Archivo de la categoría: Hijos

Se acabó lo que se daba

Estándar

Mañana vuelvo a trabajar. Parecía que no, pero pasaron los cuatro meses.

Tengo ganas de trabajar? Creo que no, pero no es muy distinta la sensación a la que siento (sentía/sentiré) cada domingo de tardecita pensando en el día siguiente. Lo que sí tengo ganas es de ser yo sola un rato. Poder pensar. Tener conversaciones adultas (o adolescentes). Y un poco de silencio.

La situación laboral post niño es mejor que la que tuve con mi primogénita. Para empezar, el medio horario se extiende hasta los seis meses de la criatura (en su momento eran cinco). En segundo lugar, como agregué mi licencia anual después de la maternal, el bebé es casi un mes más grande que lo que era Hija en mi reintegro. Tercero, mi trabajo actual es mucho más cerca de mi casa que el que tenía en el 2015 (una hora más cerca x2). Y, por último, trabajo la mitad de horas que en ese entonces. El arreglo que hice fue trabajar tres días a la semana hasta mayo, así que voy a estar separada del niño unas 5 horas cada vez.

Estos días pasados creí volverme loca. Nos fuimos a La Paloma lunes y martes de carnaval, pero el resto de la semana estuve sola con los niños, y no podía mandar a Hija a lo de la abuela o tía porque no estaban. Hija está en una etapa de hablar mucho. Se pone a hacer cuentos eternos basados en historias reales. Yo ahí apago el cerebro y dejo de escuchar. Y ella sigue, y sigue, y sigue… También está en pleno juego simbólico. Todo el tiempo estamos viajando en tren, o en ómnibus, en un concierto, en el jardín, un hospital, una fiesta. Pretende que yo participe activamente, pero me limito a comer la comida invisible que me ofrece. Después están los llamados constantes. Salgo de la habitación y no pasan dos segundos antes de escuchar “Mamá!”. Estaba bañándose y le digo que voy hasta el cuarto: “sí, ya te escuché cuarentamil veces”, me dice la guacha. Entonces salgo del baño, y, estando en el cuarto la siento llamarme de vuelta (aaahhh). La otra es: “voy a dejar a Bebé, ya vengo”, y cuando lo estoy depositando en la cama, vuelta a llamarme. Si estoy en el baño también. Y así mil.

En cuanto al relacionamiento con el bebé, ya no lo muerde (sucedió dos veces en enero) ni intenta despertarlo (es joda?). Es más, se acerca a darle besos y hablarle. Te digo más, se le pone arriba, a un centímetro de la cara. Cuando lo agarro a upa sentada, ella se me trepa. Si le canto una canción, ella me canta arriba con otra letra, o me interrumpe con algo. Ooommm…

Ayer martes, finalmente, se me dio de poder mandarla a casa de los abuelos. Pude dedicarle atención exclusiva a Hijo. Estuve en silencio casi toda la tarde. No le hablé fastidiada a nadie, ni me irrité con los llamados constantes. Nadie llenó de migas todo ni se volcó cosas encima, ni pidió “pichí, pichí, pichí” cuando estaba dando teta. Y, obviamente, me sentí culpable de haberme “deshecho” de ella y de no haber hecho cosas híper útiles como la cena. Pero ella la pasó bárbaro, y a la tarde, cuando la fui a buscar, yo había recuperado energías para jugar y escucharla, entender que es una niña, y pasar hoy nuestro último día juntas sin broncas (casi).

Ahora se viene una nueva etapa: encarar eso de trabajo + dos niños.

Anuncios

Acá, madre full time de dos

Estándar

Pasan 17 minutos de las 22. Después de varias vueltas logré que se durmieran mis dos hijos (Adorado Esposo no está en casa en este momento), y empezó la parte del día que es MÍA!

El momento en que aprovecho a ducharme y sentirme persona nuevamente. Y que abro la computadora para hacer algo que no tengo muy definido. Todo eso después de haber ordenado algo del relajo que había quedado, claro.

Estas son las primeras semanas en que estoy sola durante el día con los dos críos. La más grande tuvo clase en el jardín hasta Navidad, y venía mi tía a colaborar y llevarla. Y en enero nos fuimos a La Paloma a compartir veinte días con varios familiares que ayudaban constantemente en la tarea de lidiar con una niña de casi 3 años y un bebé de casi 3 meses (poca playa para mí, pero no lo cambiaba por Montevideo ni loca). La semana pasada volvimos a instalarnos en casa, y ahí sí que empezó la diversión.

