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El segundo hijo (pre nacimiento)

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Me queda esta semana de trabajo antes de empezar la licencia maternal, y dos semanas más para llegar a la fecha de parto de mi segundo hijo (un varón).

Y aquí estoy, aprovechando estos milagrosos minutos en que Hija mayor todavía duerme (últimamente se despierta ni bien me levanto). Minutos de libertad y paz, antes de sus demandas de comida, de limpieza, de juegos y de mis demandas de levantar cosas del suelo. Resumiendo.

Estar embarazada con un hijo pequeño en la vuelta es una experiencia de lo más interesante, sobre todo si se compara con el primer embarazo. El foco deja de ser el embarazo, porque no hay tiempo. No me puedo tirar en la cama a tocarme la panza y ponerle música al bebé (ni que lo hubiera hecho con Hija!). Tuve un período de vómitos con Hija al lado preguntando qué estaba haciendo… Pensar que yo trabajaba más horas, pero hacía gimnasia para embarazadas con videos de youtube!

No todo son quejas: definitivamente estoy más activa en esta segunda instancia, y eso tiene que ser bueno, verdad? Recuerdo el último mes con Hija en la panza y la desidia que tenía. Ahora la pereza está, pero igual me levanto de la silla (y del sillón, y del suelo), juego, lavo más ropa (porque se le dio por sacarse los pañales, pero no por pedir para hacer pis), le hago upa (en contadas ocasiones) y la voy a buscar al jardín. Con un poco de suerte me distraigo de las contracciones en su momento bailando El monstruo de la laguna… En las clases de parto me hicieron creer que este segundo trabajo de parto va a ser más rápido por esas mismas distracciones (y por el trabajo de parto que ya tuve, aunque no haya derivado en parto natural), y espero que sea cierto!

Hay otras cosas que cambian, como tener que ubicar a Hija 1 en cada consulta ginecológica, cada examen, cada clase de parto. Y ni que hablar la que nos espera cuando nazca Hijo 2 y haya que dividir la atención y pasar la noche con dos pequeños que no duermen bien.

Empezar de vuelta con un recién nacido habiendo ya pasado por la experiencia es engañoso. Porque uno piensa que tiene cancha, y quizás es que simplemente no se acuerda bien de las cosas. Había que esterilizar, no? Y lavar bien las cosas que se lleva a la boca… El pañal se cambiaba más seguido, y cuándo empezaban a comer como uno? Va a haber que andar con ojo por las cosas que Hija Mayor pueda llegar a acercarle, todas las chucherías que tiene en la vuelta en su cuarto, los libros que estarán a su alcance porque ella ya sabe manipularlos (casi sin accidentes).

Y, sobre todo, va a haber que trabajar el tema de las comparaciones, que van a ser inevitables.

Se vienen tiempos interesantes, sin duda. Deséenme suerte.

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El estándar (los caramelos, por ejemplo)

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Hoy Peque tuvo los cumpleaños del mes en el jardín. Y como buena madre hinchapelotas, mandé cartita a la maestra recordando que no queremos que tome refresco.

Hay un par de cosas en las que siento que voy contracorriente con el resto. Para mí es tan evidente que no es necesario ofrecerles bebidas gaseosas o caramelos a niños tan chiquitos! Es algo inevitable a la larga, porque es muy iluso pensar que nunca va a comer esas cosas (y ha comido, de hecho). Pero ayudaría si desde la institución a la que asiste le pusieran un poco de ganas y tuvieran una política al respecto. Cuando la anotamos nos preguntaron si tomaba refresco, y anotaron que no, que solo le darían agua. Pero a los demás no tienen problemas en ofrecerles, no? Y el primer día de clase, todos los niños se llevaron un regalito de parte del jardín: un tubo con caramelos masticables. Es necesario?

