus, y de repente se despierta y se baja? Y se baja en la parada que le toca, eh?

Es asombroso.

Bueno, yo soy una de esas personas.

Jamás pensé que iba a integrar ese selecto grupo, pero así es.

Siempre adelante

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En la búsqueda de la idiotización completa, el transporte público montevideano ha dado un gran paso adelante, incorporando pantallas en sus coches.

Así que, en lugar de tener que conformarse con mirar la realidad por la ventanilla, o buscar entretenimiento en música, lectura, o aparatos electrónicos propios, los montevideanos podemos fijar los ojos en una caja boba más.

Nos enteraremos, por ejemplo, que si comemos con romero aumentaremos 75% nuestra memoria. Estaremos al corriente de publicidades que ya son viejas en la tele. Recibiremos consejos de cómo esperar el ómnibus (en la vereda) y cómo comportarse una vez en él (respetando el asiento maternal). Y captaremos repetidas veces que la empresa que proporciona tal entretenimiento se llama +bus.

‘Ta que los parió.

(también vi pantallita en un taxi: peor porque está más cerca, y viene con sonido que sale de atrás de tu cabeza. Un horror)

Y eso que era mujer

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Ayer estuvimos hablando con Ele sobre cómo sentarse calladita en el maternal implica todo un sufrimiento, viendo cómo sube tanta gente que precisa sentarse: discapacitados físicos y mentales, gente mayor, muchachas con niños por dentro y por fuera… Hasta que le piden el asiento a una y tiene que decir que también lo merece, aunque todavía no se note.

Hoy llega Ele y me dice: “me acordé tanto de vos”. Se sentó en el maternal, junto con otra embarazada, y luego subieron dos viejos con bastones. Ella olímpica y de auriculares. Ya ubicada la gente, la guarda le dice (no de muy buen modo): “perdoná, vos estás embarazada?” Supongo que la respuesta que esperaba era que no, pero no la obtuvo. “Ah, porque solo uno de los asientos es maternal, vos tendrías que haberte parado e ido más atrás.”

Chan!

Un asiento, por favor!

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Hasta ahora he evitado los asientos maternales/para lisiados en el ómnibus, incluso si son los únicos vacíos. Porque, por supuesto, viajás con el estrés de ver si entre los que suben hay alguien con bastón, o una mujer con panza y/o niños, o alguien (notablemente) más viejo que vos.

Prefiero sentarme al fondo y hacer caso omiso a las insistencias del guarda o chofer cuando precisan que se libere un asiento. Después de todo, el fondo es para que no te jodan.  O ir parada y ceder incluso los lugares que van apareciendo (mucho más fácil dar un asiento en el que no estabas sentado).

Y ahora que estoy embarazada? Apenas asoma la panza, y nadie que me vea con campera puede sospechar de mi condición.

Así que, si el ómnibus va lleno, me la banco piola. Eso sí, no miro quién está a mi lado cuando se libera el asiento más cercano. A vos mismo.

Si va vacío? Al tomármelo en la largada, puedo elegir dónde sentarme, y siempre me voy lo más cercano a la puerta trasera. Es que los asientos maternales serán prácticos por estar enseguida de la puerta delantera, pero deben ser los peores lugares del universo! La mayoría son “asientos de los bobos”, van mirando para el pasillo (a los bobos de enfrente), así que corrés el riesgo de que te pisen los pies, y con cada frenada te vas para el costado. Y por ahí pasa todo el mundo! No tardan mucho tiempo en pasarte brazos estirados por arriba para pagar al guarda. Además, vas escuchando lo que sea que el conductor tenga en la radio.

Hoy me pasó que el único asiento libre fuera el de las madres “bobas”. Me senté y rogué. Unas pocas paradas más tarde subieron dos muchachas con niños en brazos y una embarazadísima. Al lado mío, una vieja, en frente, un gordo gordo. Y otra señora. Ninguno se iba a mover. Así que me paré yo.

Y usted dirá: “pero es tu derecho!” (también sería derecho de todos viajar respirando, pero no siempre se puede). Pero si para ejercerlo tengo que tirar al aire “estoy embarazada” o quedarme estoica y soportar las miradas y mi persecución mental, bueno, entonces aún no estoy preparada para eso.

Palabras más, palabras menos

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– A vos no te caen bien las guachas de mi clase, no?

– …

– Te digo porqué a vos no te gustan las guachas de mi clase? Porque vos sos muy… Cómo es la palabra?

– Madura?

– Eso. Te digo por qué sos madura vos? Porque tenés hermanas grandes que te llenan la cabeza y te dicen cómo son las cosas. Por eso no entrás en ese grupo.

[El diálogo sigue por otros lares]

– (…) Llego y me pega, salgo y me pega…

– Claro, vos tuviste que madurar muy temprano

– Y sí, yo maduré a los cuatro años

– Yo maduré a los cinco, con el accidente de mi padre

– A mí me dijeron que papá noel no existe a los tres años. Es como… pobre de mí!

– Sí! A mí me dijeron hará tres, cuatro años. A los ocho más o menos está bien.

– No, a mí me dijeron a los cuatro, que fue cuando maduré.

Diálogo entre dos niñas escolares, en el ómnibus.

viendo en los ómnibus

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Estaba pensando que qué bueno que es viajar en ómnibus, no?

No?

Sí, yo sé que vas apretado, y a veces agarrándote fuerte para no caerte con los frenazos, y la gente te pasa por arriba, y va lento… Paso mínimo dos horas al día arriba de ómnibus urbanos montevideanos. A veces leo, muchas otras me duermo la tal siesta, y el resto es una gran pérdida de tiempo.

Pero! Cuántas cosas que uno ve, cuántas cosas que uno vive y escucha! La idiosincrasia del pueblo! Situaciones humildemente cómicas o simplemente hilarantes, si uno las quiere observar.

Como la muchacha que iba derechito a sentarse… a upa de otra señora. Los que cabecean con todo. Los gurisitos que iban cantando “manya, manya” y el padre que decía “a estos en unos años los vamos a visitar al Comcar”. El cantante apasionado, y el que, ya van dos veces, canta “una calle me separa” seguida por “No I won’t be afraid, just as long as you stand, stand by me”, agradeciendo repetidas veces el respeto, el silencio y los aplausos.

Es fascinante.