Relato de un nacimiento (con cesárea y detalles)

Estándar

La semana anterior a la fecha prevista de parto, yo estaba que caminaba por las paredes. Por un lado, estaba aburrida, y no parecía haber nada más en lo que me pudiera preparar. Por otro, me había hecho la idea de que mi hija iba a nacer antes, simplemente porque no quería que pasara lo que pasó: que llegara la fecha y la gente empezara a preguntar si había novedades. El 25 (la fecha) recibí el primer mensaje a las 7 am, de una ex compañera de trabajo a la que no veo hace dos años. Yo no pensaba responder a nadie, pero más tarde me insistió en una respuesta porque estaba ansiosa. Y yo??? No sé qué opinarán ustedes, pero con mi amado esposo habíamos planeado pasar el preparto tranquilos y solos, y no avisar a nadie hasta que fuera un hecho casi consumado (y en ese momento, sólo a la familia directa).

Para sumar a mi estrés, estaba el tema del plazo para parir. Los embarazos pueden ir hasta las 42 semanas, pero estirarlo más puede ser perjudicial para el bebé. En mi caso, la institución donde me atiendo te deja estar embarazada hasta la semana 41. A partir de ahí, te inducen el parto. Y yo no quería.

Mi casa estuvo llena de gente toda esa semana, porque estábamos terminando ciertos retoques. Cada vez que se hacía un plan para, ponele, pasar el plastificante por el piso, yo pensaba: y si empiezo con contracciones? O mis padres nos invitaban a comer pizza y yo decía: “vemos”, porque pensaba que para ese entonces ya iba a estar camino al hospital. Y sin embargo…

Las contracciones eran esporádicas y no dolorosas, pero como cuando salíamos a caminar de noche la panza quedaba completamente dura, yo me hacía ilusiones. Y a la mañana, nada.

La noche del 25 yo estaba totalmente deprimida. Fuimos a cenar a lo de mis padres y me alegré secretamente porque tuve algunas contracciones estando tranquilamente sentada. A la vuelta caminamos por el barrio, más contracciones, y luego a dormir.

Me levanté tarde el lunes 26 sin muchas novedades, y ya más calmada. Habiendo pasado este nuevo deadline que me había fijado internamente, había generado otro de forma automática, para mantener la cordura: en estos días nace.

Un par de horas más tarde, en el baño noté que había perdido el tapón mucoso. Que no es tapón, sino una especie de mucosidad en el cuello del útero, que no necesariamente indica que se acerca el parto (y que se regenera). También había líquido. Pis? No parecía. Líquido amniótico? Tampoco, porque nos habían dicho que si rompíamos bolsa, el líquido no iba a parar de salir, por más que nos contuviéramos como cuando nos estamos meando. Y yo me levanté y caminé, y no chorreaba. Pero más tarde volví a ir al baño y seguía perdiendo líquido en grandes cantidades.

Mi querido esposo estaba terminando de aprontar el almuerzo que yo había empezado a hacer. “Entonces qué decís, con qué vamos a comer este arroz?”, me preguntó. “Berni, creo que rompí bolsa”, respondí yo.

Romper bolsa es la indicación de que va a haber un parto en la mayoría de las películas, no? En realidad, solo el 8% de las mujeres rompe bolsa antes del trabajo de parto (o 14%, según otro libro). Y nunca había estado en mis planes.

Mis planes eran tener un parto tranquilo, recibir las primeras contracciones regulares en casa, llegar al hospital ya cerca del parto en sí, bastante dilatada, y utilizar todas las técnicas de relax aprendidas en las clases de parto y lecturas varias para tolerar las contracciones, y para pujar. Mover las caderas, usar la pelota de pilates, cambiar de posiciones… en fin.

Pero cuando nos admitieron en emergencia del sanatorio (a la que ya entré empapada), y nos confirmaron que había, en efecto, roto la bolsa, de inmediato me dijeron que no me podía parar más. Sabía usted que, de moverme, una manito de la criatura podría pasar por entre mis piernas? Imagínese. Estando sentada se supone que se bloquea el pasaje entre adentro y afuera. Lo siguiente fue que me iban a inducir el parto mediante el goteo de oxitocina, la hormona que debería haber generado yo misma. El parto tenía que ser cuanto antes, ya que el ambiente, hasta ahora seguro, de la bebé, quedaba desprotegido ante cualquier germen o qué sé yo. Yo había leído que no es lo mismo cuando te dan oxitocina en lugar de generarla una misma, y de hecho era lo que tanto temía si el embarazo se extendía hasta la semana 41.

A esa altura, la idea de que estábamos por tener a nuestra hija opacaba el hecho de que se arruinaran todos mis planes, aunque un dejo de frustración había. El sentimiento que primó en ese momento, sin embargo, fue el de ser indefenso y manipulable. Hospitalizable. Porque en seguida me subieron a una silla de ruedas (había que despejar el consultorio para el siguiente) y me instalaron en el pasillo de emergencia, lleno de gente en distintos grados de dolor. Me enchufaron una vía para pasarme antibióticos, luego de lo cual me vino un calor del tipo “acá me desmayo”, y fui pasada a una camilla. No olvidarse que a esa altura la panza era grande, y durante todo el embarazo me resultó incómodo estar de espaldas. Me puse de costado, con el culo mojado para afuera, y estuve un rato esperando que consiguieran una almohada (estaba agitada la cosa ahí abajo). Así, en horizontal, me llevaron por los pasillos, ascensor, etc., hasta una habitación en el sector de partos y bebés. Muy raro ver las cosas desde esa perspectiva. Como en las películas, las luces del techo, pero de cotelete.