Hace unas semanas tuvimos el cumple (por fuera) de una compañera de tres que hizo la adaptación junto a Peque y que con cuya madre entablamos una relación amistosa. La bolsa de sorpresitas estaba llena de caramelos y un par de chocolates que fueron los que le dejé a Peque. No tengo nada en contra del chocolate, principalmente porque su consumo no consiste en chupar el azúcar por horas, y  no se pega a los dientes. Cuando los que se llevan la bolsita son niños de tres años para abajo, está bueno ofrecerles este tipo de chucherías?

Se me ocurren mil ideas de sorpresitas no comestibles: libretas, lápices, crayolas, gomas, juguetitos, libros, autitos, pelotitas, bolitas, amansalocos, plantitas…

Y también se me ocurre que podés incluir unas galletitas o brownies caseros y todos quedarían contentos.

Pero supongo que no es tan fácil salirse de lo esperado.

En diciembre, cuando le toque festejar por adelantado a Peque (cuyo cumple es en enero), espero poder ponerme de acuerdo con los padres de los niños que celebren junto a ella para repartir sorpresitas saludables.

Me encantaría, también, no ser considerada loca ni radical por rechazar los caramelos, y que haya alternativas sanas válidas para nuestros niños. Y que de mi hija no piensen: “pobre! no la dejan comer caramelos!”.

Díganme que no estoy sola!

Aquí es donde empieza todo

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La semana pasada Peque empezó el jardín y, esta semana, a entrar sola. El horario se estira de a puchitos: ayer fueron dos horas, el lunes dos y media, y así hasta que llegue a las cuatro.

Los primeros días la vi despegarse de a poco de mí. La vi dibujar y jugar, pero siempre mirando con atención todo, siempre callada. Ahora no sé mucho lo que pasa ahí adentro. La maestra me dice que es tímida y se pega mucho a ella. No me extraña, así es cuando vamos a la plaza y hay otros niños: por eso la mandamos al jardín, a ver si nos interactúa. Yo veo otra niña, dos personalidades totalmente distintas en casa (o con la familia) y en el jardín (o con extraños). Lo que es desfachatez, desparpajo, verborragia y espontaneidad se convierte en timidez, observación y mutismo, al punto que la maestra me pregunta si se expresa hablando (la doctora también! Me pregunta: arma frases como “Mamá, dame”? jajajaja)

Lo que es un milagro es que ella no llora al entrar (ni me mira, de hecho), y no dice “hoy no vamos”. Cómo hace para acostumbrarse a algo que le fue impuesto así, una rutina nueva? Nunca antes habíamos ido todos los días al mismo lugar, a la misma hora. Y esto es solo el principio de años y años de frecuentar casas de estudio y luego trabajos. Mejor eso no se lo cuento.

Y respecto a mí, estoy maravillada con el espacio de tiempo que de repente se ha generado en mi vida. Hay tantas cosas para hacer, que tendría que hacerme un buen esquema para que rinda al máximo. De todas formas tengo que aprovechar febrero, porque después vuelvo a mi horario habitual de trabajo y la ventana sin Peque va a ser de dos horas máximo.

Además, creo que esta separación va a hacerle bien a nuestra relación 😛

Ventajas de viajar con una niña de (casi) 2 años

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El 3 de enero nos tomamos un avión a Italia. Bueno, dos aviones. La escala fue en San Pablo.

Y cuando hablo en el plural de la primera persona incluyo a mi esposo y a nuestra hija de 23 meses.

Habíamos sido sagaces y aprovechado el “beneficio” de que Peque aún no hubiera cumplido sus dos, para ahorrarnos sus pasajes de avión.

Pero, claro, al ahorrarte el pasaje (que no los impuestos) perdés el beneficio de un asiento para la criatura, lo que significa que tenés que padecer un viaje de 12 horas encerrado en un Copsa con alas con una criatura inquieta a upa. Qué linda perspectiva!

Nuestro vuelo salía de Montevideo a eso de las 16, llegando dos horas después a San Pablo. Nuestra estrategia (o sueño) era que Peque permaneciera despierta todo ese primer vuelo y corriera todo lo largo del aeropuerto de Guarulhos para que llegara liquidada al vuelo clave: el eterno.