Es gracioso, pero me cuesta pensar ahora, tranquila y en silencio frente a la pc, cuáles son las cosas que me sacan de quicio y me exasperan durante el día. Pero que las hay, las hay. Generalmente se dan cuando la demanda de mis dos hijos se da en forma simultánea.

Hoy habíamos quedado que venía una vecina amiga del jardín con su madre. Y la peque empezó desde temprano diciendo que no quería que vinieran. Hubo que remarla, convencerla, hablarle de ética y amenazarla (!) Finalmente, al acercarse la hora de la visita, estaba re copada. Pero a mí me pega un cierto bajón entre los preparativos para dejar la casa más o menos presentable*, hacer alguna cosa rica, y la llegada de la gente. Ahí, cuando me siento a esperar (y no llegan más), ahí me dan ganas de cancelar todo a la mierda.

Pero a la larga llegaron ellas, y yo estuve hablando con una persona adulta por un rato largo, mientras las niñas jugaban. Y estuvo bueno! A pesar de las interrupciones, de las intervenciones anti conflicto y de los llantitos y teta.  Conclusión: necesito más tribu.

Otra cosa que necesito es salir más. Me encanta salir con el cochecito, pero ahora con el calor, y tapar del sol con sábanas que se caen, y una niña anexada a la que le piso los pies… Ta complicado.  Atadísima me siento. Aburrida de mi casa. Abrumada por el despelote.

Ansiosa porque empiece el jardín, negada a volver a trabajar…

Si sobrevivo a febrero, el resto del año está asegurado.

Creo.

*al diablo con las convenciones sociales. Mi casa mugrienta es parte de mi identidad, y si no  le gusta a la visita, que se la banquen (!!)

Relato de otro nacimiento

Estándar

Tuve mi primer hija hace dos años y nueve meses, y lo relaté aquí.

Hace una semana tuve a mi segundo hijo, y aquí va mi relato (spoiler alert: otra cesárea).

Mi primer parto fue por cesárea. Rompí bolsa sin haber tenido casi contracciones. En el sanatorio me indujeron por horas, pero nunca dilaté, así que fui a block quirúrgico, para mi pesar.

Esta vez busqué un ginecólogo que fuera pro parto natural, y que no me dijera de entrada que tenía pocas chances de uno sólo por venir con una cesárea previa. Este doctor me dijo que no había ningún motivo por el que no pudiera tener la posibilidad, y que lo único que no se podía hacer era una nueva inducción.

Y yo venía contenta porque desde unas semanas antes de la fecha prevista ya tenía contracciones. Sueltas, sí. Pero contracciones de la nada, que nunca había tenido con Hija. La semana anterior al parto había tenido una serie de contracciones muy seguidas, que me habían hecho instalarme una app para contar la frecuencia (jaja), pero me fui a dormir y se me pasaron. A los dos días tuve consulta y el ginecólogo me hizo tacto para ver si se había borrado el cuello del útero y había dilatado algo, pero no. Aparte, el bebé todavía estaba muy arriba.

Eso fue un viernes. Los siguientes días intenté caminar para que bajara el niño, pero no tuve muchas contracciones. Hasta el miércoles 1 de noviembre. Ahí estuve todo el día con contracciones irregulares.

A la tarde, cuando Hija fue al jardín, fui con Esposo al banco y a almorzar. Luego me dejó en casa, y no habían pasado diez minutos que me llamaron del jardín para decirme que Hija estaba con fiebre. Así que la fui a buscar, y luego llamé a la emergencia. Mientras el médico intentaba revisarle la garganta, Hija vomitó todas las frutillas que había llevado de merienda. Ensució mi cama, mi pantalón, mi pantufla, su ropa y el piso. Cuando se fue el médico la puse en el bañito, y solicité la presencia de mis padres para que me ayudaran un poco… Cuento todo esto para destacar la diferencia con el embarazo anterior, ausente de este tipo de distracciones! Mis padres vinieron, entretuvieron a Hija un buen rato, mientras yo intentaba limpiar el caos.

