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Relato de otro nacimiento

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Tuve mi primer hija hace dos años y nueve meses, y lo relaté aquí.

Hace una semana tuve a mi segundo hijo, y aquí va mi relato (spoiler alert: otra cesárea).

Mi primer parto fue por cesárea. Rompí bolsa sin haber tenido casi contracciones. En el sanatorio me indujeron por horas, pero nunca dilaté, así que fui a block quirúrgico, para mi pesar.

Esta vez busqué un ginecólogo que fuera pro parto natural, y que no me dijera de entrada que tenía pocas chances de uno sólo por venir con una cesárea previa. Este doctor me dijo que no había ningún motivo por el que no pudiera tener la posibilidad, y que lo único que no se podía hacer era una nueva inducción.

Y yo venía contenta porque desde unas semanas antes de la fecha prevista ya tenía contracciones. Sueltas, sí. Pero contracciones de la nada, que nunca había tenido con Hija. La semana anterior al parto había tenido una serie de contracciones muy seguidas, que me habían hecho instalarme una app para contar la frecuencia (jaja), pero me fui a dormir y se me pasaron. A los dos días tuve consulta y el ginecólogo me hizo tacto para ver si se había borrado el cuello del útero y había dilatado algo, pero no. Aparte, el bebé todavía estaba muy arriba.

Eso fue un viernes. Los siguientes días intenté caminar para que bajara el niño, pero no tuve muchas contracciones. Hasta el miércoles 1 de noviembre. Ahí estuve todo el día con contracciones irregulares.

A la tarde, cuando Hija fue al jardín, fui con Esposo al banco y a almorzar. Luego me dejó en casa, y no habían pasado diez minutos que me llamaron del jardín para decirme que Hija estaba con fiebre. Así que la fui a buscar, y luego llamé a la emergencia. Mientras el médico intentaba revisarle la garganta, Hija vomitó todas las frutillas que había llevado de merienda. Ensució mi cama, mi pantalón, mi pantufla, su ropa y el piso. Cuando se fue el médico la puse en el bañito, y solicité la presencia de mis padres para que me ayudaran un poco… Cuento todo esto para destacar la diferencia con el embarazo anterior, ausente de este tipo de distracciones! Mis padres vinieron, entretuvieron a Hija un buen rato, mientras yo intentaba limpiar el caos.

Más tarde Hija cenó y se acostó a dormir en la cama grande (no me iba a pelear porque durmiera en la suya; de todas formas, tarde o temprano se pasa siempre a la nuestra), y yo me puse a cocinar algo mientras Esposo intentaba redondear cosas de trabajo, previendo su inminente licencia. A esa altura las contracciones eran fuertes, bien molestas. Casi ni ceno, pero Esposo decía que iba a necesitar la energía. Después de eso me fui a acostar, con la esperanza de poder dormir algo. Un poco de sueño pellizqué, y hubo contracciones que no llegué a marcar en la app. Pero el lapso entre una y otra era cada vez menor, y el dolor de cada una me impedía dormir. Creo que acostada tuve los peores dolores! Me hacían retorcer toda (y pensar: ta, éste es el último hijo).

Me levanté varias veces, y tuve que ir al baño con frecuencia. Después ya me quedé levantada, usando la pelota de pilates, que me hacía sentir mucho mejor. Esposo se fue a acostar, y yo quedé dando vueltas. Hasta que en el baño me salió un poco de sangre. Ahí decidimos llamar a mis padres para que vinieran a dormir con Hija. Eran las 3 am. Esposo fue a buscarlos, y en el interín: FLUM, bolsa rota (atendeme la onomatopeya). Fue una catarata (nada que ver con la otra vez), me empapé el pantalón, y eso que tenía un absorbente puesto!