Y fue bastante como pensábamos, salvo que se terminó durmiendo antes de aterrizar (por suerte: dimos pila de vueltas en círculo), y que en el aeropuerto sólo quería upa. Pero lo interesante, lo que no te cuentan, está en el vuelo. Que tu hijo viaja a upa y no hay cinturón para él: solo tus brazos. Y que cuando pasan ofreciendo snacks, no hay uno para los Peques.  Lo mismo con la cena y desayuno, la bandejita famosa. No hay para el niño. Gracias, Latam (?)

El segundo vuelo fue en seguida. Por suerte el avión era más espacioso, porque de solo pensar en viajar doce horas con el espacio del que nos llevó a Brasil, me daban ganas de llorar. Cuando entramos todavía quedaban pila de espacios vacíos, y vimos con ilusión creciente que el tercer asiento de nuestra fila quedaba libre. Miracolo, miracolo, quedó vacío! Así que, después de jugar un rato con Lego (resultó clave) y mirar algún libro, Peque se durmió (antes de la comida) y la acostamos en el asiento con sus piernas sobre mí. Así pude ver un par de capítulos de serie, dormir un poco y comer tranquila (guardando lo que podía para mi pobre hija).

Cuando regresamos, veinte días más tarde, no tuvimos tanta suerte. Nos tocó en la fila del medio, y había un paisano instalado que ni se le ocurrió buscarse otro asiento (como hizo el hombre de adelante que le tocaba sentarse al lado de una niña de un año). Así que hubo upa, hubo inquietud, hubo cena peligrosa e incómoda, hubo sueño increíblemente movedizo y bastante malhumor (de mi parte). No miré nada en mi tele, pero sí en la del brasileño de por allá adelante que se vio toda Florence con subtítulos :p

Pero más allá de los vuelos, Magui – me preguntan por la calle – cómo es viajar con una niña de casi dos?

Vale aclarar que todos los niños son diferentes (me dí el gusto de decir esa frase), pero tengo que decir que no es fácil. Tuvimos en cuenta su presencia lo más posible al momento de planificar nuestras vacaciones. Hubo días más movidos que otros, sobre todo cuando visitamos un par de ciudades por poco tiempo, pero intentamos pasar bastante tiempo tranquilos. Pero ciertamente no es lo mismo acarrear un niño que viajar con adultos. Yo tengo como referencia mi primer viaje a Italia. Tenía 18 años, iba con mi hermano y era verano. No parábamos la pata en todo el día y recorrimos lo más posible intentando no pagar muchas entradas. Creo que es hora de asumir que nunca más habrá un viaje como ese y que todas las experiencias van a ser distintas. Esta vez era pleno invierno, y terrible frío pasamos. Cada vez que salías tenías que incorporar varias piezas de abrigo, y todos deberían saber que no es fácil vestir a un niño. Es difícil hacer que venga a ponerse la campera, que deje de jugar, que se deje puesto el gorro. No hubo forma de ponerle guantes ni gorro a Peque, y eso que estaba cruel! La gente nos miraría como padres desalmados, que se cubren a sí mismos más no a su criatura. Es difícil estar todo el día solar afuera (entre 10 y 17, ponele) y que el niño se canse y pida upa, se ponga irritable por falta de siesta, y porque lo estás llevando a ver cosas que no le interesan en absoluto. Peque soportaba poco el coche prestado que usamos todo el viaje, y pedía para ir caminando (era trampa, al segundo te interceptaba el paso y pedía brazos). Y es difícil abandonar tu casa y todo lo conocido, dormir en otra cama y acostumbrarse a tres hogares distintos en tan poco tiempo. Reconozco que estas decisiones “arbitrarias” de nosotros padres pueden resultar crueles para los niños, y hay que admitir que dentro de todo Peque se portó muy bien.