Más tarde Hija cenó y se acostó a dormir en la cama grande (no me iba a pelear porque durmiera en la suya; de todas formas, tarde o temprano se pasa siempre a la nuestra), y yo me puse a cocinar algo mientras Esposo intentaba redondear cosas de trabajo, previendo su inminente licencia. A esa altura las contracciones eran fuertes, bien molestas. Casi ni ceno, pero Esposo decía que iba a necesitar la energía. Después de eso me fui a acostar, con la esperanza de poder dormir algo. Un poco de sueño pellizqué, y hubo contracciones que no llegué a marcar en la app. Pero el lapso entre una y otra era cada vez menor, y el dolor de cada una me impedía dormir. Creo que acostada tuve los peores dolores! Me hacían retorcer toda (y pensar: ta, éste es el último hijo).

Me levanté varias veces, y tuve que ir al baño con frecuencia. Después ya me quedé levantada, usando la pelota de pilates, que me hacía sentir mucho mejor. Esposo se fue a acostar, y yo quedé dando vueltas. Hasta que en el baño me salió un poco de sangre. Ahí decidimos llamar a mis padres para que vinieran a dormir con Hija. Eran las 3 am. Esposo fue a buscarlos, y en el interín: FLUM, bolsa rota (atendeme la onomatopeya). Fue una catarata (nada que ver con la otra vez), me empapé el pantalón, y eso que tenía un absorbente puesto!

Así que arrancamos para el sanatorio, llegando a eso de las 4 am. Divino horario porque la emergencia estaba vacía, nadie me tuvo que ver el culo mojado, y no tuve que esperar mucho. Desde mi último parto en el sanatorio hicieron una reforma y hay un sector de emergencia exclusivo para ginecología. Ahí había un enfermero y una no sé qué. Me tomaron la presión, hicieron varias preguntas, y llamaron al ginecólogo de guardia (que tardó un rato – tienen camas por ahí?). Él me dijo que estaba en 4 o 5 cm. de dilatación (opiti!). Me pusieron poncho, me dieron antibiótico por el estrepto positivo, y me subieron en silla de ruedas a una sala de preparto (que estaba vacía) a esperar a mi ginecólogo (habíamos decidido contratarlo). Vino la partera a hacerme monitoreo fetal. Rato largo me dejó esa cosa, y resulta que estaba mal enchufado, jaja. Mientras tanto vino el ginecólogo (como a las 5 am) y determinó que tenía 4 cm de dilatación, y que el bebé aún no estaba encajado (por lo que no podía pararme, moverme, usar pelota…). Después de determinar que los latidos del niño estaban bien, y comprobar que tenía contracciones muy seguidas (y de que no me quejaba mucho, ja! – pero dolían) dijo que en dos horas volvía a ver si había evolucionado algo. Si sí (aunque fuera 1 cm), seguíamos adelante. Si no, bueno, si no, hablábamos.

Resumiendo, me quedé en 4 cm. Y el ginecólogo dijo que si, estando con bolsa rota y con contracciones regulares, no había avanzado nada en todo ese tiempo, tampoco iba a cambiar la situación por esperar más. Así que me planteaba dos opciones: o ir a cesárea inmediatamente (lo que recomendaba él), o esperar una hora más a que se diera un cambio fantástico, un milagro (aunque no recuerdo qué expresión usó). Era yo la que tenía que soportar el dolor.

Una especie de déjá vu con el parto anterior. La diferencia? Esta vez me importaba muchísimo menos. Es más! Casi que fue un alivio decidir terminar con la espera (y, por qué no, también evitar lo desconocido de un parto). Así que cuando volvió, le dijimos que íbamos por la cesárea, ante lo que él aseguró que era lo mejor.

Eran casi las 8 am, y habíamos estado sólo cuatro horas ahí. En media hora tenés a tu hijo, dijo. Pero sabés cuántas personas se precisan en el block quirúrgico? Una banda de gente. Esta vez la que tardó fue la pediatra, e Hijo terminó naciendo 8:44 am.

De nuevo sonda, poncho verde, “pantuflas”, gorra, viaje en camilla con enfermero simpático, gente presentándose y preguntando el nombre del bebé (y si era el primero, el sexo de la hermana, comentarios sobre el casal…). Gente hablando de la vida, vistiéndose, lavándose las manos, abriendo bolsas con instrumentos, tranquilizándome (yo estaba totalmente entregada al procedimiento). Contracciones. Anestesia, cositos en el pecho, cosito de la presión en el dedo, el campo para no ver cómo te cortan y te sacan cosas de adentro (descubrí que si miraba la lámpara de arriba veía el reflejo de cosas…). Aparición de Esposo al lado (“acercate, agarrale la mano”), advertencia de que iba a sentir una presión, preguntas sobre si podía levantar las piernas (“no, pero puedo mover los dedos!” preocupación).

