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Acá, quejándome! (qué deporte)

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A veces llego a trabajar contenta, y me doy cuenta a los cinco minutos que no tengo ganas de fumarme a los gurises. Chan.

La que le falta un poco de… cómo decirlo sin que suene muy feo? Le falta comprensión de la vida, por decirlo de alguna manera, y me hace preguntas tontas y comentarios volados.

La que es antisocial y le manda audios todo el tiempo a su madre.

La que me cuenta la vida de sus amigos.

La que se pasa maquillando y limpia sus championes con pasta de dientes.

El que me pide los cubiertos y me los devuelve sin lavar.

La que me dice “corazón” y me dice que cuide a mi bebé.

Y la confianza en que entran, que se piensan que pueden hacer lo que quieran en la biblioteca, abrirme el ropero y el cajón…

A eso sumale que al buscar comida en la cantina te sentís un mendigo al que le hacen un favor, y que le llevan los ñoquis a mis compañeros mientras yo espero 15 minutos ahí parada, para comerlos tibios porque hay apagón, y sin lugar en el comedor porque ya está todo ocupado, ahí tenés el día de hoy.

Margot!

Estaría bueno que dejara de llover…

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Algo que culmina (adiós 2016)

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Hola!

Es gracioso como a uno lo agarra medio de sorpresa la bajada del año, pero una vez que estás en ella, fiú, llegás al 31 como bólido.

Cuando quise acordar, se habían terminado las clases (en liceo es antes), y ahora hace menos de una semana que terminé de trabajar y ni me acuerdo de cómo era eso. Ni que hablar de los días en que tardaba más de una hora en volver a casa del trabajo, pasando por todos los lugares de locura comercial navideña, y sufriendo el calor en el ómnibus.

Si de recapitulaciones se trata, este año cambié de trabajo (y lo dije en todas las entradas del blog, másomenos). Todavía me cuesta pensar que ya no trabajo más en el otro, que la biblioteca funciona sin mí, que hacen actividades y no me cuentan (horror!), pero eso es sólo cuando tengo contacto con mis ex compañeros. En el trabajo nuevo tengo mis días, pero he sabido disfrutarlo (sobre todo a los teens). Pero las grandes ventajas son las asociadas a la cercanía y el corto horario de trabajo, que me permitieron interactuar con Peque de mañana y de tarde, volver de trabajar caminando (a veces), tener tiempo para cocinar y hacer feria.

Las condiciones se dieron para que volviera a hacer cursos de educación permanente (1) y asistir a charlas o talleres relacionados con la literatura/lectura. No es fantástico?

Hice muchas visitas a padres (abuelos), y paseos en coche, e idas a la plaza (cómo me cuestan las plazas).

Cuando descubrí a mitad de año que había leído sólo cinco libros, decidí priorizar esta actividad y dedicarle tiempo durante la noche. Terminé leyendo más de 25 (clap, clap).

Cociné mucho y probé recetas nuevas, raras, con poroto, papa y espinaca… en preparaciones dulces! Durante todo un año había solo recreado recetas ya conocidas, o esa es la sensación que tengo, pero este año tuve un boom gastronómico, digamos. Manteca de maní, turrón, bizcochos…

Este año adquirimos auto (que yo no sé manejar), lo que nos facilitó las visitas a la suegra y su madre en el interior, y todo el vuelterío chico. Una independencia que no recordás no haber tenido nunca.

En el 2016 nacieron Cata, Cami y Feli, entre otros bebés conocidos. Y mi bebé, la Peque, se convirtió en niña. Todo lo que puede cambiar una persona en tan poco tiempo! Aprendió a caminar y a hablar, dejó el chupete, y demuestra cada día que es una esponja, un lorito, pero también una gurisa creativa, inventiva y tierna a la que le gusta jugar, comer, ver fotos, que le lean y le hagan mimos. Me babeo tanto como me enervo con esta chiquilina. Como también dejó la teta y se hizo un poco más independiente, pude ir a más lados sin ella, jaja.

Lo que no hice mucho fue actualizar el blog (creían que no iba a hacer mención? a quién le estoy hablando? je). Extraño un poco las épocas en que volcaba un poco de ingenio y me mandaba entradas periódicamente. Pero lo cierto es que muchas veces me da pereza abrir la computadora después que se durmió Peque (si está despierta, toca), ni que hablar cuando la bicha me anda para el c… .

