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Se acabó lo que se daba

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Mañana vuelvo a trabajar. Parecía que no, pero pasaron los cuatro meses.

Tengo ganas de trabajar? Creo que no, pero no es muy distinta la sensación a la que siento (sentía/sentiré) cada domingo de tardecita pensando en el día siguiente. Lo que sí tengo ganas es de ser yo sola un rato. Poder pensar. Tener conversaciones adultas (o adolescentes). Y un poco de silencio.

La situación laboral post niño es mejor que la que tuve con mi primogénita. Para empezar, el medio horario se extiende hasta los seis meses de la criatura (en su momento eran cinco). En segundo lugar, como agregué mi licencia anual después de la maternal, el bebé es casi un mes más grande que lo que era Hija en mi reintegro. Tercero, mi trabajo actual es mucho más cerca de mi casa que el que tenía en el 2015 (una hora más cerca x2). Y, por último, trabajo la mitad de horas que en ese entonces. El arreglo que hice fue trabajar tres días a la semana hasta mayo, así que voy a estar separada del niño unas 5 horas cada vez.

Estos días pasados creí volverme loca. Nos fuimos a La Paloma lunes y martes de carnaval, pero el resto de la semana estuve sola con los niños, y no podía mandar a Hija a lo de la abuela o tía porque no estaban. Hija está en una etapa de hablar mucho. Se pone a hacer cuentos eternos basados en historias reales. Yo ahí apago el cerebro y dejo de escuchar. Y ella sigue, y sigue, y sigue… También está en pleno juego simbólico. Todo el tiempo estamos viajando en tren, o en ómnibus, en un concierto, en el jardín, un hospital, una fiesta. Pretende que yo participe activamente, pero me limito a comer la comida invisible que me ofrece. Después están los llamados constantes. Salgo de la habitación y no pasan dos segundos antes de escuchar “Mamá!”. Estaba bañándose y le digo que voy hasta el cuarto: “sí, ya te escuché cuarentamil veces”, me dice la guacha. Entonces salgo del baño, y, estando en el cuarto la siento llamarme de vuelta (aaahhh). La otra es: “voy a dejar a Bebé, ya vengo”, y cuando lo estoy depositando en la cama, vuelta a llamarme. Si estoy en el baño también. Y así mil.

En cuanto al relacionamiento con el bebé, ya no lo muerde (sucedió dos veces en enero) ni intenta despertarlo (es joda?). Es más, se acerca a darle besos y hablarle. Te digo más, se le pone arriba, a un centímetro de la cara. Cuando lo agarro a upa sentada, ella se me trepa. Si le canto una canción, ella me canta arriba con otra letra, o me interrumpe con algo. Ooommm…

Ayer martes, finalmente, se me dio de poder mandarla a casa de los abuelos. Pude dedicarle atención exclusiva a Hijo. Estuve en silencio casi toda la tarde. No le hablé fastidiada a nadie, ni me irrité con los llamados constantes. Nadie llenó de migas todo ni se volcó cosas encima, ni pidió “pichí, pichí, pichí” cuando estaba dando teta. Y, obviamente, me sentí culpable de haberme “deshecho” de ella y de no haber hecho cosas híper útiles como la cena. Pero ella la pasó bárbaro, y a la tarde, cuando la fui a buscar, yo había recuperado energías para jugar y escucharla, entender que es una niña, y pasar hoy nuestro último día juntas sin broncas (casi).

Ahora se viene una nueva etapa: encarar eso de trabajo + dos niños.

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Acá, madre full time de dos

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Pasan 17 minutos de las 22. Después de varias vueltas logré que se durmieran mis dos hijos (Adorado Esposo no está en casa en este momento), y empezó la parte del día que es MÍA!

El momento en que aprovecho a ducharme y sentirme persona nuevamente. Y que abro la computadora para hacer algo que no tengo muy definido. Todo eso después de haber ordenado algo del relajo que había quedado, claro.