“Tiene circular de cordón” “No iba a bajar” “Hicimos bien en operar”. Llanto de bebé, llanto de madre. Caras que aparecen tras el campo y felicitan. Corte tardío del cordón. Y el bebé, que lo traen, y le apoyan la cabecita en mi pecho. Ah!!! A Hija me la mostraron de lejos y menos tiempo. Esta vez a Hijo lo tuve un ratito, y viví con maravilla el efecto sedante del contacto: dejó de llorar cuando estuvo conmigo, y retomó el llanto al sacarlo.

Un rato más tarde estaban pasándome como un muñeco a otra camilla y llevándome a la habitación, donde me dejaron reclinada, donde había otra pareja con una niña nacida por cesárea, donde le di teta a mi hijo y donde vomité tres veces a lo largo del día por mover demasiado la cabeza o incorporarme demasiado rápido. También sudaba, así que me pusieron una compresa húmeda en la frente, y mi aspecto era de moribunda. Por “suerte”, Hija no vino a visitarnos ese día porque estaba con fiebre. Sí vino al día siguiente y quedó impactada con la vía que todavía tenía en el brazo. En esa visita sentí que nuestra relación se encontraba en el punto más frío de su historia: la distancia entre nosotras parecía insalvable.

[Cosas que no recordaba: la sonda y limpiarse con ese misterioso líquido violeta llamado carrel (o algo así).]

Noté varias diferencias con mi estadía posparto anterior. Los dos bebés de la habitación durmieron con pocas interrupciones toda la noche, y, lo que es más importante, casi sin llantos. Las visitas de las enfermeras no resultaron tan invasivas ni ruidosas como la otra vez, y ninguna me preguntó hacía cuánto había comido mi hijo. No me lo tuvieron que sacar de la teta para examinarlo, y pude terminar mis comidas (a partir del día dos, cuando dejé de vomitar!) sin que él me interrumpiera, porque la verdad es que se durmió todo.

El viernes de noche mi ginecólogo me sacó la venda de la cicatriz, y recién ahí me animé a bañarme. El sábado obtuvimos el alta el pequeño y yo, y arrancamos oficialmente nuestra vida como familia de cuatro.

Y así termina la historia de mi segunda cesárea.

(ya pasaron 11 días, no es tan fácil encontrar tiempo para escribir)

La niñera

Estándar

Desde que Pequeña Hija Mayor tenía tres meses, la cuida mi tía unas horas al día. Es genial que una persona de confianza, de la familia, tenga tiempo y disposición para encargarse de una criatura todos los días. Y aprecio todo lo que hace por Primogénita.

Pero. (Siempre hay un pero, no?)

Este año ha sido distinto porque Peque empezó a ir al jardín. Yo me iba a trabajar antes de que Niñera llegara, generalmente, y volvía a una casa sola, ya que mi tía se había ido horas antes, después de llevar a Peque. Y, aparte de esas tres horitas de libertad que me eran desconocidas desde el nacimiento, la otra gran ventaja era que no tenía que interactuar con Tía.

Es que Tía tiene la costumbre de dar consejos, y yo la habilidad/debilidad de no tolerarlos (asumo mi parte). Ahora, en estos pocos días de licencia maternal en que acepté que viniera Tía a pasar las horas habituales con Hija (y que agradezco, porque es difícil de pasar tanto rato con niña mandando! #malamadre), he vuelto a recordar aquellos tiempos en que me fastidiaba con sus comentarios.

Son detalles, pero “y vos colgás la ropa acá?” “te sugiero algo, estirá bien el pantalón” “ay, te tocó jugar a vos ahora”

Especialmente la última. Como si yo no pasara el resto del día con Hija! Esa sensación de que yo era la niñera y ella la madre, caramba, me la hacía sentir a menudo (nota de color: Tía nunca tuvo hijos).

Lo más lindo es que el año que viene reincidimos con Hijo Dos, porque vamos a depender de ella (y de mis padres!) para su cuidado. Y está bueno que quede en manos de una persona querida, de la familia. Pero…

La dulce y aburrida espera

Estándar

Es mi cuarto día de licencia maternal (sin contar el fin de semana), y estoy aburrida.