A ver qué sucede en el 2017, con niña en el jardín. Por lo pronto, en unos días, después de pasar fin de año con suegra, nos tomamos un avión los tres al crudo invierno italiano. Volare, oooh.

Un muy feliz 2017 a todos los que llegaron hasta acá abajo y a todo el resto que se lo merece también.

Salida didáctica

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Hacía años que quería ir a la Feria del libro de manera institucional. O sea, ir con un grupo del colegio. Nunca se dio en los 8 años que estuve en el colegio anterior, pero en este me dieron el visto bueno en seguida.

Dos grupos de treinta y pico gurises de 14-15 años a ver la presentación de un libro de un autor nacional. Un ómnibus grande y una bañadera pequeña. Un adscripto, un pop, una profe de química y los más importantes: la profe de idioma español y el profe de literatura. Ambos ausentes al momento de partir. Él era el que se había mostrado más entusiasta: dijo que aprovechaba la ocasión para mostrarles libros a los chiquilines. Pero nunca apareció (desconozco sus motivos). La otra sí, se presentó una vez allá (había confundido los horarios). Arrancamos atrasadísimos con 20 minutos para llegar al arranque de la charla.

Bajamos en la intendencia y lideré la comitiva para llegar rápido al salón azul. Al llegar éramos seis (y no había empezado) . Volví sobre mis pasos, encontrándome a todo el resto del enorme grupo en un entrepiso trancando el paso de otros colegios. Los arrée y nos ubicamos allá arriba, donde nos dijeron los organizadores. El escritor se veía como un muñequito de torta, solo atrás de una mesa monumental. Empezó recordando que cuando a él le tocaba asistir a este tipo de charlas de chico le parecían aburridas. Y que, bueno, había que bancársela. Jaja. De todas formas los estudiantes no estaban aburridos porque estaban paveando, sacándose selfies o mirando el celular, riéndose en momentos carentes de gracia y aplaudiendo las preguntas simples de los otros estudiantes. Algunos de los “nuestros” levantaban la mano constantemente, lo que provocaba el temor de los adultos responsables. El adscripto incluso me amenazó con matarme al regreso del colegio (jojo). Pero las preguntas que llegaron a hacer estuvieron medianamente bien, y la actitud burlona era generalizada, algo a lo que el escritor debe estar tristemente acostumbrado (esto me trae otro tema que quizás toque en otra punzante entrada de blog – stay tuned!).

Y no duró para siempre. En cierto momento todos aplaudimos de verdad y bajamos las escaleras intentando que nadie se perdiera o quedara rezagado. Luego vino la visita a la feria. Los chiquilines recorrieron cual procesión sin mirar ningún libro, y luego se pararon a bobear sobre las fotos satelitales de Montevideo y a preguntar si se podía ir a McDonald’s. Estoy generalizando: sé que uno compró un libro, y otras miraron y dijeron que no había nada bueno, y otro se llevó un folleto de la feria.

Entonces salimos a esperar a los ómnibus que estaban en camino, y algunos de los adultos se quedaron atrás buscando rezagados. Los chiquilines se sacaron fotos con un hombre que estaba tomando mate en el banco de una plaza, y en eso, qué vemos? El gran autor que veíamos de lejos y escuchábamos por parlantes salía de la feria solo, con su bolsito, rumbo a un funeral. Así que salió foto con él también.

Volví charlando con una de las usuarias habituales de biblioteca, una de las que hizo preguntas y sé que lee.

Y así terminó la gran salida didáctica.

Ahora a reflexionar si se repite el año que viene.

 

Permiso…

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Hay alguien ahí?  cómo anda la gente?

Hace un tiempo que no escribo acá. Es curioso, porque ando en un muy buen período de ocios. Al cambiar de trabajo y de horario gané un par de horas de vida. Me levanto más tarde, y por ende me permito acostarme más tarde también. Y adivinen qué? La Peque crece! Puedo hacer cosas cuando ella anda en la vuelta, como cocinar (aunque probablemente implique incluirla, ooommhh), y puedo dedicarle un par de horas a mis libros o blogs después que se duerme de noche. Eso era imposible el año pasado. En definitiva, soy consciente de la época privilegiada que estoy viviendo. Pero este blog se ve dejado de lado, lamentablemente, ante la gran cantidad de recetas nuevas que he estado probando, y la necesidad de subir los resultados a mi blog culinario.