Estas son las primeras semanas en que estoy sola durante el día con los dos críos. La más grande tuvo clase en el jardín hasta Navidad, y venía mi tía a colaborar y llevarla. Y en enero nos fuimos a La Paloma a compartir veinte días con varios familiares que ayudaban constantemente en la tarea de lidiar con una niña de casi 3 años y un bebé de casi 3 meses (poca playa para mí, pero no lo cambiaba por Montevideo ni loca). La semana pasada volvimos a instalarnos en casa, y ahí sí que empezó la diversión.

Es gracioso, pero me cuesta pensar ahora, tranquila y en silencio frente a la pc, cuáles son las cosas que me sacan de quicio y me exasperan durante el día. Pero que las hay, las hay. Generalmente se dan cuando la demanda de mis dos hijos se da en forma simultánea.

Hoy habíamos quedado que venía una vecina amiga del jardín con su madre. Y la peque empezó desde temprano diciendo que no quería que vinieran. Hubo que remarla, convencerla, hablarle de ética y amenazarla (!) Finalmente, al acercarse la hora de la visita, estaba re copada. Pero a mí me pega un cierto bajón entre los preparativos para dejar la casa más o menos presentable*, hacer alguna cosa rica, y la llegada de la gente. Ahí, cuando me siento a esperar (y no llegan más), ahí me dan ganas de cancelar todo a la mierda.

Pero a la larga llegaron ellas, y yo estuve hablando con una persona adulta por un rato largo, mientras las niñas jugaban. Y estuvo bueno! A pesar de las interrupciones, de las intervenciones anti conflicto y de los llantitos y teta.  Conclusión: necesito más tribu.

Otra cosa que necesito es salir más. Me encanta salir con el cochecito, pero ahora con el calor, y tapar del sol con sábanas que se caen, y una niña anexada a la que le piso los pies… Ta complicado.  Atadísima me siento. Aburrida de mi casa. Abrumada por el despelote.

Ansiosa porque empiece el jardín, negada a volver a trabajar…

Si sobrevivo a febrero, el resto del año está asegurado.

Creo.

*al diablo con las convenciones sociales. Mi casa mugrienta es parte de mi identidad, y si no  le gusta a la visita, que se la banquen (!!)

La nieve

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Prometo que es lo último.

Durante nuestra estadía en Italia en enero no vimos nevar. Fue un chiste, porque nevó en Torino cuando nos fuimos a Venezia, y en Venezia cuando volvimos a Torino.

Así que mis tíos nos llevaron a la montaña para que tuviéramos la experiencia de tocar, pisar, sacar fotos y estar rodeados de la más blanca nieve. El destino elegido fue Prali, que queda a una hora y media de Torino (si mal no recuerdo). Peque vomitó en el auto cuando todavía no habíamos empezado con las curvas de montaña, y, a diferencia del sábado anterior cuando también vomitó yendo a otro lado pero después se durmió, esta vez permaneció despierta, molesta y quejándose. Yo tampoco me estaba sintiendo muy bien hacia el final del viaje, entre oler la mezcla de vómito y toallitas húmedas, estar inclinada hacia el lado de Peque para intentar levantarle el ánimo, la creciente altura y las repetidas promesas incumplidas de “ya estamos llegando”. Pero sí, valió la pena.

Además de ver, tocar, pisar y fotografiar nieve, vimos de cerca la fauna deportiva: decenas de personas haciendo ski de fondo, o tirándose desde allá arriba, o con los carritos, enfundados en colorinchudos equipos y caminando sobre aparatosos zapatos ruidosos.

También respiramos aire puro.

Una experiencia inigualable, como quien dice.

Y a la vuelta Peque se durmió.

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(esto vendría a ser un arroyo)

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También estuvimos en Génova (enero 2017)

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Parece que todos los destinos de este viaje fueron repetidos: a Génova había ido en el 2006, gracias a un concurso que gané. Aquel viaje fue con otros 10 chiquilines sudamericanos, y nuestros días estaban llenos de actividades protocolares. Íbamos a un restaurante donde no pagábamos, y después recorríamos la ciudad juntos, íbamos al puerto… Experiencias inolvidables.