Intuyo (y proyecto) que viajar con nuestra niña de dos fue más sencillo en algunos aspectos que hacerlo con niños más grandes. Como el hecho de todavía usar pañal, que evita que en el medio de la nada te digan “quiero hacer pichí”. Todavía entra en el coche, que agiliza las cosas (cuando lo acepta!), y donde durmió más de una siesta. Todavía le gusta pasar tiempo con sus padres! Todavía no dice “estoy aburrida, me quiero ir” , ni “me estoy perdiendo el verano por estar acá”. Y, por último, pero no menos importante, no paga pasaje de tren, ni de ómnibus, ni entrada a ningún lado!

Más allá de si es una buena edad para viajar o no, la experiencia está vivida, y no se va a repetir. Por lo pronto, a futuro, me dan ganas de vacaciones del tipo tirarse a no hacer nada!

Algo que culmina (adiós 2016)

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Hola!

Es gracioso como a uno lo agarra medio de sorpresa la bajada del año, pero una vez que estás en ella, fiú, llegás al 31 como bólido.

Cuando quise acordar, se habían terminado las clases (en liceo es antes), y ahora hace menos de una semana que terminé de trabajar y ni me acuerdo de cómo era eso. Ni que hablar de los días en que tardaba más de una hora en volver a casa del trabajo, pasando por todos los lugares de locura comercial navideña, y sufriendo el calor en el ómnibus.

Si de recapitulaciones se trata, este año cambié de trabajo (y lo dije en todas las entradas del blog, másomenos). Todavía me cuesta pensar que ya no trabajo más en el otro, que la biblioteca funciona sin mí, que hacen actividades y no me cuentan (horror!), pero eso es sólo cuando tengo contacto con mis ex compañeros. En el trabajo nuevo tengo mis días, pero he sabido disfrutarlo (sobre todo a los teens). Pero las grandes ventajas son las asociadas a la cercanía y el corto horario de trabajo, que me permitieron interactuar con Peque de mañana y de tarde, volver de trabajar caminando (a veces), tener tiempo para cocinar y hacer feria.

Las condiciones se dieron para que volviera a hacer cursos de educación permanente (1) y asistir a charlas o talleres relacionados con la literatura/lectura. No es fantástico?

Hice muchas visitas a padres (abuelos), y paseos en coche, e idas a la plaza (cómo me cuestan las plazas).

Cuando descubrí a mitad de año que había leído sólo cinco libros, decidí priorizar esta actividad y dedicarle tiempo durante la noche. Terminé leyendo más de 25 (clap, clap).

Cociné mucho y probé recetas nuevas, raras, con poroto, papa y espinaca… en preparaciones dulces! Durante todo un año había solo recreado recetas ya conocidas, o esa es la sensación que tengo, pero este año tuve un boom gastronómico, digamos. Manteca de maní, turrón, bizcochos…

Este año adquirimos auto (que yo no sé manejar), lo que nos facilitó las visitas a la suegra y su madre en el interior, y todo el vuelterío chico. Una independencia que no recordás no haber tenido nunca.

En el 2016 nacieron Cata, Cami y Feli, entre otros bebés conocidos. Y mi bebé, la Peque, se convirtió en niña. Todo lo que puede cambiar una persona en tan poco tiempo! Aprendió a caminar y a hablar, dejó el chupete, y demuestra cada día que es una esponja, un lorito, pero también una gurisa creativa, inventiva y tierna a la que le gusta jugar, comer, ver fotos, que le lean y le hagan mimos. Me babeo tanto como me enervo con esta chiquilina. Como también dejó la teta y se hizo un poco más independiente, pude ir a más lados sin ella, jaja.

Lo que no hice mucho fue actualizar el blog (creían que no iba a hacer mención? a quién le estoy hablando? je). Extraño un poco las épocas en que volcaba un poco de ingenio y me mandaba entradas periódicamente. Pero lo cierto es que muchas veces me da pereza abrir la computadora después que se durmió Peque (si está despierta, toca), ni que hablar cuando la bicha me anda para el c… .

