El regreso

Estándar

Volví.

A salir todavía de noche y ver el amanecer en ómnibus fríos. A leer en movimiento, y varios no capítulos sin interrupción.

A viajar parada esperando que se desocupe el asiento más cercano (en lo posible no encima de una rueda, y si es con luz, mejor).

Y, desde esta semana, a esperar en la esquina de antaño a mi chofer.

Volví a dormirme en el ómnibus, y despertarme aleatoriamente (con una conversación altamente técnica de estudiantes de medicina entusiastas, por ejemplo). A escuchar conversaciones y vivir la fauna del ómnibus. Como el que llegaba medio tarde a propósito porque hace veinte años que trabaja para el mismo tipo, o las escolares que se preguntan: “y qué pasa si nos pasamos de parada?”.

Volví a escuchar críticamente a los vendedores de los ómnibus. Me gustó el que subió uno vendiendo almanaques (“Almanaques en abril… Es lo que encontré para ayudar a mi familia. Yo no sé leer, pero me dijeron que tienen lindos mensajes”).

Todo esto para volver a prestar libros, recordando nombres de alumnos para tipearlos en el sistema. Abrir cajas de libros nuevos o donados (que me estaban esperando), y ser la primera en analizarlos. Retomar el inglés diario. Y otro sinfín de cosas comprendidas en la palabra “trabajar”.

Luego vuelvo a casa, donde me espera una bebé con sonrisas, y miradas lánguidas, así como quejidos y demandas. Y un cansancio que repta por mi cuerpo y hace que me pregunte: por qué son recién las seis de la tarde?

Al volver al ruedo me di cuenta de algo que ya intuía: me gusta trabajar. Me gusta procesar los libros, interactuar con niños, y estar al tanto de lo que pasa en la biblioteca. Y no me gusta ir solo medio horario e interrumpir a la mitad para ordeñarme. Cuando me voy de mañana, dejo a mi hija, tiernita ella, cosita linda, dormida (o casi). Me da una ternura! Pero al salir de mi casa mi mente se va a otro lado. Por eso me siento mala madre cuando mis compañeros de trabajo al cruzarme por los pasillos se compadecen de mí por estar lejos de mi descendiente.

Claro que odiaría perderme grandes hitos de su evolución (darse vuelta, por ejemplo) porque se le diera por llevarlos a cabo en la mañana (que por cierto suele ser su mejor momento, mientras que de tardecita puede que sea poseída por pequeños demonios… o será todo una cuestión de cansancio propio?)

Qué le voy a hacer.

Quedan los fines de semana para recomponer el orden y recrear la licencia maternal.

(Hace una semana o más que estoy intentando escribir y publicar esto).

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