Ahora alquilamos un apartamento por airbnb, justo frente a Porta Soprana.

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Venezia. Enero 2017.

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Llegás a Venecia en tren, te bajás en la estación y cuando salís, ves el Gran Canal. Dejaste atrás el mundo tierra, y te metiste en  la tierra de los mil puentes y las callejuelas laberínticas que indefectiblemente desembocan en agua.

Tuve la suerte de visitar esta ciudad en el 2004, en circunstancias bastante distintas a las de este viaje. Era verano y lo sufrimos; había mucho más gente; cuidábamos muchísimo los euros; éramos más jóvenes y no llevábamos niños, jaja. Además, nos quedamos en un hostel al que teníamos que volver a determinada hora para que no nos dejaran afuera.

Esta vez nos quedamos en un apartamento alquilado por airbnb (éste, para ser más precisos), lo que nos permitió desayunar a la hora que quisimos, cocinar, y pasar rato tranquilos cuando ya habíamos estado todo el día afuera y se escondía el sol.

Vagamos por las callejuelas, pero también nos tomamos un vaporetto a Murano (de donde nos volvimos congelados sin haber visto hacer vidrio, buaa) y entramos a varios museos, como el Peggy Guggenheim, que tiene obras de artistas que hasta yo conozco (jaja), el Palazzo Ducale (desde donde pasamos por el puente de los suspiros, no sabía que se podía!), y el Palazzo Reale / Museo Correr (ahí Peque se me durmió en brazos y la hicimos corta).

También nos metimos a tomar chocolate caliente todas las veces que pudimos!

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Ventajas de viajar con una niña de (casi) 2 años

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El 3 de enero nos tomamos un avión a Italia. Bueno, dos aviones. La escala fue en San Pablo.

Y cuando hablo en el plural de la primera persona incluyo a mi esposo y a nuestra hija de 23 meses.

Habíamos sido sagaces y aprovechado el “beneficio” de que Peque aún no hubiera cumplido sus dos, para ahorrarnos sus pasajes de avión.

Pero, claro, al ahorrarte el pasaje (que no los impuestos) perdés el beneficio de un asiento para la criatura, lo que significa que tenés que padecer un viaje de 12 horas encerrado en un Copsa con alas con una criatura inquieta a upa. Qué linda perspectiva!

Nuestro vuelo salía de Montevideo a eso de las 16, llegando dos horas después a San Pablo. Nuestra estrategia (o sueño) era que Peque permaneciera despierta todo ese primer vuelo y corriera todo lo largo del aeropuerto de Guarulhos para que llegara liquidada al vuelo clave: el eterno.

Y fue bastante como pensábamos, salvo que se terminó durmiendo antes de aterrizar (por suerte: dimos pila de vueltas en círculo), y que en el aeropuerto sólo quería upa. Pero lo interesante, lo que no te cuentan, está en el vuelo. Que tu hijo viaja a upa y no hay cinturón para él: solo tus brazos. Y que cuando pasan ofreciendo snacks, no hay uno para los Peques.  Lo mismo con la cena y desayuno, la bandejita famosa. No hay para el niño. Gracias, Latam (?)

El segundo vuelo fue en seguida. Por suerte el avión era más espacioso, porque de solo pensar en viajar doce horas con el espacio del que nos llevó a Brasil, me daban ganas de llorar. Cuando entramos todavía quedaban pila de espacios vacíos, y vimos con ilusión creciente que el tercer asiento de nuestra fila quedaba libre. Miracolo, miracolo, quedó vacío! Así que, después de jugar un rato con Lego (resultó clave) y mirar algún libro, Peque se durmió (antes de la comida) y la acostamos en el asiento con sus piernas sobre mí. Así pude ver un par de capítulos de serie, dormir un poco y comer tranquila (guardando lo que podía para mi pobre hija).

