De vuelta en Francia

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Si es que se puede decir. Porque donde estoy en realidad es en Córcega. Por lo que tengo entendido los corsos no se sienten muy franceses.

Pero lo cierto es que hablan francés. O el dialecto corso, que en lo que a mi respecta es lo mismo: no entiendo nada.

Y ahí uno se da cuenta de cómo lo maravilloso del lenguaje puede arruinarse y  en una serie de sonidos guturales. Cómo una conversación que podría ser elegante, si se quiere, termina siendo aberrante.

Uno podría decir:

“Buenas noches. Me gustaría probar el pollo a la plancha con ensalada rusa. Agua sin gas, por favor. De postre flan con dulce de leche. Nos podría traer la cuenta? Sí, estuvo todo muy rico. Gracias, hasta mañana!”

Y sin embargo lo que dice es:

“comida?”

Y lo decimos casi rogando, porque a la hora que se nos dio por cenar, ya estaban barriendo todos los bares, tanto en Bastia, que es chiquita, como en Ajaccio, que es una versión montañosa de Punta del Este.

Ahora estamos en Bonifacio, en el extremo sur de Córcega. Frente a nosotros Serdeña, a la que viajaremos mañana, volviendo a tener conversaciones medianamente decentes. Y espero que precios también!

(No quisiera quitarle méritos a esta isla, que es hermosa!)

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