Así que arrancamos para el sanatorio, llegando a eso de las 4 am. Divino horario porque la emergencia estaba vacía, nadie me tuvo que ver el culo mojado, y no tuve que esperar mucho. Desde mi último parto en el sanatorio hicieron una reforma y hay un sector de emergencia exclusivo para ginecología. Ahí había un enfermero y una no sé qué. Me tomaron la presión, hicieron varias preguntas, y llamaron al ginecólogo de guardia (que tardó un rato – tienen camas por ahí?). Él me dijo que estaba en 4 o 5 cm. de dilatación (opiti!). Me pusieron poncho, me dieron antibiótico por el estrepto positivo, y me subieron en silla de ruedas a una sala de preparto (que estaba vacía) a esperar a mi ginecólogo (habíamos decidido contratarlo). Vino la partera a hacerme monitoreo fetal. Rato largo me dejó esa cosa, y resulta que estaba mal enchufado, jaja. Mientras tanto vino el ginecólogo (como a las 5 am) y determinó que tenía 4 cm de dilatación, y que el bebé aún no estaba encajado (por lo que no podía pararme, moverme, usar pelota…). Después de determinar que los latidos del niño estaban bien, y comprobar que tenía contracciones muy seguidas (y de que no me quejaba mucho, ja! – pero dolían) dijo que en dos horas volvía a ver si había evolucionado algo. Si sí (aunque fuera 1 cm), seguíamos adelante. Si no, bueno, si no, hablábamos.

Resumiendo, me quedé en 4 cm. Y el ginecólogo dijo que si, estando con bolsa rota y con contracciones regulares, no había avanzado nada en todo ese tiempo, tampoco iba a cambiar la situación por esperar más. Así que me planteaba dos opciones: o ir a cesárea inmediatamente (lo que recomendaba él), o esperar una hora más a que se diera un cambio fantástico, un milagro (aunque no recuerdo qué expresión usó). Era yo la que tenía que soportar el dolor.

Una especie de déjá vu con el parto anterior. La diferencia? Esta vez me importaba muchísimo menos. Es más! Casi que fue un alivio decidir terminar con la espera (y, por qué no, también evitar lo desconocido de un parto). Así que cuando volvió, le dijimos que íbamos por la cesárea, ante lo que él aseguró que era lo mejor.

Eran casi las 8 am, y habíamos estado sólo cuatro horas ahí. En media hora tenés a tu hijo, dijo. Pero sabés cuántas personas se precisan en el block quirúrgico? Una banda de gente. Esta vez la que tardó fue la pediatra, e Hijo terminó naciendo 8:44 am.

De nuevo sonda, poncho verde, “pantuflas”, gorra, viaje en camilla con enfermero simpático, gente presentándose y preguntando el nombre del bebé (y si era el primero, el sexo de la hermana, comentarios sobre el casal…). Gente hablando de la vida, vistiéndose, lavándose las manos, abriendo bolsas con instrumentos, tranquilizándome (yo estaba totalmente entregada al procedimiento). Contracciones. Anestesia, cositos en el pecho, cosito de la presión en el dedo, el campo para no ver cómo te cortan y te sacan cosas de adentro (descubrí que si miraba la lámpara de arriba veía el reflejo de cosas…). Aparición de Esposo al lado (“acercate, agarrale la mano”), advertencia de que iba a sentir una presión, preguntas sobre si podía levantar las piernas (“no, pero puedo mover los dedos!” preocupación).

“Tiene circular de cordón” “No iba a bajar” “Hicimos bien en operar”. Llanto de bebé, llanto de madre. Caras que aparecen tras el campo y felicitan. Corte tardío del cordón. Y el bebé, que lo traen, y le apoyan la cabecita en mi pecho. Ah!!! A Hija me la mostraron de lejos y menos tiempo. Esta vez a Hijo lo tuve un ratito, y viví con maravilla el efecto sedante del contacto: dejó de llorar cuando estuvo conmigo, y retomó el llanto al sacarlo.

Un rato más tarde estaban pasándome como un muñeco a otra camilla y llevándome a la habitación, donde me dejaron reclinada, donde había otra pareja con una niña nacida por cesárea, donde le di teta a mi hijo y donde vomité tres veces a lo largo del día por mover demasiado la cabeza o incorporarme demasiado rápido. También sudaba, así que me pusieron una compresa húmeda en la frente, y mi aspecto era de moribunda. Por “suerte”, Hija no vino a visitarnos ese día porque estaba con fiebre. Sí vino al día siguiente y quedó impactada con la vía que todavía tenía en el brazo. En esa visita sentí que nuestra relación se encontraba en el punto más frío de su historia: la distancia entre nosotras parecía insalvable.

[Cosas que no recordaba: la sonda y limpiarse con ese misterioso líquido violeta llamado carrel (o algo así).]