A ver qué sucede en el 2017, con niña en el jardín. Por lo pronto, en unos días, después de pasar fin de año con suegra, nos tomamos un avión los tres al crudo invierno italiano. Volare, oooh.

Un muy feliz 2017 a todos los que llegaron hasta acá abajo y a todo el resto que se lo merece también.

Casi 20

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Casi 20 meses de la niña.

Está grande y muy comestible. Da besos y abrazos, y me dice “mamiiita” con tono aprendido.

Lo que más llama la atención es la adquisición constante de vocabulario.

Un día le decíamos que papá tiene barba y mamá no.

Padres: – Papá tiene barba?

Peque: – Siii. Mamá? No

Pero luego empezó a quitar la pausa y armar la frase “Mamá no”, lo que me pareció realmente significativo.

Pasar del “agua” a “más agua”. Responder “ben” cuando le preguntás cómo está. “Nono” cuando le preguntás qué estaba haciendo. “La tía calentó otra comida”, y con esa me dejó de cara.

Todavía no son muy frecuentes las frases tan largas, pero sí menciona todo, palabras sueltas, y verbos, y recuerdos de otros días. Nos gusta preguntarle, por ejemplo, los nombres de los miembros de mi familia que viven en Italia. Y los nombra a todos, aunque no los conoce. Es fantástico.

Con los colores empezamos hace un tiempo, pero todavía mezcla bastante. Una vez saqué una toalla nueva para el baño, color verde manzana, y ella toda entusiasmada: “Amarillo!”. Mientras yo pensaba que no valía la pena corregirla, porque la toalla no era tan verde tampoco, ella repitió la palabra amarillo unas diez veces. Se ve que le gustaba la palabra (y a mí cómo la pronunciaba!). Otra vez, le estaba poniendo su pijama rosado y ella me dijo “otro”. Querés el pijama azul? le digo, y ella: “amarillo!”. Peque, tenés dos pijamas, uno rosado y otro azul, cuál querés? “Amarillo!”.

Sus frases favoritas: “Peque* también” “Peque no” “No quero” “Niti nata” (ni idea qué es eso).

Cocina conmigo, la dejo mezclar. Hay miedo de por medio – a que tire todo, a que enchastre sus manos y después todo el resto, a que agregue objetos extraños a la comida – pero hasta ahora funciona bastante bien. Ayer agarraba un libro y lo “leía” como si fuera una receta, nombrando los ingredientes. Cocina con plasticina, y “come” la comida dibujada en libros y folletos. Le gusta que le dibujemos tortas (entre otras cosas), y pintarlas todas por arriba. Introdujimos un juego de herramientas de madera para ampliar el espectro, y anda por ahí arreglando cosas. También hace upa a sus muñecos, les da de comer y les limpia la cola. La limpieza le gusta: agarra un trapo y pasa por todos lados.

Y cada tanto se le da por masticar las crayolas. Cuando uno pensaba que ya habíamos superado eso! Agarra la crayola, te mira y le da un mordisco. Después cuando la retamos dice “asco, asco”. A veces se le da por tirar todo. Ama pisar el agua y volcar de su vaso. Suele pisar los libros. Se manda por la escalera sola. Te mete la pata en la cara. Se niega a cambiarse el pañal. Esas son las cosas que más nos hacen rezongar.

En esas andamos

* Los nombres fueron cambiados para proteger la identidad de los involucrados

Permiso…

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Hay alguien ahí?  cómo anda la gente?

Hace un tiempo que no escribo acá. Es curioso, porque ando en un muy buen período de ocios. Al cambiar de trabajo y de horario gané un par de horas de vida. Me levanto más tarde, y por ende me permito acostarme más tarde también. Y adivinen qué? La Peque crece! Puedo hacer cosas cuando ella anda en la vuelta, como cocinar (aunque probablemente implique incluirla, ooommhh), y puedo dedicarle un par de horas a mis libros o blogs después que se duerme de noche. Eso era imposible el año pasado. En definitiva, soy consciente de la época privilegiada que estoy viviendo. Pero este blog se ve dejado de lado, lamentablemente, ante la gran cantidad de recetas nuevas que he estado probando, y la necesidad de subir los resultados a mi blog culinario.