Cuando regresamos, veinte días más tarde, no tuvimos tanta suerte. Nos tocó en la fila del medio, y había un paisano instalado que ni se le ocurrió buscarse otro asiento (como hizo el hombre de adelante que le tocaba sentarse al lado de una niña de un año). Así que hubo upa, hubo inquietud, hubo cena peligrosa e incómoda, hubo sueño increíblemente movedizo y bastante malhumor (de mi parte). No miré nada en mi tele, pero sí en la del brasileño de por allá adelante que se vio toda Florence con subtítulos :p

Pero más allá de los vuelos, Magui – me preguntan por la calle – cómo es viajar con una niña de casi dos?

Vale aclarar que todos los niños son diferentes (me dí el gusto de decir esa frase), pero tengo que decir que no es fácil. Tuvimos en cuenta su presencia lo más posible al momento de planificar nuestras vacaciones. Hubo días más movidos que otros, sobre todo cuando visitamos un par de ciudades por poco tiempo, pero intentamos pasar bastante tiempo tranquilos. Pero ciertamente no es lo mismo acarrear un niño que viajar con adultos. Yo tengo como referencia mi primer viaje a Italia. Tenía 18 años, iba con mi hermano y era verano. No parábamos la pata en todo el día y recorrimos lo más posible intentando no pagar muchas entradas. Creo que es hora de asumir que nunca más habrá un viaje como ese y que todas las experiencias van a ser distintas. Esta vez era pleno invierno, y terrible frío pasamos. Cada vez que salías tenías que incorporar varias piezas de abrigo, y todos deberían saber que no es fácil vestir a un niño. Es difícil hacer que venga a ponerse la campera, que deje de jugar, que se deje puesto el gorro. No hubo forma de ponerle guantes ni gorro a Peque, y eso que estaba cruel! La gente nos miraría como padres desalmados, que se cubren a sí mismos más no a su criatura. Es difícil estar todo el día solar afuera (entre 10 y 17, ponele) y que el niño se canse y pida upa, se ponga irritable por falta de siesta, y porque lo estás llevando a ver cosas que no le interesan en absoluto. Peque soportaba poco el coche prestado que usamos todo el viaje, y pedía para ir caminando (era trampa, al segundo te interceptaba el paso y pedía brazos). Y es difícil abandonar tu casa y todo lo conocido, dormir en otra cama y acostumbrarse a tres hogares distintos en tan poco tiempo. Reconozco que estas decisiones “arbitrarias” de nosotros padres pueden resultar crueles para los niños, y hay que admitir que dentro de todo Peque se portó muy bien.

Intuyo (y proyecto) que viajar con nuestra niña de dos fue más sencillo en algunos aspectos que hacerlo con niños más grandes. Como el hecho de todavía usar pañal, que evita que en el medio de la nada te digan “quiero hacer pichí”. Todavía entra en el coche, que agiliza las cosas (cuando lo acepta!), y donde durmió más de una siesta. Todavía le gusta pasar tiempo con sus padres! Todavía no dice “estoy aburrida, me quiero ir” , ni “me estoy perdiendo el verano por estar acá”. Y, por último, pero no menos importante, no paga pasaje de tren, ni de ómnibus, ni entrada a ningún lado!

Más allá de si es una buena edad para viajar o no, la experiencia está vivida, y no se va a repetir. Por lo pronto, a futuro, me dan ganas de vacaciones del tipo tirarse a no hacer nada!

Turismo 2016 (abajo de todo hay cirque)

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Es casi tradición hablar de Turismo en qviaje. La semana por lo general se divide en dos: los primeros días, en que Adorado Esposo trabaja y Magui ordena cajones y revisa cosas viejas, y la otra mitad de la semana, en que siempre salen paseos lindos, sobre todo hacia el Este. Con Esposo salíamos en ómnibus a La Paloma y nos organizábamos para administrar los alimentos antes de ir al centro a comprar. O mis adorados padres nos prestaban su camioneta y de fiesta! Salía recorrida por distintos parajes. El año pasado no tengo idea qué fue de Turismo. Hija era pequeñita, por lo que asumo que nos quedamos piolas (miento: nos fuimos pal Oeste a lo de los parientes).