Noté varias diferencias con mi estadía posparto anterior. Los dos bebés de la habitación durmieron con pocas interrupciones toda la noche, y, lo que es más importante, casi sin llantos. Las visitas de las enfermeras no resultaron tan invasivas ni ruidosas como la otra vez, y ninguna me preguntó hacía cuánto había comido mi hijo. No me lo tuvieron que sacar de la teta para examinarlo, y pude terminar mis comidas (a partir del día dos, cuando dejé de vomitar!) sin que él me interrumpiera, porque la verdad es que se durmió todo.

El viernes de noche mi ginecólogo me sacó la venda de la cicatriz, y recién ahí me animé a bañarme. El sábado obtuvimos el alta el pequeño y yo, y arrancamos oficialmente nuestra vida como familia de cuatro.

Y así termina la historia de mi segunda cesárea.

(ya pasaron 11 días, no es tan fácil encontrar tiempo para escribir)

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La niñera

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Desde que Pequeña Hija Mayor tenía tres meses, la cuida mi tía unas horas al día. Es genial que una persona de confianza, de la familia, tenga tiempo y disposición para encargarse de una criatura todos los días. Y aprecio todo lo que hace por Primogénita.

Pero. (Siempre hay un pero, no?)

Este año ha sido distinto porque Peque empezó a ir al jardín. Yo me iba a trabajar antes de que Niñera llegara, generalmente, y volvía a una casa sola, ya que mi tía se había ido horas antes, después de llevar a Peque. Y, aparte de esas tres horitas de libertad que me eran desconocidas desde el nacimiento, la otra gran ventaja era que no tenía que interactuar con Tía.

Es que Tía tiene la costumbre de dar consejos, y yo la habilidad/debilidad de no tolerarlos (asumo mi parte). Ahora, en estos pocos días de licencia maternal en que acepté que viniera Tía a pasar las horas habituales con Hija (y que agradezco, porque es difícil de pasar tanto rato con niña mandando! #malamadre), he vuelto a recordar aquellos tiempos en que me fastidiaba con sus comentarios.

Son detalles, pero “y vos colgás la ropa acá?” “te sugiero algo, estirá bien el pantalón” “ay, te tocó jugar a vos ahora”

Especialmente la última. Como si yo no pasara el resto del día con Hija! Esa sensación de que yo era la niñera y ella la madre, caramba, me la hacía sentir a menudo (nota de color: Tía nunca tuvo hijos).

Lo más lindo es que el año que viene reincidimos con Hijo Dos, porque vamos a depender de ella (y de mis padres!) para su cuidado. Y está bueno que quede en manos de una persona querida, de la familia. Pero…

La dulce y aburrida espera

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Es mi cuarto día de licencia maternal (sin contar el fin de semana), y estoy aburrida.

El lunes fuimos a inscribir a Primogénita al jardín público (todo un tema ese), el martes al súper, el miércoles a la feria… hoy ya sólo salí para buscarla al jardín.

No es que no tenga cosas para hacer en casa. Tengo libros, internet. Tengo que hacer muñequeras y tobilleras de colores para la nena. Pero no tengo ganas.

Tampoco es que no haya hecho nada de nada. Hoy miré The Princess Bride (La princesa prometida), después de haber terminado el libro (que, por cierto, es muy loco). El canasto de la ropa está casi vacío, mi blog de recetas está casi al día (y hoy cociné dos cosas dulces), y también jugué y atendí las necesidades de Primera Hija…

Pero el día es largo, supongo. Me falta la salida, la interacción. La energía y el físico, también (porque mirá que está grande y pesa hasta sentada la panza, eh?).

Y me sobra Instagram, Twitter y Facebook (por dios).

Lo cómico es la diferencia entre el ahora y el dentro de unos días, cuando tenga un bebé que cuidar todo el tiempo…

El segundo hijo (pre nacimiento)

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Me queda esta semana de trabajo antes de empezar la licencia maternal, y dos semanas más para llegar a la fecha de parto de mi segundo hijo (un varón).

Y aquí estoy, aprovechando estos milagrosos minutos en que Hija mayor todavía duerme (últimamente se despierta ni bien me levanto). Minutos de libertad y paz, antes de sus demandas de comida, de limpieza, de juegos y de mis demandas de levantar cosas del suelo. Resumiendo.

Estar embarazada con un hijo pequeño en la vuelta es una experiencia de lo más interesante, sobre todo si se compara con el primer embarazo. El foco deja de ser el embarazo, porque no hay tiempo. No me puedo tirar en la cama a tocarme la panza y ponerle música al bebé (ni que lo hubiera hecho con Hija!). Tuve un período de vómitos con Hija al lado preguntando qué estaba haciendo… Pensar que yo trabajaba más horas, pero hacía gimnasia para embarazadas con videos de youtube!