Pero no nos quejemos! Estoy aquí ahora, no es cierto? Después de haber visto dos capítulos de Stranger Things con Adorado Esposo, con quien no veíamos juntos ninguna serie desde que se nos terminó Big Bang. El tema audiovisual lo tengo bastante descuidado. No sé si me voy a recuperar alguna vez de estos dos años casi de abstinencia! Se complica ir al cine (o sea, hay que ubicar a la Peque), y mientras ella está despierta no cuadra. Hemos pasado casi 20 meses sin enchufarle ningún dibujito! (aplaudan a estos padres, por favor).

Hace poco me di cuenta que estábamos a la mitad del año y había leído cuatro o cinco libros. Trabajando en una biblioteca me parece poco serio, verdad? Aparte está el tema de que cambié de público y de colección en la biblioteca. Y de la actual no he leído casi nada. Así que me puse en plan de leer un poco de todo, y dedico un rato a la lectura antes de acostarme.

Lo íba a decir hace dos párrafos, cuando empecé a hablar de Stranger Things (leí tantas referencias por ahí, que supuse que había que ver la serie. Usted la vio?), que estoy de vacaciones de primavera. Y por eso se estiran un poco los tiempos también. Va media hora pasada medianoche, y yo generalmente tengo ese límite. No sé cuál es la diferencia, si la Peque se despierta siempre más o menos a la misma hora (8am), sin entender de vacaciones o fines de semana.

Y estaba por decir algo más, pero se despertó la quetejedi y me cortó la poca inspiración que me quedaba. Ahora voy por mis capítulos nocturnos, y otro día vuelvo con más boludeces.

Hasta luego!

Un sábado

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De mañana estuve intentando manualidades y fotos, pero no estaba inspirada. Y pensar en quedar boyando ahí, leyendo los mismos libros y jugando con los mismos juguetes, me embolaba. Así que decidimos ir a la feria de Villa Biarritz.

Ir de paseo a las ferias de ropa de fin de semana siempre fue algo que me gustó. Ir con amigas, charlando, comprarse alguna prenda y comer garrapiñada, ponele. El fin de semana pasado hice eso con una amiga, y llevé a la niña a upa la mitad del paseo porque viajar en ómnibus con el coche no daba (o sea, no me daban las manos), y la gurisa no quería caminar (se entiende, habiendo tanta gente!). Y fue muy cansador! Esta vez fuimos en auto, con el coche en el baúl, y el día se puso hermoso cuando salimos. Ideal para el plan trazado. Sólo que para estacionar en ese barrio, gente, imposible! Terminamos en el shopping, y ya nos metimos a almorzar, porque no nos iba a dar el tiempo de comer antes del compromiso siguiente de Adorado Esposo. El resultado fue que nos quedamos sin feria. Para diluir un poco mi frustración, cuando pasamos a comprarle un libro a mi madre por el cumple, agarré uno para mí también. Hay algo sumamente satisfactorio en elegir dos libros por la tapa y por algún mínimo comentario en la contratapa, y pumba! llevártelos, no? (estoy en un período en que quiero leer todo todo).

Regresamos a casa con una niña gritando. Se durmió casi en seguida y yo quedé sola en casa sin saber mucho qué hacer. Y saben lo que me entusiasmó? Limpiar el baño. No soy original? Lo que en realidad me motivaba era deshacerme de cosas, ordenar, recuperar espacios de esos que van siendo infiltrados por pequeños objetos insignificantes. Un día la dentista te mandó un enjuague bucal que te provocó náuseas, y más de dos años después, el frasquito empezado sigue esperando que lo tiren a la miércoles. Hay que aprovechar ese impulso, porque mi casa es un soberano despelote, y quiero prolijidad. Lo cierto es que el estante del botiquín ahora cuenta con una generosa superficie pronta para volverse a llenar.