El lunes fuimos a inscribir a Primogénita al jardín público (todo un tema ese), el martes al súper, el miércoles a la feria… hoy ya sólo salí para buscarla al jardín.

No es que no tenga cosas para hacer en casa. Tengo libros, internet. Tengo que hacer muñequeras y tobilleras de colores para la nena. Pero no tengo ganas.

Tampoco es que no haya hecho nada de nada. Hoy miré The Princess Bride (La princesa prometida), después de haber terminado el libro (que, por cierto, es muy loco). El canasto de la ropa está casi vacío, mi blog de recetas está casi al día (y hoy cociné dos cosas dulces), y también jugué y atendí las necesidades de Primera Hija…

Pero el día es largo, supongo. Me falta la salida, la interacción. La energía y el físico, también (porque mirá que está grande y pesa hasta sentada la panza, eh?).

Y me sobra Instagram, Twitter y Facebook (por dios).

Lo cómico es la diferencia entre el ahora y el dentro de unos días, cuando tenga un bebé que cuidar todo el tiempo…

El segundo hijo (pre nacimiento)

Estándar

Me queda esta semana de trabajo antes de empezar la licencia maternal, y dos semanas más para llegar a la fecha de parto de mi segundo hijo (un varón).

Y aquí estoy, aprovechando estos milagrosos minutos en que Hija mayor todavía duerme (últimamente se despierta ni bien me levanto). Minutos de libertad y paz, antes de sus demandas de comida, de limpieza, de juegos y de mis demandas de levantar cosas del suelo. Resumiendo.

Estar embarazada con un hijo pequeño en la vuelta es una experiencia de lo más interesante, sobre todo si se compara con el primer embarazo. El foco deja de ser el embarazo, porque no hay tiempo. No me puedo tirar en la cama a tocarme la panza y ponerle música al bebé (ni que lo hubiera hecho con Hija!). Tuve un período de vómitos con Hija al lado preguntando qué estaba haciendo… Pensar que yo trabajaba más horas, pero hacía gimnasia para embarazadas con videos de youtube!

No todo son quejas: definitivamente estoy más activa en esta segunda instancia, y eso tiene que ser bueno, verdad? Recuerdo el último mes con Hija en la panza y la desidia que tenía. Ahora la pereza está, pero igual me levanto de la silla (y del sillón, y del suelo), juego, lavo más ropa (porque se le dio por sacarse los pañales, pero no por pedir para hacer pis), le hago upa (en contadas ocasiones) y la voy a buscar al jardín. Con un poco de suerte me distraigo de las contracciones en su momento bailando El monstruo de la laguna… En las clases de parto me hicieron creer que este segundo trabajo de parto va a ser más rápido por esas mismas distracciones (y por el trabajo de parto que ya tuve, aunque no haya derivado en parto natural), y espero que sea cierto!

Hay otras cosas que cambian, como tener que ubicar a Hija 1 en cada consulta ginecológica, cada examen, cada clase de parto. Y ni que hablar la que nos espera cuando nazca Hijo 2 y haya que dividir la atención y pasar la noche con dos pequeños que no duermen bien.

Empezar de vuelta con un recién nacido habiendo ya pasado por la experiencia es engañoso. Porque uno piensa que tiene cancha, y quizás es que simplemente no se acuerda bien de las cosas. Había que esterilizar, no? Y lavar bien las cosas que se lleva a la boca… El pañal se cambiaba más seguido, y cuándo empezaban a comer como uno? Va a haber que andar con ojo por las cosas que Hija Mayor pueda llegar a acercarle, todas las chucherías que tiene en la vuelta en su cuarto, los libros que estarán a su alcance porque ella ya sabe manipularlos (casi sin accidentes).

Y, sobre todo, va a haber que trabajar el tema de las comparaciones, que van a ser inevitables.

Se vienen tiempos interesantes, sin duda. Deséenme suerte.

El estándar (los caramelos, por ejemplo)

Estándar

Hoy Peque tuvo los cumpleaños del mes en el jardín. Y como buena madre hinchapelotas, mandé cartita a la maestra recordando que no queremos que tome refresco.