Este año invertí las siestas de la primera mitad de las vacaciones en hacer cuatro huevos de pascua con sus bombones caseros de relleno. Cociné alguna cosita y no ordené absolutamente nada. Nuestra casa es y seguirá siendo un caos. Jugué y leí con Hija, y también la dejé al cuidado de familiares para juntarme con una amiga.

Para la segunda mitad, la novedad es que avemus vehículo propio (iujuu!), y, sin olvidar nuestros orígenes, arrancamos a la hora que quisimos (aunque siempre terminamos corriendo! Para mí que es Hija que mete todo el estrés: se te trepa a las piernas cuando estás armando los bolsos y no hay forma), visitamos a la Bisa, y llegamos, una vez más a La Paloma.

Estuvimos acompañados de Abuelos maternos de Hija, quienes colaboraron en el minucioso arte de entretener a Pequeña (léase: prevenir quejiditos).

El jueves vimos algo de sol al atardecer. Después no more.

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Con viento arrancamos para La Pedrera, que hacía tiempo no visitaba.

Hubo otros paseos por la vuelta. Y tortas fritas.

El domingo amaneció así:

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Pero era mentira. Así que juntamos las cosas bajo lluvia y nos fuimos paseando.

(en la primera foto hay un arcoiris…)

Llegados a Minas, almorzamos en el Parque Rodó. Y lo recorrimos bajo llovizna. Qué lindo que es!

Para terminar la semana, metimos Cirque du Soleil. Habíamos comprado las entradas hacía unos cinco años, más o menos. Por suerte nadie se olvidó de ir, llegamos siguiendo las indicaciones viales, y no nos enterramos atravesando el estacionamiento.

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Éramos once en la patota, y la acomodadora se entreveró con nuestros asientos, así que nos terminó ubicando unas cuarenta filas más adelante, donde hubiéramos tenido que pagar el doble. Así que pudimos apreciar las expresiones de los artistas, ser bañados en pop y papelitos que ellos tiraban, y entrar en pánico cada vez que buscaban un voluntario.

Lo que hace esa gente no tiene nombre. Seguramente sean aliens. Quedamos anonadados con todo. Y también nos matamos de la risa. No sé si ahondar en que hubo partes del humor que no me gustaron… Mejor no.

Y despueś de toda la joda arranca la rutina de vuelta, se puede creer?

En qué ando

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Si no hubiera dejado mi trabajo, probablemente me hubiera reintegrado esta semana. En cambio, me he dedicado a vaciar el canasto de la ropa sucia (cuánta sábana!), planificar los cumpleaños de la pequeña Hija (semana que viene, gente), intentar dejarla jugando mientras hago otras cosas (nop), abastecernos de alimentos, e idas al banco y a lo de los abuelos.

Milagrosamente, Hija no está haciendo taaanto problema para dormirse de noche (tocá madera), así que, como no tengo que levantarme temprano, aprovecho esas horas de la noche para ver series con mi querido esposo (hoy terminamos Downton Abbey) y leer.

De vacaciones me llevé como siete libros. Uno ya lo había empezado, y lo terminé allá. Era cortito. Y luego tenía varias opciones. El clásico de Pratchett que nunca puede faltar, uno de una chica psiquiátrica, cuentos de Roald Dahl, y otro sobre literatura infantil. Pero el que empecé a leer, y me tiene enganchadísima, es Gone With the Wind. Lo que el viento se llevó. No vi la película, y no tenía ninguna idea en absoluto sobre de qué se trataba. Gordo así el libraco, y está escrito en columnas! Tomá pa vos. Hace semanas que lo estoy leyendo, y no he llegado a la mitad. Pero lo estoy disfrutando enormemente.