La siesta de la peque fue bastante larga, y aproveché a guardar ropa, pegar hojas de Mafalda salidas, y otras varias acciones mínimas pendientes. En otro momento hubiera probado alguna receta nueva (temo que eso es lo que hago en lugar de limpiar), pero sabía que íbamos a merendar tortas sobrantes de una fiesta de ayer.

Terminé despertando a Hija (increíble, pero cierto), para hacer una vuelta larga en coche hacia lo de mis padres. Es genial caerles de visita: ellos aman recibir a la nieta, y la nieta no le da bola a la madre en todo el tiempo que permanecemos.

Al regreso, de nochecita, hubo tiempo para plasticina antes de cenar, leer un cuento, y a dormir.

Un sábado de estos tiempos: con hija, auto, fútbol. Un sábado que dio para escribir en qviaje! Que no es poca cosa.

Tengan ustedes un buen domingo 🙂

Un día en la vida

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8:30 suena el despertador. A mi lado en la cama finalmente duerme plácida mi hija. Pero como estuvimos una hora o más dando vueltas de madrugada (haciéndola dormir, y luego, ante la imposibilidad, sentadas en la cocina comiendo algo y lavando la loza), decido correr el despertador hasta 9:20. Ventajas de mi horario laboral.
A la larga me levanto, dejando a Hija y Esposo en la cama. Mientras desayuno se despierta ella, llamando “mamá”. Al ratito me despido y me voy a trabajar.
Son poco más de cuatro horas de libertad (o lo más cercano a ella). Me siento a la computadora sin que nadie se me trepe, y escucho a adolescentes sin más interrupciones que los timbres.
A la salida, recibo mensaje de mis padres: les queda de pasada levantarme. Ya de paso van a recoger a la niñera (mi tía),  y ver si pueden interactuar con la nieta.
Ella duerme. Pero ansían tanto que se despierte, que no tarda en hacerlo. Esa fue mi última oportunidad de hacer cosas sin ella dándome vueltas. Cuando se van los abuelos y tía, me siento a comer con ella a upa: está todavía con modorra, así que es menos independiente que de costumbre. Por supuesto, me pide comida. Y le doy. Una vez cubierta esa necesidad mía, vamos a su cuarto para dedicarle toda mi atención. Esa es mi intención ese día, en vez de intentar ver instagram mientras ella se distrae. Trato de hacer cosas diferentes, dado que ya pasamos casi todo el finde semana adentro. Saco los drypens, ella los destapa y dibuja. Le pinto la mano para intentar obtener su huella, pero no funciona: queda una mancha amorfa. Ahora es ella la que me pinta a mí. También quedan manchas en su cara y ropa (y eso que le puse una remera mía para cubrir un poco!). Al rato la siento a merendar; ya que está sucia, dejo que coma por su cuenta el yogur, y mientras tanto voy preparando el baño. Los potes más cercanos van a parar al bañito, junto al pato termómetro. Pero le tengo que sacar los baldecitos porque se pone a tomar agua de ellos. Secado, vestimenta, secador de pelo, y vuelta a bollar con muñecos, autitos y libros mientras yo vacío el bañito. En cierto momento la llevo a mi cuarto y la dejo que vacíe todo mi cajón. Da gracia verla tirar para atrás los papeles, descartando lo que no le interesa. Un par de veces subimos a visitar al padre que trabaja desde casa, abandonando rápidamente porque quiere tocar todo, y ahí no se puede. Rescato un colchón para jugar en el piso. Bailamos el vals. La llevamos a upa al súper de la esquina. Y finalmente le damos la cena. Ahí empieza la mini rutina preparatoria para dormir: cena, dientes, pañal, pijama, cuento y a dormir. Y funciona. Porque estaba muerta. Así que termino de preparar la cena y hago una torta. No da para más porque, no habiendo pasado ni una hora, Hija se despierta. Es el comienzo de la pesadilla. La de esta noche consiste en dormirse en brazos de la madre, pero llorar en la cuna, volver al comedor mientras padres cenan y llorar todo el tiempo, terminar en la cama grande y no quedarse nunca quieta, arrancándome los pelos ya de paso, dormirse en brazos para terminar una vez más en nuestra cama. 
O sea que el estar muy cansada tampoco sirve para que duerma el tirón larguito que solía hacer. O sea que acostarse con sus padres no garantiza una noche de corrido, o sea que esto está cada vez peor, o sea que no tengo tiempo para leerme el capítulo de un libro. Es desesperante pensar que no tenés minutos en el día para vos.
Pasará pasará?