Pero no nos quejemos! Estoy aquí ahora, no es cierto? Después de haber visto dos capítulos de Stranger Things con Adorado Esposo, con quien no veíamos juntos ninguna serie desde que se nos terminó Big Bang. El tema audiovisual lo tengo bastante descuidado. No sé si me voy a recuperar alguna vez de estos dos años casi de abstinencia! Se complica ir al cine (o sea, hay que ubicar a la Peque), y mientras ella está despierta no cuadra. Hemos pasado casi 20 meses sin enchufarle ningún dibujito! (aplaudan a estos padres, por favor).

Hace poco me di cuenta que estábamos a la mitad del año y había leído cuatro o cinco libros. Trabajando en una biblioteca me parece poco serio, verdad? Aparte está el tema de que cambié de público y de colección en la biblioteca. Y de la actual no he leído casi nada. Así que me puse en plan de leer un poco de todo, y dedico un rato a la lectura antes de acostarme.

Lo íba a decir hace dos párrafos, cuando empecé a hablar de Stranger Things (leí tantas referencias por ahí, que supuse que había que ver la serie. Usted la vio?), que estoy de vacaciones de primavera. Y por eso se estiran un poco los tiempos también. Va media hora pasada medianoche, y yo generalmente tengo ese límite. No sé cuál es la diferencia, si la Peque se despierta siempre más o menos a la misma hora (8am), sin entender de vacaciones o fines de semana.

Y estaba por decir algo más, pero se despertó la quetejedi y me cortó la poca inspiración que me quedaba. Ahora voy por mis capítulos nocturnos, y otro día vuelvo con más boludeces.

Hasta luego!

La adolescencia

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Hasta el año pasado trabajaba con niños, y no quería saber de nada con estar en un liceo. Le tenía rechazo a los adolescentes (seguramente por temas no resueltos de mi propia adolescencia! ja, la odié).

Era una de las desventajas de mi nuevo trabajo. Y, sin embargo, me doy cuenta que no es tan malo. Los adolescentes son divertidos, sobre todo porque dicen mucho bolazo. Es imperdible escuchar sus conversaciones cuando piensan que no escucho (a veces soy como un poste), pero también cuando se cuelgan a hablarme.

Hay un grupete de tercero que agarró la costumbre de pasar los recreos en la biblioteca. Me temo que es porque está calentito, así que cuando haga calor me abandonan, jaja. Están todas con los cumpleaños de 15. Una se enojó porque había preguntado si su fecha estaba libre y todos dijeron que sí, pero ahora que ya reservó el salón, le cayeron amenazas (!). Otra ya tiene el lugar, pero es secreto. Mañana hacen los exteriores de una tercera. Y así. Me llama la atención que les haga tanta ilusión “el 15”. Es que a mí no me interesaba mucho (el ser el centro de atención), e hice algo chico en casa. Pero, no es algo anticuado? boludo? No sé. En todo caso, un par de ellas dijo que me iba a invitar. A la mierda. No estoy preparada para amenazas así!

También es muy interesante ser amiga de adolescentes. En Facebook, digo. Hay que ver cómo está institucionalizado el tema selfie + frase pedorra! Claro, cuando yo era adolescente no había facebook (salado!): cómo nos expresábamos? Ahora tienen páginas dedicadas a ellos, de las que pueden republicar frases. O pueden poner fotos de perros perdidos. Pero creo que lo que más les gusta es poner fotos de amigos y desearles todo lo mejor, hablar de todo lo que pasaron juntos y decirles te quierooooo! No sé, eso lo vi bastante en Instagram (los que no tienen perfil privado).

Y no sólo cambié de público. También de tipo de colección! Ya no veo hermosos libros álbum ni novelas para niños en inglés, sino que estoy expuesta a todo el Young Adult del mercado, y a una cosa fascinante de la que apenas conocía su existencia: el fanfiction. Parece que hay varios estudiantes que usan una plataforma para escribir historias sobre personajes existentes! (así surgió 50 sombras de Grey…).