Hay un par de cosas en las que siento que voy contracorriente con el resto. Para mí es tan evidente que no es necesario ofrecerles bebidas gaseosas o caramelos a niños tan chiquitos! Es algo inevitable a la larga, porque es muy iluso pensar que nunca va a comer esas cosas (y ha comido, de hecho). Pero ayudaría si desde la institución a la que asiste le pusieran un poco de ganas y tuvieran una política al respecto. Cuando la anotamos nos preguntaron si tomaba refresco, y anotaron que no, que solo le darían agua. Pero a los demás no tienen problemas en ofrecerles, no? Y el primer día de clase, todos los niños se llevaron un regalito de parte del jardín: un tubo con caramelos masticables. Es necesario?

Hace unas semanas tuvimos el cumple (por fuera) de una compañera de tres que hizo la adaptación junto a Peque y que con cuya madre entablamos una relación amistosa. La bolsa de sorpresitas estaba llena de caramelos y un par de chocolates que fueron los que le dejé a Peque. No tengo nada en contra del chocolate, principalmente porque su consumo no consiste en chupar el azúcar por horas, y  no se pega a los dientes. Cuando los que se llevan la bolsita son niños de tres años para abajo, está bueno ofrecerles este tipo de chucherías?

Se me ocurren mil ideas de sorpresitas no comestibles: libretas, lápices, crayolas, gomas, juguetitos, libros, autitos, pelotitas, bolitas, amansalocos, plantitas…

Y también se me ocurre que podés incluir unas galletitas o brownies caseros y todos quedarían contentos.

Pero supongo que no es tan fácil salirse de lo esperado.

En diciembre, cuando le toque festejar por adelantado a Peque (cuyo cumple es en enero), espero poder ponerme de acuerdo con los padres de los niños que celebren junto a ella para repartir sorpresitas saludables.

Me encantaría, también, no ser considerada loca ni radical por rechazar los caramelos, y que haya alternativas sanas válidas para nuestros niños. Y que de mi hija no piensen: “pobre! no la dejan comer caramelos!”.

Díganme que no estoy sola!

Aquí es donde empieza todo

Estándar

La semana pasada Peque empezó el jardín y, esta semana, a entrar sola. El horario se estira de a puchitos: ayer fueron dos horas, el lunes dos y media, y así hasta que llegue a las cuatro.

Los primeros días la vi despegarse de a poco de mí. La vi dibujar y jugar, pero siempre mirando con atención todo, siempre callada. Ahora no sé mucho lo que pasa ahí adentro. La maestra me dice que es tímida y se pega mucho a ella. No me extraña, así es cuando vamos a la plaza y hay otros niños: por eso la mandamos al jardín, a ver si nos interactúa. Yo veo otra niña, dos personalidades totalmente distintas en casa (o con la familia) y en el jardín (o con extraños). Lo que es desfachatez, desparpajo, verborragia y espontaneidad se convierte en timidez, observación y mutismo, al punto que la maestra me pregunta si se expresa hablando (la doctora también! Me pregunta: arma frases como “Mamá, dame”? jajajaja)

Lo que es un milagro es que ella no llora al entrar (ni me mira, de hecho), y no dice “hoy no vamos”. Cómo hace para acostumbrarse a algo que le fue impuesto así, una rutina nueva? Nunca antes habíamos ido todos los días al mismo lugar, a la misma hora. Y esto es solo el principio de años y años de frecuentar casas de estudio y luego trabajos. Mejor eso no se lo cuento.

Y respecto a mí, estoy maravillada con el espacio de tiempo que de repente se ha generado en mi vida. Hay tantas cosas para hacer, que tendría que hacerme un buen esquema para que rinda al máximo. De todas formas tengo que aprovechar febrero, porque después vuelvo a mi horario habitual de trabajo y la ventana sin Peque va a ser de dos horas máximo.

Además, creo que esta separación va a hacerle bien a nuestra relación 😛

Ventajas de viajar con una niña de (casi) 2 años

Estándar

El 3 de enero nos tomamos un avión a Italia. Bueno, dos aviones. La escala fue en San Pablo.

Y cuando hablo en el plural de la primera persona incluyo a mi esposo y a nuestra hija de 23 meses.

Habíamos sido sagaces y aprovechado el “beneficio” de que Peque aún no hubiera cumplido sus dos, para ahorrarnos sus pasajes de avión.

