Hoy le alegré la mañana a un camionero

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No sé ustedes, pero yo suelo ser bastante optimista respecto al tiempo. Es decir que, si ayer fue un día asqueroso, frío, lluvioso y con viento, en el que estuve todo el viaje de regreso a casa con los pies congelándose de húmedos, espero que el día de hoy me reciba sin lluvia.

[Para mí la noche funciona como borrón y cuenta nueva: dolores de cabeza, malhumores, resfríos, todo se debería haber curado al día siguiente! El tiempo feo no queda excluido.]

Y allá voy, muy contenta, a abrir la puerta de calle y me encuentro con que sigue igual. Y a medida que bajo por la calle a encontrarme con mi compañera, el viento aumenta su intensidad y mi paraguas amenaza con darse vuelta.

Lo cerré en cierto momento, pero ahí la lluvia se hizo mayor, así que lo volví a abrir, y caminé la última cuadra sosteniendo el paraguas con las dos manos, endureciéndome de frío. Faltaba cruzar la última calle, y a unos metros estaba mi refugio techado donde esconderme en el rincón.

Pero antes estaba esta calle, digo, y el camión que me deja pasar, y yo que cruzo doblada, con el paraguas como escudo… y me doy de frente con una columna.

Se hicieron moco mi paraguas y mi orgullo.

Pero al rato me estaba riendo de mí misma, y lo seguí haciendo cada vez que me acordé durante el día, y cada vez que se lo conté a todo el que me dejó un espacio.

Ahora apelo nuevamente a que la noche aleje la lluvia, porque no me compré otro paraguas para mañana!

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