En resumen, que he abierto la puerta a un mundo fascinante (al que por suerte no pertenezco).

 

Hora, juez!

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Antes de carnaval empecé trabajo nuevo. Van siete días, por ahí.

Evaluemos.

Me levanto a las 8 (siempre se despierta Hija antes que el despertador), en lugar de a las 6. Y tengo dos horas antes de salir. Desayunar, dar de comer a la peque, jugar con ella, lidiar con ella… Y pasarle la pelota al padre para cambiarme y partir.

Me sirven dos ómnibus en la esquina, y no me dejan más lejos que a dos cuadras. En 10 minutos estoy en mi destino.  Teniendo en cuenta que por siete años tuve una hora de ómnibus más 15 de caminata, esto es una maravilla. Básicamente el motivo por el que cambié de trabajo!

A la vuelta, llego antes de darme cuenta que estoy en el ómnibus. Ni vale la pena sentarse. El plus esta semana es que mis padres se están encargando de Hija en su casa, y, cuando llego, mi almuerzo me está esperando. Esto se acaba la semana que viene, en que voy a llegar famélica sin idea qué almorzar a deshoras.

Lo que me está matando vendría a ser el durante. El año pasado trabajaba cuatro horas y no me daba el tiempo para hacer todo lo que quería. Este año trabajo cuatro también, y tengo trojas de cosas para hacer, pero me la paso mirando la hora. “Ya pasó una hora” “Ya pasó la mitad”, pienso. Y cuando llega el momento, me voy con alivio.

El gran tema es que trabajo sola. Me falta el contar qué hice ayer, mostrar fotos de Hija, chusmear sobre los compañeros de trabajo. Extraño el consultar sobre cosas y tomar decisiones en conjunto. Me hubiera gustado entrar a la biblioteca, que me dieran la bienvenida, y que me enseñaran cómo se hacen las cosas. Así fue hace siete años, y vaya si se aplicaron cambios sugeridos por mí. Ahora, soy yo la que decide. Y eso me mata, porque pierdo mucho tiempo pensando qué es lo mejor.

Todavía no conozco los mecanismos y costumbres de mi lugar de trabajo, ni el programa de biblioteca, ni los nombres de mis compañeros, ni qué carajo hago ahí (jaja).  Pero ya le agarraré la mano, supongo.

En definitiva, todo un desafío me encontré para este año.

Cerquita, eso sí.

Chau chau!

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El martes fue un día caluroso en la biblioteca. Todo el país sufría temperaturas de más de 30 grados, y nosotras, que hace años rogamos que nos pongan aire acondicionado, sudábamos la gota gorda sentadas culminando las tareas del año. Mientras tanto, abajo, la gente de administración se aburría , pero sin humedad ni calor. Lo sé porque entré a las oficinas para presentar mi renuncia.

Y así termina el año en que volví al medio horario. Yéndome antes de que se hiciera el brindis pedorro de fin de año (no fueron capaces de darme un turroncito ya que me iba para siempre). Habiendo estado a medias, sin el almuerzo, con muchas menos oportunidades de diálogo entre pares.

Este año estuvo medio chauchona la biblioteca también. Ciertas políticas hicieron que fuera menos visitada. El recreo del almuerzo, que siempre fue mío, este año no existió. Me acuerdo cuando llegaba yo de almorzar, y tenía que hacer correr a los niños de la puerta, y pedirles que por favor no empujaran ni corrieran. Estuve viendo fotos viejas, en un intento desesperado de último momento de llevarme recuerdos, y vi cómo hubo años en que la biblioteca explotaba en vida. Años en que los niños venían a mostrarme ideas creativas, a contarme cosas. Este año pasó también, pero menos.

Son tantas las cosas que voy a extrañar, que me siento tentada a hacer una lista quilométrica. Fueron siete años y medio, casi toda mi vida adulta. Estando ahí me casé, me recibí, compré mi casa, tuve a mi hija. Entré miles de libros, conocí a cientos de niños, memoricé casi todos sus nombres, co-creé tantas actividades! Y me calenté numerosas veces, por qué negarlo. De hecho, estoy contenta de haberme ido, no sólo por la distancia, sino por otras cosas de las que me libero a partir de ahora.