No todo son quejas: definitivamente estoy más activa en esta segunda instancia, y eso tiene que ser bueno, verdad? Recuerdo el último mes con Hija en la panza y la desidia que tenía. Ahora la pereza está, pero igual me levanto de la silla (y del sillón, y del suelo), juego, lavo más ropa (porque se le dio por sacarse los pañales, pero no por pedir para hacer pis), le hago upa (en contadas ocasiones) y la voy a buscar al jardín. Con un poco de suerte me distraigo de las contracciones en su momento bailando El monstruo de la laguna… En las clases de parto me hicieron creer que este segundo trabajo de parto va a ser más rápido por esas mismas distracciones (y por el trabajo de parto que ya tuve, aunque no haya derivado en parto natural), y espero que sea cierto!

Hay otras cosas que cambian, como tener que ubicar a Hija 1 en cada consulta ginecológica, cada examen, cada clase de parto. Y ni que hablar la que nos espera cuando nazca Hijo 2 y haya que dividir la atención y pasar la noche con dos pequeños que no duermen bien.

Empezar de vuelta con un recién nacido habiendo ya pasado por la experiencia es engañoso. Porque uno piensa que tiene cancha, y quizás es que simplemente no se acuerda bien de las cosas. Había que esterilizar, no? Y lavar bien las cosas que se lleva a la boca… El pañal se cambiaba más seguido, y cuándo empezaban a comer como uno? Va a haber que andar con ojo por las cosas que Hija Mayor pueda llegar a acercarle, todas las chucherías que tiene en la vuelta en su cuarto, los libros que estarán a su alcance porque ella ya sabe manipularlos (casi sin accidentes).

Y, sobre todo, va a haber que trabajar el tema de las comparaciones, que van a ser inevitables.

Se vienen tiempos interesantes, sin duda. Deséenme suerte.

El estándar (los caramelos, por ejemplo)

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Hoy Peque tuvo los cumpleaños del mes en el jardín. Y como buena madre hinchapelotas, mandé cartita a la maestra recordando que no queremos que tome refresco.

Hay un par de cosas en las que siento que voy contracorriente con el resto. Para mí es tan evidente que no es necesario ofrecerles bebidas gaseosas o caramelos a niños tan chiquitos! Es algo inevitable a la larga, porque es muy iluso pensar que nunca va a comer esas cosas (y ha comido, de hecho). Pero ayudaría si desde la institución a la que asiste le pusieran un poco de ganas y tuvieran una política al respecto. Cuando la anotamos nos preguntaron si tomaba refresco, y anotaron que no, que solo le darían agua. Pero a los demás no tienen problemas en ofrecerles, no? Y el primer día de clase, todos los niños se llevaron un regalito de parte del jardín: un tubo con caramelos masticables. Es necesario?

Hace unas semanas tuvimos el cumple (por fuera) de una compañera de tres que hizo la adaptación junto a Peque y que con cuya madre entablamos una relación amistosa. La bolsa de sorpresitas estaba llena de caramelos y un par de chocolates que fueron los que le dejé a Peque. No tengo nada en contra del chocolate, principalmente porque su consumo no consiste en chupar el azúcar por horas, y  no se pega a los dientes. Cuando los que se llevan la bolsita son niños de tres años para abajo, está bueno ofrecerles este tipo de chucherías?

Se me ocurren mil ideas de sorpresitas no comestibles: libretas, lápices, crayolas, gomas, juguetitos, libros, autitos, pelotitas, bolitas, amansalocos, plantitas…

Y también se me ocurre que podés incluir unas galletitas o brownies caseros y todos quedarían contentos.

Pero supongo que no es tan fácil salirse de lo esperado.

En diciembre, cuando le toque festejar por adelantado a Peque (cuyo cumple es en enero), espero poder ponerme de acuerdo con los padres de los niños que celebren junto a ella para repartir sorpresitas saludables.

Me encantaría, también, no ser considerada loca ni radical por rechazar los caramelos, y que haya alternativas sanas válidas para nuestros niños. Y que de mi hija no piensen: “pobre! no la dejan comer caramelos!”.

Díganme que no estoy sola!

Venezia. Enero 2017.