Pero a todo esto, hoy caí en la cuenta que me queda sólo una semana más de vacaciones, y que tengo que hacer comida de cumpleaños, limpiar la casa, y prepararme para el nuevo trabajo. Además de las pequeñas tareas cotidianas y el casamiento del sábado. No tengo muy claro cómo voy a lidiar con todo, sobre todo si Hija se niega a mostrar cinco minutos de autonomía o dos horas de siesta. Vamo’ que se puede!!

De vacaciones

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Extrañaba La Paloma. Vengo hace como 20 años, y haber empezado a vivir en pareja hace como 8 no cambió (mucho) las cosas: venimos siempre en familia, cada vez más numerosa.
El año pasado estuvimos tres días, Esposo, Panza y yo, y volvimos rápido porque tenía control médico. Así que extrañaba esto de andar descalza, con el pelo duro de sal, lavar ropa a mano en bikini, dormir siesta y leer.
Ahora a la ecuación se suma Hija. Y decí que son varias manos para entretenerla (mientras una se encrema, ponele), y puedo contar con que mi madre la cuide y le de fruta mientras yo sigo un rato más en la playa (grande, ma!), porque obviamente todo se vuelve más complejo.
Una gran ventaja de vacacionar con Hija es que se despierta temprano, a eso de las 8. Y rinde mucho más el día! Da para desayunar, prepararse, y bajar a la playa en horarios bastante razonables. La lástima es que nunca parece dormir lo suficiente. Un tema recurrente con la peque, que me hace rabiar para dormirla (no quiere!!). Y eso que el aire de océano cansa a cualquiera. Siempre dormí como un lirón acá! Y ella lucha por mantenerse despierta. Le pusimos un mini colchón en el piso al lado del de dos plazas. Duerme en el hueco entre los dos, con las piernas para mi lado. Mi pelo se vuelve necesario para entrar en el sueño, y cuando se entre despierta, estoy al alpiste para intentar asegurar su continuidad. Beneficios del colecho. Temo por mi regreso a casa.
Mientras tanto, seguiremos disfrutando como podamos.

Esto fue escrito hace un par de semanas. Las cosas, como siempre mutan. Una de ellas fue que tuvimos que volver a la ciudad (no así al trabajo, que arranco más tarde en uno nuevo).

Y uno apenas se acuerda ya de las caminatas por la playa…

deseándoles a ustedes…

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Es la víspera de Nochebuena y apenas soy consciente de que estamos en “Las Fiestas”. Hace días que me cuestiono si es cierto que ya terminé las compras navideñas, si no tengo que buscar algo de pasada por el shopping, y me queda la sensación de que algo me está faltando hacer.

Me gustaría, eso sí, hacer regalitos semi simbólicos a la familia. No al nivel de hace un par de años, en que les di a todos natillas en frascos, pero algo. Tengo tubos de papel higiénico que hacen unos paquetes muy lindos, pero ni idea con qué rellenarlos. También me gustaría pensar una actividad o decoración para mañana, pero sospecho que va a quedar en la nada. A ver, empecé a hacer galletitas con formas el sábado, y recién hoy miércoles terminé de hornearlas. Ahora habría que decorarlas. La forma que se me ocurrió para cortar las formas hoy de tarde fue poner a Hija en la silla de comer bien cerca para que viera, pero lo que realmente funcionó fue darle comida para que se entretuviera (la pocha). Últimamente invento mis actividades en su cuarto para que ella juegue por su cuenta, teniéndome a la vista (si no, no tarda en quejarse).

Estoy deseando disfrutar de las vacaciones e irme a La Paloma. El año pasado sólo fuimos un par de días porque tenía control médico y entraba al término del embarazo (que se extendió todo enero finalmente). Y como vamos acompañados, habrá otros que puedan entretener a Hija. Además, confío que el aire océanico y el viento caliente le permitan dormir toda la noche y me ayuden a un destete respetuoso y feliz (será mucho pedir?)

Me olvido de qué más quería divagar por acá. Un “acá estoy!” y un “Feliz Navidad!”.

Hasta pronto.