Anoche agarré mi celular, cambié el horario del despertador de 5:50 a 9:00, y además lo desactivé. Hasta febrero, amigos, mi hija será la que determine a qué hora me levante (de hecho, hoy fue a las 5:20…).

Ya no más viajes eternos en ómnibus!

Año nuevo trabajo nuevo. Deséenme suerte.

De fines de año

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Hoy terminaron las clases donde trabajo. Como siempre, los niños se fueron sin acordarse de las bibliotecólogas, y así, de un momento a otro, quedamos sólo los adultos.
Este fue un año raro laboralmente (y en todo!). Me pasa siempre que al empezar la licencia siento que hay un gran quiebre. Más el año pasado, que me iba a tener a mi hija y volvía recién en abril. Pff! Todo me era indiferente, total, yo estaba con un pie afuera… Como si mágicamente después de tener a Hija fuera a poder abandonar mi trabajo. Pero por más que parecieran largos, los meses pasaron y tuve que reintegrarme. No fue tan grave una vez que arranqué, y no tardé tanto en adaptarme a la rutina diaria.
Por suerte pude trabajar medio horario todo el año. Pero, claro, eso implicó perder contacto con mis compañeros, ya que no me quedaba a almorzar, y un montón de la vida del colegio. Me perdí todas las clases que venían de tarde, y todos los festejos con torta 🙂
De todas formas las mañanas me parecieron más que suficientes, y valoro las tardes en casa, con Hija.
Ahora llega fin de año, y yo decidida a cambiar de trabajo (shhhh!). No es tan fácil. El sentimiento que tengo es de “Me voy a la mierda!”, pero seguro que 15 días después vuelvo de cabeza gacha a las 8 horas.

Cómo jugar al Tutti Frutti

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Hay juegos que no pasan de moda. O que se olvidan por un tiempo y vuelven a resurgir. Tanto que se habla de los niños de ahora y lo enchufados que están, trabajando en un colegio veo cómo estos pequeños juegan a la mancha, saltan a la cuerda, arman torres de cubos e inventan historias para títeres. No es fantástico?
Últimamente la biblioteca se llena en los recreos de niñas de tercero y cuarto que se ponen a jugar al viejo y querido Tutti Frutti. El otro día incluso fui testigo de la iniciación al juego de una de estas nenas!
No tiene desperdicio escucharlas jugar, y requiere de un enorme esfuerzo no ir a corregirlas. No pude evitar ir a preguntarles por qué no decían “Tutti!” cuando terminaban, en lugar de decir “stop”.
No me meto en sus respuestas… salvo que me vengan a preguntar (“el dodo es un animal?”). Pero sí me mato de la risa escuchándolas.
Por ejemplo, ayer escuché los colores “muro”, “brillantina” y “cacahuate” (para la letra K, por supuesto). Y en comida, “docino”. Una de las niñas se quedó pensando y dijo: “pero es tocino, con T”, a lo que las otras dos le aseguraron que no, que era con D. Luego están los lugares geográficos imaginarios (alguien conoce un país llamado Miura?). La categoría “Mundi” evidentemente da para todo, como atestiguan los árboles de la foto.
Cuando terminó el recreo y estaban guardando los lápices y sumando el puntaje, una nena me dijo: “no soy muy buena en este juego”. Le respondí que es todo cuestión de práctica, que a la larga hay cosas que no se piensan. Es dorado, delfín, durazno o damasco y Dinamarca. Es elefante o erizo, es isla flotante y niños envueltos.
Y luego me puse a pensar en todas las reglas y costumbres del juego que para mí son casi sagradas y ellas no necesariamente cumplen.

Cómo se juega al Tutti Frutti
(según lo aprendió Magui)

Resumen del juego:
Completar distintas categorías de palabras que empiecen con una letra determinada, antes que los demás participantes.