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Llegás a Venecia en tren, te bajás en la estación y cuando salís, ves el Gran Canal. Dejaste atrás el mundo tierra, y te metiste en  la tierra de los mil puentes y las callejuelas laberínticas que indefectiblemente desembocan en agua.

Tuve la suerte de visitar esta ciudad en el 2004, en circunstancias bastante distintas a las de este viaje. Era verano y lo sufrimos; había mucho más gente; cuidábamos muchísimo los euros; éramos más jóvenes y no llevábamos niños, jaja. Además, nos quedamos en un hostel al que teníamos que volver a determinada hora para que no nos dejaran afuera.

Esta vez nos quedamos en un apartamento alquilado por airbnb (éste, para ser más precisos), lo que nos permitió desayunar a la hora que quisimos, cocinar, y pasar rato tranquilos cuando ya habíamos estado todo el día afuera y se escondía el sol.

Vagamos por las callejuelas, pero también nos tomamos un vaporetto a Murano (de donde nos volvimos congelados sin haber visto hacer vidrio, buaa) y entramos a varios museos, como el Peggy Guggenheim, que tiene obras de artistas que hasta yo conozco (jaja), el Palazzo Ducale (desde donde pasamos por el puente de los suspiros, no sabía que se podía!), y el Palazzo Reale / Museo Correr (ahí Peque se me durmió en brazos y la hicimos corta).

También nos metimos a tomar chocolate caliente todas las veces que pudimos!

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Aquí es donde empieza todo

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La semana pasada Peque empezó el jardín y, esta semana, a entrar sola. El horario se estira de a puchitos: ayer fueron dos horas, el lunes dos y media, y así hasta que llegue a las cuatro.

Los primeros días la vi despegarse de a poco de mí. La vi dibujar y jugar, pero siempre mirando con atención todo, siempre callada. Ahora no sé mucho lo que pasa ahí adentro. La maestra me dice que es tímida y se pega mucho a ella. No me extraña, así es cuando vamos a la plaza y hay otros niños: por eso la mandamos al jardín, a ver si nos interactúa. Yo veo otra niña, dos personalidades totalmente distintas en casa (o con la familia) y en el jardín (o con extraños). Lo que es desfachatez, desparpajo, verborragia y espontaneidad se convierte en timidez, observación y mutismo, al punto que la maestra me pregunta si se expresa hablando (la doctora también! Me pregunta: arma frases como “Mamá, dame”? jajajaja)

Lo que es un milagro es que ella no llora al entrar (ni me mira, de hecho), y no dice “hoy no vamos”. Cómo hace para acostumbrarse a algo que le fue impuesto así, una rutina nueva? Nunca antes habíamos ido todos los días al mismo lugar, a la misma hora. Y esto es solo el principio de años y años de frecuentar casas de estudio y luego trabajos. Mejor eso no se lo cuento.

Y respecto a mí, estoy maravillada con el espacio de tiempo que de repente se ha generado en mi vida. Hay tantas cosas para hacer, que tendría que hacerme un buen esquema para que rinda al máximo. De todas formas tengo que aprovechar febrero, porque después vuelvo a mi horario habitual de trabajo y la ventana sin Peque va a ser de dos horas máximo.

Además, creo que esta separación va a hacerle bien a nuestra relación 😛

Lo que leí en el 2016

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Este año leí prácticamente todo en español (cómo me cuestan las traducciones), y muchos libros para adolescentes. Hay varias joyitas por ahí. 30, lindo número

  1. Madrecoco / Mariana Olivera

Sobre maternidad. No me gustó mucho.

2. Gone With the Wind / Margaret Mitchell

Los avatares de una relación dispar en la guerra civil estadounidense. Un novelún!

3. eleanor & park / Rainbow Rowell

Dos adolescentes que se enamoran, con una triste revelación.

4. Las intermitencias de la muerte / José Saramago

Un día, en cierto país, la gente deja de morir. Interesante.

5. La conjura de los necios / John Kennedy Toole

Me lo trajo una alumna del colegio y me encantó. El personaje principal resulta muy desagradable y antipático. Vive con y de su madre, hasta que esta lo manda a trabajar. Hay varios personajes que coinciden con él a lo largo de esta divertida novela. Para releer.

6. Fangirl / Rainbow Rowell

Son gemelas y empiezan la universidad, pero una de ellas quiere dejar atrás su infancia y el fanfiction. La otra, en cambio, vive para Simon Snow (un casi Harry Potter), y, de hecho, la mitad de la novela son capítulos de esa otra historia que ella escribe. Estuvo bien.