Ya en la habitación, sola con el padre de la criatura, empezó el desfile de enfermeras, doctores y partera, todos muy buena onda. Me trajeron un almuerzo de gelatina y helado. Y empezó el goteo de oxitocina.

Al principio sentía contracciones cada tanto, pero sin dolor. “Ah, ta”, decían las enfermeras. “Falta.” Estaba ahí sentada, medio al pedo. Estuve incluso leyendo el libro sobre las esposas de Hemingway, pero no me concentraba mucho. Pasó una parturienta gritando, y al ratito sentimos el llanto del bebé.

Luego las contracciones fueron más seguidas. Con Bé dijimos de empezar a anotarlas, y venían en principio cada tres minutos, luego cada dos. Se pusieron más intensas, pero eran totalmente manejables. Intenté respirar como nos habían dicho (profundo por la nariz, lento, llevando el oxígeno a la panza, y expulsando con la boca), pero por más que lo había practicado, nunca me salió del todo bien (la inspiración siempre muy corta, la mayoría de las veces llevando el aire hacia el pecho y no la panza). Lo que sí le puse fue concentración, asegurándome de que las otras partes de mi cuerpo estuvieran relajadas. Sentada a lo indio, como me recomendó mi amiga Daniela, resultaba levemente mejor que reclinada sobre el respaldo de la cama.

En este conjunto de nuevas experiencias que fue el nacimiento de mi hija, estuvo la de hacer mis necesidades en una chata. Más tarde me dejaron ir al baño, con la percha del suero haciendo pip (por estar funcionando a batería y no con corriente eléctrica), y mi amado de asistente (hasta ayudarme a cortar el papel higiénico). Puedo poner un tick en el item de cosas para hacer en esta vida : “orinar y defecar frente a mi esposo”.

Entre medio me cambiaron de habitación, porque se había liberado la verdadera sala de preparto (donde están las pelotas de pilates, la única diferencia). Por un rato estuvimos acompañados por otra pareja que estaba muy insegura con cuándo se desencadenaría el proceso de parto, y que quería (al menos él) quedar internados por las dudas. A ella le hicieron un monitoreo, con un aparato que te atan a la panza y que mide los latidos del bebé y la frecuencia de las contracciones. Luego me lo hicieron a mí, un par de veces. La partera me dice: “ahí estás teniendo una contracción”. Sabía porque en el aparatejo aparecía el número 99. Después empezaba a bajar. Eso me obsesionó un poco porque a partir de ahí cada tanto me ponía a ver los números, y sabía si estaba por venir una, o me aliviaba viendo que seguía en descenso. Porque no serían extremadamente dolorosas como he leído por ahí, pero se sentían. No sé cómo explicar el grado de dolor. Le pregunté a la partera si se iban a ser más fuertes, y lo que me dijo fue que una se va cansando y baja la tolerancia al dolor. Es cierto. Sabés que es algo que viene, y que va a seguir, por más que, como nos dijeron en las clases, siempre es una contracción menos y, como me dijo una compañera de trabajo, sabés que es un dolor que cumple una función, es tu cuerpo trabajando para que nazca tu hijo. Las contracciones dolían más con el monitor, que además hacía un ruido molesto.

Por allá apareció el ginecólogo que entraba de guardia a las 20. Me preguntó cuál era la expectativa (parto natural, no sé qué esperaba que dijera). La partera le mostró la frecuencia de las contracciones, y entre los dos hicieron un estimado de cuánto habría dilatado a esa altura, llevando unas cuatro horas con oxitocina (4, 5 cm tal vez?). Inmediatamente me hizo un tacto. El veredicto: borramiento del cuello uterino, permeable al dedo. O sea que apenas un centímetro de dilatación. Cuac.

A eso de las 10 venimos a ver de vuelta, damos un plazo hasta las 11, y si no se progresó, a cesárea.

Si yo no había planificado las cosas como se venían dando, la cesárea muchísimo menos. Nada más lejos de mi imaginación. Eso son cosas que les pasa a otra gente, que tiene alguna complicación en el embarazo, cuyo bebé está sentado y no de cabeza, etc. Pero a mí no me iba a pasar nada de eso. Y a esa altura tampoco lo creía, porque confiaba en la labor de las hormonas que me estaban dando. Porque la esperanza es lo último que se pierde.

En el entretiempo del partido Uruguay – Brasil por la sub 20, a eso de las 11, apareció de vuelta el médico, y, tras otro breve examen decretó que seguíamos en la misma situación. Cesárea conmigo.

Sigo en otra entrada.

Anuncios

Un comentario »

  1. Qué lo parió! Qué maravilla! No tengo palabras, en realidad, para todo lo que describís. La césarea no es un cuco. Mi pareja tuvo a sus 4 hijos por cesárea y le hicieron tajito sobre tajito y tiene un pancita hermosa.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s