Pero, claro, al ahorrarte el pasaje (que no los impuestos) perdés el beneficio de un asiento para la criatura, lo que significa que tenés que padecer un viaje de 12 horas encerrado en un Copsa con alas con una criatura inquieta a upa. Qué linda perspectiva!

Nuestro vuelo salía de Montevideo a eso de las 16, llegando dos horas después a San Pablo. Nuestra estrategia (o sueño) era que Peque permaneciera despierta todo ese primer vuelo y corriera todo lo largo del aeropuerto de Guarulhos para que llegara liquidada al vuelo clave: el eterno.

Y fue bastante como pensábamos, salvo que se terminó durmiendo antes de aterrizar (por suerte: dimos pila de vueltas en círculo), y que en el aeropuerto sólo quería upa. Pero lo interesante, lo que no te cuentan, está en el vuelo. Que tu hijo viaja a upa y no hay cinturón para él: solo tus brazos. Y que cuando pasan ofreciendo snacks, no hay uno para los Peques.  Lo mismo con la cena y desayuno, la bandejita famosa. No hay para el niño. Gracias, Latam (?)

El segundo vuelo fue en seguida. Por suerte el avión era más espacioso, porque de solo pensar en viajar doce horas con el espacio del que nos llevó a Brasil, me daban ganas de llorar. Cuando entramos todavía quedaban pila de espacios vacíos, y vimos con ilusión creciente que el tercer asiento de nuestra fila quedaba libre. Miracolo, miracolo, quedó vacío! Así que, después de jugar un rato con Lego (resultó clave) y mirar algún libro, Peque se durmió (antes de la comida) y la acostamos en el asiento con sus piernas sobre mí. Así pude ver un par de capítulos de serie, dormir un poco y comer tranquila (guardando lo que podía para mi pobre hija).

Cuando regresamos, veinte días más tarde, no tuvimos tanta suerte. Nos tocó en la fila del medio, y había un paisano instalado que ni se le ocurrió buscarse otro asiento (como hizo el hombre de adelante que le tocaba sentarse al lado de una niña de un año). Así que hubo upa, hubo inquietud, hubo cena peligrosa e incómoda, hubo sueño increíblemente movedizo y bastante malhumor (de mi parte). No miré nada en mi tele, pero sí en la del brasileño de por allá adelante que se vio toda Florence con subtítulos :p

Pero más allá de los vuelos, Magui – me preguntan por la calle – cómo es viajar con una niña de casi dos?

Vale aclarar que todos los niños son diferentes (me dí el gusto de decir esa frase), pero tengo que decir que no es fácil. Tuvimos en cuenta su presencia lo más posible al momento de planificar nuestras vacaciones. Hubo días más movidos que otros, sobre todo cuando visitamos un par de ciudades por poco tiempo, pero intentamos pasar bastante tiempo tranquilos. Pero ciertamente no es lo mismo acarrear un niño que viajar con adultos. Yo tengo como referencia mi primer viaje a Italia. Tenía 18 años, iba con mi hermano y era verano. No parábamos la pata en todo el día y recorrimos lo más posible intentando no pagar muchas entradas. Creo que es hora de asumir que nunca más habrá un viaje como ese y que todas las experiencias van a ser distintas. Esta vez era pleno invierno, y terrible frío pasamos. Cada vez que salías tenías que incorporar varias piezas de abrigo, y todos deberían saber que no es fácil vestir a un niño. Es difícil hacer que venga a ponerse la campera, que deje de jugar, que se deje puesto el gorro. No hubo forma de ponerle guantes ni gorro a Peque, y eso que estaba cruel! La gente nos miraría como padres desalmados, que se cubren a sí mismos más no a su criatura. Es difícil estar todo el día solar afuera (entre 10 y 17, ponele) y que el niño se canse y pida upa, se ponga irritable por falta de siesta, y porque lo estás llevando a ver cosas que no le interesan en absoluto. Peque soportaba poco el coche prestado que usamos todo el viaje, y pedía para ir caminando (era trampa, al segundo te interceptaba el paso y pedía brazos). Y es difícil abandonar tu casa y todo lo conocido, dormir en otra cama y acostumbrarse a tres hogares distintos en tan poco tiempo. Reconozco que estas decisiones “arbitrarias” de nosotros padres pueden resultar crueles para los niños, y hay que admitir que dentro de todo Peque se portó muy bien.