A los 16

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A los 16 meses, Hija aún no camina sola. De la mano, sí. Agarrada de barandas, sí. Se para todo el tiempo, también. Pero no se ha animado a largarse. Sigue recurriendo a desplazarse con la cola, para desgracia de sus pantalones.

Anda en buggy, dobla y se baja sola (pasando por arriba de todo). Le da la mema a las muñecas, y pasea su camión. Traslada ítems de un recipiente a otro. Intenta ponerse ropa. Le gusta sacar todos los libros de su biblioteca, y de la mía también (esas cajas que se ven en la foto). Y los álbumes de fotos del living. Y todo lo que está en la mesa ratona del comedor. Y el contenido completo de la alacena. Y mi ropa interior de los cajones. Nuestra casa siempre parece un campo de batalla.

En cuanto a los libros, los reconoce por sus personajes o lo que dicen. Pasa las hojas y te los da. Cuando yo me pongo a mirar o leer uno, se sube a upa. No siempre me deja leerlos en su orden natural. E interrumpe para señalar lo que reconoce: “abu”, “gato”, “pitita” (pelota). Y así (la parte libros es la que más me enorgullece).

También le gusta cantar. De repente empieza “la la la”, y mueve la cabeza. Mi hermano y mi cuñada le enseñaron la música del pericón, y es la que más repite. Cada tanto toca el xilofón.

Su vocabulario se expande a diario, y no deja de sorprenderme. Le encanta repetir lo que decimos, y pedir lo que quiere (“titita” es galletita, pero ahora aprendió a decir torta). También nos empezó a decir cada vez que hace caca (aunque no es muy confiable todavía).

Tiene pocas instancias de socialización con sus pares, pero hace un tiempo que demuestra interés en otros niños. La última vez que la llevamos a consulta, hace un mes, terminó a upa de otra nena en la sala de espera. Con su prima, que es más grande y vive lejos, tiene un poco de distancia y desconfianza. La otra vez descubrimos algo nuevo en Hija, y fue que reaccionó -mal- ante un quite de juguete de la otra: intentó conservarlo con un manotazo, y pegó terrible grito berrinchudo. Esa! Hasta ahora había asistido pasivamente al poder de la mayor.

De nochecita, con el sueño, se pone un poco insoportable. No quiere que la dejes por nada, y si la ponés en la silla para cocinarle, se impacienta y arranca: “am! am! AAAAMM!”. Guacha ‘e miércoles.  Tira todo desde ahí arriba, no hay caso.

Luego vienen las noches, interrumpidas cada pocas horas. Hay veces que no hay forma de que se vuelva a dormir en su cama. En brazos sí, pero cuando la acuesto llora. Y cuando se despierta no quiere saber de nada con el padre. Yo me siento en el sillón con ella y paso rato boludeando en Instagram, Facebook y demás, esperando que se duerma profundo. Ahora, cuando ya me acosté, entré en el sueño profundo, y tengo que salir a la casa helada para pasarme igual una hora intentando que vuelva a dormir… ahí es cuando tiro la toalla y me la llevo pa’ la cama grande, con el consentimiento cansino del padre. Ahí sí que duerme toda la noche… casi siempre.

Qué personaje. Nada se compara con vivir con una niña.