7. Si decido quedarme / Gayle Forman

En un accidente en auto en que muere su familia, ella queda en coma, pero su “alma” sale de su cuerpo, observa y reflexiona sobre su vida. No me convenció para nada.

8. Himalaya me avisó / Magdalena Helguera

Una chica encuentra un bebé en la puerta de su casa, y empieza a buscar de quién puede ser. Como siempre, esta autora enlaza una cosa con otra permanentemente y me pone un poco nerviosa! Pero está bien la novela.

9. Mr. Mercedes / Stephen King

Me lo trajo la misma del de La conjura… , pero esta vez no le embocó. Fue mi primer King, y me decepcionó: una historia bastante simple de detectives.

10. Yo, él y Raquel / Jesse Andrews

Al pibe lo hacen retomar una vieja amistad con Raquel porque tiene leucemia. Pero ella no tiene ninguna trascendencia en la novela, y la nueva relación no aporta gran cosa. Escrito en la primera persona de Grega, es bastante divertido de leer.

11. La muerte de Ivan Illich / Leo Tolstoy

No estaría recordando mucho de este libro, salvo que me costó. Aparentemente me gustó el final, con los sufrimientos del hombre (según mi Goodreads!)

12. París es siempre una buena idea / Nicolás Barreau

Este libro es una mala idea. Lo compré en un impulso, y resultó plagado de lugares comunes. Una parisina ilustra un libro infantil (malísimo! está incluído el texto) y un estadounidense dice que es un cuento que su madre, ya muerta, le contaba de niño. Por supuesto se enamoran, a pesar de la una novia ambiciosa y el novio deportista. Puaj.

13. El quinto hijo / Doris Lessing

El quinto hijo de la familia feliz es raro, más animal que humano, peligroso incluso. Perturba la paz familiar. El libro es raro y bastante deprimente.

14. Vampirii : la nación de las tinieblas / Fernando González

Hay un bar en Montevideo que es la puerta hacia las rutas subterráneas usadas por los vampirii para trasladarse por el mundo. Hay un adolescente uruguayo que de casualidad (o no?) ingresa a ese mundo de la mano de ella, la vampiresa especial. Dentro del género, que no me gusta nada, me pareció bien.

15. El lector del tren de las 6.27 / Jean-Paul Didierlaurent

El muchacho maneja una máquina recicladora de papel que es descrita como un monstruo casi con vida. Odia su trabajo, destruir miles de libros por día y convivir con la Cosa que le sacó las piernas a uno de sus pocos amigos (que vive en busca de los libros publicados con la pulpa reciclada). Y todos los días, en el subte hacia el trabajo, lee páginas sueltas recolectadas al limpiar. Esta es solo la premisa de una novela corta y linda linda.

16. Descarrilado / James Siegel

Me lo prestaron en el trabajo. La historia hollywoodense de un hombre al que chantajean (de hecho, hay una película con J. Aniston). Mucho bolazo, pero ta.

17. El océano al final del camino / Neil Gaiman

Éste estuvo imponente. Un hombre vuelve al pueblo de su infancia y se sienta al borde del estanque de su vecina, recordando que ella le llamaba océano. De a poco empiezan a surgir recuerdos que él no sabía que tenía, sobre un corto período de su niñez en que las cosas se pusieron muy feas. Es mágico y oscuro, y juega con lo que retiene la memoria.

18. Cartas de amor a los muertos / Ava Dellaira

Hubo una especie de furor en la biblioteca con este libro, pero a mí no me convenció mucho. La protagonista le escribe cartas a personas famosas muertas (pero como tiene que atender a los lectores también, se obliga a “decirles” cosas obvias), pero es una excusa para hablar de sí misma y de su obesión: su hermana, también fallecida. Me pareció bastante tonta la chica, pero tiene cosas interesantes la novela.

19. Memorias de un amigo imaginario / Mathew Dicks

Me lo prestó otra alumna, que me empezó a contar su trama de forma muy entreverada. El protagonista es un amigo imaginario, uno de los que ha vivido más tiempo, porque su amigo imaginante es medio autista. Los amigos imaginarios pueden hablarse entre sí, y tienen distintas habilidades, dependiendo de la imaginación del niño: atravesar puertas, irse fuera de la órbita del niño, entre otros. Me pareció fantástica la premisa, y también la historia que se desarrolla. Lindo, pero se te estruja el corazón.