Intuyo (y proyecto) que viajar con nuestra niña de dos fue más sencillo en algunos aspectos que hacerlo con niños más grandes. Como el hecho de todavía usar pañal, que evita que en el medio de la nada te digan “quiero hacer pichí”. Todavía entra en el coche, que agiliza las cosas (cuando lo acepta!), y donde durmió más de una siesta. Todavía le gusta pasar tiempo con sus padres! Todavía no dice “estoy aburrida, me quiero ir” , ni “me estoy perdiendo el verano por estar acá”. Y, por último, pero no menos importante, no paga pasaje de tren, ni de ómnibus, ni entrada a ningún lado!

Más allá de si es una buena edad para viajar o no, la experiencia está vivida, y no se va a repetir. Por lo pronto, a futuro, me dan ganas de vacaciones del tipo tirarse a no hacer nada!

Algo que culmina (adiós 2016)

Estándar

Hola!

Es gracioso como a uno lo agarra medio de sorpresa la bajada del año, pero una vez que estás en ella, fiú, llegás al 31 como bólido.

Cuando quise acordar, se habían terminado las clases (en liceo es antes), y ahora hace menos de una semana que terminé de trabajar y ni me acuerdo de cómo era eso. Ni que hablar de los días en que tardaba más de una hora en volver a casa del trabajo, pasando por todos los lugares de locura comercial navideña, y sufriendo el calor en el ómnibus.

Si de recapitulaciones se trata, este año cambié de trabajo (y lo dije en todas las entradas del blog, másomenos). Todavía me cuesta pensar que ya no trabajo más en el otro, que la biblioteca funciona sin mí, que hacen actividades y no me cuentan (horror!), pero eso es sólo cuando tengo contacto con mis ex compañeros. En el trabajo nuevo tengo mis días, pero he sabido disfrutarlo (sobre todo a los teens). Pero las grandes ventajas son las asociadas a la cercanía y el corto horario de trabajo, que me permitieron interactuar con Peque de mañana y de tarde, volver de trabajar caminando (a veces), tener tiempo para cocinar y hacer feria.

Las condiciones se dieron para que volviera a hacer cursos de educación permanente (1) y asistir a charlas o talleres relacionados con la literatura/lectura. No es fantástico?

Hice muchas visitas a padres (abuelos), y paseos en coche, e idas a la plaza (cómo me cuestan las plazas).

Cuando descubrí a mitad de año que había leído sólo cinco libros, decidí priorizar esta actividad y dedicarle tiempo durante la noche. Terminé leyendo más de 25 (clap, clap).

Cociné mucho y probé recetas nuevas, raras, con poroto, papa y espinaca… en preparaciones dulces! Durante todo un año había solo recreado recetas ya conocidas, o esa es la sensación que tengo, pero este año tuve un boom gastronómico, digamos. Manteca de maní, turrón, bizcochos…

Este año adquirimos auto (que yo no sé manejar), lo que nos facilitó las visitas a la suegra y su madre en el interior, y todo el vuelterío chico. Una independencia que no recordás no haber tenido nunca.

En el 2016 nacieron Cata, Cami y Feli, entre otros bebés conocidos. Y mi bebé, la Peque, se convirtió en niña. Todo lo que puede cambiar una persona en tan poco tiempo! Aprendió a caminar y a hablar, dejó el chupete, y demuestra cada día que es una esponja, un lorito, pero también una gurisa creativa, inventiva y tierna a la que le gusta jugar, comer, ver fotos, que le lean y le hagan mimos. Me babeo tanto como me enervo con esta chiquilina. Como también dejó la teta y se hizo un poco más independiente, pude ir a más lados sin ella, jaja.

Lo que no hice mucho fue actualizar el blog (creían que no iba a hacer mención? a quién le estoy hablando? je). Extraño un poco las épocas en que volcaba un poco de ingenio y me mandaba entradas periódicamente. Pero lo cierto es que muchas veces me da pereza abrir la computadora después que se durmió Peque (si está despierta, toca), ni que hablar cuando la bicha me anda para el c… .

A ver qué sucede en el 2017, con niña en el jardín. Por lo pronto, en unos días, después de pasar fin de año con suegra, nos tomamos un avión los tres al crudo invierno italiano. Volare, oooh.

Un muy feliz 2017 a todos los que llegaron hasta acá abajo y a todo el resto que se lo merece también.