Los jugadores se ponen de acuerdo en las categorías a incluir. La primera siempre es Nombres (y es muy lamentable que quede vacía!). Las otras varían en orden. Las más usadas son Comidas, Animales, Colores, Lugares geográficos. Menos usuales Marcas, Películas, Objetos (por alguna razón esta siempre me resultó muy difícil!) y cualquier otra cosa que se le ocurra a los jugadores.
Cada categoría forma una columna en la hoja. La última columna es para los puntos.
Los jugadores se ponen de acuerdo antes o durante el juego sobre ciertas reglas. Por ejemplo: valen cursos de agua en Geografía? Se pueden poner bebidas con las comidas? Se incluyen los artículos en los nombres de las películas? Valen animales extintos?
Para elegir la letra con la que se va a jugar, uno de los participantes recita para sus adentros el abecedario, y otro dice “stop” cuando lo considera adecuado. Se asume que el que dice el abecedario es honesto y no está eligiendo su letra favorita. Hay unos segundos luego de vocalizada la letra elegida para descartarla. Letras habitualmente desechadas en el idioma español son las últimas del alfabeto, la K, la Ñ…
No vale dejar palabras sin terminar, pero a veces es permitido terminar de escribirlas luego de que alguien haya cantado Tutti.
Cada ronda termina cuando uno de los jugadores completa todas las categorías y dice “Tutti!”. No hay puntos extra por terminar primero; solo el beneficio de perjudicar a los más lentos.
Si pasa un tiempo considerable sin que nadie complete todo, los jugadores suelen preguntarse cuáles categorías son las que faltan y llegar a un consenso para terminar de forma forzada la ronda.
La asignación de puntajes se da de forma caótica, con todos los jugadores anunciando lo que pusieron en cada categoría y preguntando si alguien más escribió lo mismo.
Puntajes: 0 si no se escribió nada; 5 si alguien más puso lo mismo; 10 si no coincide con ningún otro y 20 si todos los demás dejaron vacío el casillero.
La dinámica de elección de letra se repite cambiando de jugadores, y se sigue con ese sistema hasta que la gente se aburra.
O se termine el recreo.

El regreso

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Volví.

A salir todavía de noche y ver el amanecer en ómnibus fríos. A leer en movimiento, y varios no capítulos sin interrupción.

A viajar parada esperando que se desocupe el asiento más cercano (en lo posible no encima de una rueda, y si es con luz, mejor).

Y, desde esta semana, a esperar en la esquina de antaño a mi chofer.

Volví a dormirme en el ómnibus, y despertarme aleatoriamente (con una conversación altamente técnica de estudiantes de medicina entusiastas, por ejemplo). A escuchar conversaciones y vivir la fauna del ómnibus. Como el que llegaba medio tarde a propósito porque hace veinte años que trabaja para el mismo tipo, o las escolares que se preguntan: “y qué pasa si nos pasamos de parada?”.

Volví a escuchar críticamente a los vendedores de los ómnibus. Me gustó el que subió uno vendiendo almanaques (“Almanaques en abril… Es lo que encontré para ayudar a mi familia. Yo no sé leer, pero me dijeron que tienen lindos mensajes”).

Todo esto para volver a prestar libros, recordando nombres de alumnos para tipearlos en el sistema. Abrir cajas de libros nuevos o donados (que me estaban esperando), y ser la primera en analizarlos. Retomar el inglés diario. Y otro sinfín de cosas comprendidas en la palabra “trabajar”.

Luego vuelvo a casa, donde me espera una bebé con sonrisas, y miradas lánguidas, así como quejidos y demandas. Y un cansancio que repta por mi cuerpo y hace que me pregunte: por qué son recién las seis de la tarde?

Al volver al ruedo me di cuenta de algo que ya intuía: me gusta trabajar. Me gusta procesar los libros, interactuar con niños, y estar al tanto de lo que pasa en la biblioteca. Y no me gusta ir solo medio horario e interrumpir a la mitad para ordeñarme. Cuando me voy de mañana, dejo a mi hija, tiernita ella, cosita linda, dormida (o casi). Me da una ternura! Pero al salir de mi casa mi mente se va a otro lado. Por eso me siento mala madre cuando mis compañeros de trabajo al cruzarme por los pasillos se compadecen de mí por estar lejos de mi descendiente.

Claro que odiaría perderme grandes hitos de su evolución (darse vuelta, por ejemplo) porque se le diera por llevarlos a cabo en la mañana (que por cierto suele ser su mejor momento, mientras que de tardecita puede que sea poseída por pequeños demonios… o será todo una cuestión de cansancio propio?)

Qué le voy a hacer.

Quedan los fines de semana para recomponer el orden y recrear la licencia maternal.

(Hace una semana o más que estoy intentando escribir y publicar esto).