20. Doidao / José Mauro de Vasconcelos

Zezé de Mi planta naranja lima es casi adulto, pero aún necesita desesperadamente el cariño de su padre. Es cortito, salteado, triiiste y lindo.

21. El encuentro / Nadine Gordimer

Una chica blanca sudafricana que reniega de su origen de clase acomodada empieza una relación con un ilegal árabe al que terminan deportando. Ella se va con él. Muy interesante.

22. Un monstruo viene a verme / Patrick Ness

La madre tiene cáncer, el niño recibe la visita de un monstruo a la noche, que le cuenta historias. Triste.

23. El matrimonio amateur / Anne Tyler

Lo compré a 60 en la feria del libro y después me di cuenta que había leído otro de la autora (Breathing Lessons). Una pareja que se casa precipitadamente antes de que él vaya a la 2a Guerra Mundial (EEUU), y flashes que avanzan en el tiempo y en la evolución de la relación. Me gustó.

24. La casa del espejo / Vanessa Tait

Lo escribió la nieta (o bis?) de Alice Liddell, la que inspiró a Carroll a escribir Alicia en el país de las maravillas. Cuenta un año en la vida de los Liddell y Dodgson (Carroll), narrado por la institutriz de las niñas y basado en la extraña obsesión del muchacho por la pequeña. De lo más interesante.

25. Yo antes de ti / Jojo Moyes

Ella pierde el trabajo y termina trabajando para él, cuadripléjico después de un accidente. Una especie de Intouchables romántico, pero hay otra vuelta de tuerca, y un poco más de ella. De todas formas es algo simplista en algunas cosas.

26. El dolor invisible / Jordi Sierra i Fabra

Un psiquiatra y una adolescente con cambios de personalidad. No me gustó mucho.

27. Diario de Gordon / Marcos Chicot

Un ser desagradable, que vive en una fantasía creada por él, donde tiene una gran atracción con las mujeres y es el empleado ideal. Se manda una tras otra y todo le sale bien. Al principio era gracioso, pero al final me harté (y el protagonista me hizo acordar al de La conjura de los necios)

28. La búsqueda de Lucía / Cecilia Curbelo

La chica descubre que es adoptada y no reacciona muy bien. Después se engancha con un novio peligroso, y descubre quienes son sus padres. Hay fallas en la trama, y parece una telenovela argentina para adolescentes.

29. El tiempo entre nosotros / Tamara Ireland Stone

Parecía La esposa del viajero del tiempo versión adolescentes, pero es bastante distinto. La historia sigue siempre el presente de ella, con las apariciones de él, que no debería estar ahí. El tema del viaje en el tiempo se toma light, sin grandes consecuencias ni peligros.

30. Y por eso rompimos / Daniel Handler

La chica le devuelve a su ex una caja llena de recuerdos de su mes juntos. Cada objeto inspira una carta que explica los avatares de su corta, pero intensa, relación. Interesante

Mi top 5:

(no van en orden porque no puedo!)

  • El océano al final del camino
  • El lector del tren de las 6.27
  • Gone With the Wind
  • Memorias de un amigo imaginario
  • El matrimonio amateur

Hoy fuimos a ver Rogue One

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Una vez por año, con aquél vamos al cine.

Ese podría ser nuestro lema actual: antes íbamos tan seguido! No sabíamos qué privilegio.

Pero es mentira, porque este año ya vimos al menos dos.

Y son las clásicas, las que no se dudan, y de las que vamos a tener para rato: las franquicias Harry Potter y Star Wars.

Podríamos decir que HP es más mío porque yo leí los libros (aunque con Animales Fantásticos estábamos en igual posición), y SW más suyo porque el vio todas las películas hace tiempo, algunas en su estreno, y conoce el universo. Creo que fue el año pasado que miramos toda la saga juntos, y luego fuimos a ver el episodio VII.

Hoy nos tocó Rogue One.

Él salió de trabajar, levantamos a Peque dormida (porque cada vez empiezan más tarde sus siestas, qué guacha) y la llevamos a lo de la tía. Luego nos fuimos al Punta Carretas y dimos miles de vueltas por el estacionamiento buscando dónde cuernos estaban las 186 plazas libres que decía el cartel afuera. Subimos dos escaleras mecánicas y llegamos al GrupoCine donde nos dijeron que la que tenían ellos, empezando en ese instante, era en español. Por suerte nos indicó que el mostrador de al lado (Life) la ofrecía en inglés. Pero también estaba empezando. Nunca fueron tan puntuales con una película, che. Me perdí las sinopsis (snif snif), llegamos justito. (Y había tres gatos locos en la sala)

Pasaban los minutos en la película, y yo me preguntaba si en algún momento iba a entender algo. Intentaba recordar qué pasaba en las otras siete, pero no me venía mucho a la cabeza, y tenía que captar toda la parte en que explican cuál es la misión y quiénes están involucrados. Pero después todo fue encastrando casi perfectamente en mi precaria red de conocimientos galácticos. De hecho, fue de lo que más me gustó, que fuera una pieza de engranaje asociada al episodo IV. Y quizás te espoilee un poco, pero para el final insertaría el emoji del corazón partío.

Por cierto, me resultó novedoso que Carrie Fisher fuera tan apreciada. Típico, descubrí recién ahora que escribió varios libros con muy buenas críticas, y tengo ganas de comprarme uno de ellos.

 

Salida didáctica

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Hacía años que quería ir a la Feria del libro de manera institucional. O sea, ir con un grupo del colegio. Nunca se dio en los 8 años que estuve en el colegio anterior, pero en este me dieron el visto bueno en seguida.

Dos grupos de treinta y pico gurises de 14-15 años a ver la presentación de un libro de un autor nacional. Un ómnibus grande y una bañadera pequeña. Un adscripto, un pop, una profe de química y los más importantes: la profe de idioma español y el profe de literatura. Ambos ausentes al momento de partir. Él era el que se había mostrado más entusiasta: dijo que aprovechaba la ocasión para mostrarles libros a los chiquilines. Pero nunca apareció (desconozco sus motivos). La otra sí, se presentó una vez allá (había confundido los horarios). Arrancamos atrasadísimos con 20 minutos para llegar al arranque de la charla.

Bajamos en la intendencia y lideré la comitiva para llegar rápido al salón azul. Al llegar éramos seis (y no había empezado) . Volví sobre mis pasos, encontrándome a todo el resto del enorme grupo en un entrepiso trancando el paso de otros colegios. Los arrée y nos ubicamos allá arriba, donde nos dijeron los organizadores. El escritor se veía como un muñequito de torta, solo atrás de una mesa monumental. Empezó recordando que cuando a él le tocaba asistir a este tipo de charlas de chico le parecían aburridas. Y que, bueno, había que bancársela. Jaja. De todas formas los estudiantes no estaban aburridos porque estaban paveando, sacándose selfies o mirando el celular, riéndose en momentos carentes de gracia y aplaudiendo las preguntas simples de los otros estudiantes. Algunos de los “nuestros” levantaban la mano constantemente, lo que provocaba el temor de los adultos responsables. El adscripto incluso me amenazó con matarme al regreso del colegio (jojo). Pero las preguntas que llegaron a hacer estuvieron medianamente bien, y la actitud burlona era generalizada, algo a lo que el escritor debe estar tristemente acostumbrado (esto me trae otro tema que quizás toque en otra punzante entrada de blog – stay tuned!).

Y no duró para siempre. En cierto momento todos aplaudimos de verdad y bajamos las escaleras intentando que nadie se perdiera o quedara rezagado. Luego vino la visita a la feria. Los chiquilines recorrieron cual procesión sin mirar ningún libro, y luego se pararon a bobear sobre las fotos satelitales de Montevideo y a preguntar si se podía ir a McDonald’s. Estoy generalizando: sé que uno compró un libro, y otras miraron y dijeron que no había nada bueno, y otro se llevó un folleto de la feria.

Entonces salimos a esperar a los ómnibus que estaban en camino, y algunos de los adultos se quedaron atrás buscando rezagados. Los chiquilines se sacaron fotos con un hombre que estaba tomando mate en el banco de una plaza, y en eso, qué vemos? El gran autor que veíamos de lejos y escuchábamos por parlantes salía de la feria solo, con su bolsito, rumbo a un funeral. Así que salió foto con él también.

Volví charlando con una de las usuarias habituales de biblioteca, una de las que hizo preguntas y sé que lee.

Y así terminó la gran salida didáctica.

Ahora a reflexionar si se repite el año que viene.