Semana de Turismo: Quebrada de los Cuervos

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La Quebrada de los Cuervos en una de esas cosas que uno siente nombrar pero no tiene claro qué es (y con “uno” me refiero a mí).

Después de haber ido el sábado pasado, digo que es un lugar hermoso y que vale la pena ir. Además, está bien señalizado e instaurado como paseo turístico, a diferencia de algunas cosas que se dice que está bueno conocer, y no se sabe ni cómo llegar. Por la ruta 8 de Treinta y Tres a Melo, a unos veinte kilómetros de la primera (si mal no recuerdo), se accede a un largo camino de curvas en el medio de la nada hermosa y verde.

Carezco de fotos decentes de ese camino. En realidad en cierto punto paramos a sacar, pero no dicen mucho. No se ven bien las distancias, las alturas. Los invito a pasar por lo de andal13, que estuvo por ahí unos días antes y sacó otras fotos (y tira otra data interesante, además de ser muy divertida de leer).

Por allá llegamos a la entrada del Parque Protegido Quebrada de los Cuervos. En la administración se registran todos los que entran, y si sos foráneo de 33 te cobran $50 la entrada. Había llovido mucho la noche anterior, por lo que avisaban que sólo la primera parte del recorrido iba a estar habilitada: el mirador. Sin embargo, preguntando más adelante nos enteramos que se permitía el siguiente tramo también (habrá que volver para hacerlo completo).

Luego de avanzar en la camioneta hasta el estacionamiento, arrancamos caminando por un camino de tierra y luego bajando por una pasarela de madera.

Ahí se llega hasta un mirador. Desde arriba se veían puntitos de los colores de los buzos de quienes habían bajado. Y el Arroyo Yerbal Chico.

Luego bajamos nosotros. Unos escalones así de altos. A los dos minutos ya me dolían las piernas tremendamente  Una cuerda marcaba el camino (y serviría después para subir a lo alpinista: fue la forma que encontré para ayudar con los brazos la fuerza de las piernas). Otra que camino del Inka! (salvando las distancias que puedan resultar ofensivas). Nos cruzábamos con gente que nos dejaba pasar: “tienen la preferencia”, decían, y agregaban: “además no tenemos ningún apuro”. Me corría el sudor por la espalda pero hacía frío. Igual aviso que a mí me encantan los caminitos, y más entre la vegetación. Además no fue muy larga la bajada.

Llegamos entonces al Arroyo Yerbal Chico y nos quedamos mirando el agua correr, porque ahí terminaba el trayecto.

Vueltos a la entrada, decidimos instalarnos en el camping. Ya había poca gente acampada, así que encontramos un lindo lugar contra el pequeño monte, y con mesa para nosotros. Eso nunca nos pasa. Lo que sí nos pasa es que atraemos carpas intrusas: en plena noche, ya durmiendo, sentimos a una pareja decidir dónde armar y sonaban muy cerca. Tuve que aguantar la curiosidad hasta la mañana, y comprobar que se habían instalado por detrás nuestro, en medio del montecito, a escasos dos metros de distancia. Joder! Decí que ya nos íbamos.

Así se veía a la mañana siguiente:

Después de armar la carpa fuimos a averiguar qué se podría eventualmente cenar, porque no había mucha cosa por ahí. Cuestión es que, en el camino al estacionamiento para bajar a la Quebrada, había un cartelito que 1) señalaba la existencia de una laguna y cascada de los Olivera, y 2) prometía comidas de todo tipo, desayunos y boinas con v. Allá fuimos.

Decidimos arrancar para la laguna y cascada primero. Seguimos un camino de autos, atrás de una muchacha solitaria.

Pasamos una portera con varios cartelitos caseros que repetían lo mismo: laguna y cascada, laguna y cascada. Más adelante pasamos otra portera, al lado de la casa de los Olivera, donde le pagamos $15 a un muchacho que nos dijo que siguiéramos el camino nomás.

Apuramos el paso porque faltaba poco para la puesta de sol. Por eso no hay mucha foto de eso. Llegados a la laguna hubo que cruzar el arroyo a través de un puente hecho con dos palos. Una señora estaba esperando a su familia porque no se había animado a cruzar. A mí me aconsejó que lo hiciera porque soy jóven. Éste es el puente a la vuelta.

Camino entre árboles, lleno de piedras que se ve había llevado esta familia, luego salir a lo alto de la sierra, y terminar bajando hasta otra parte del arroyo, donde cae en cascada.

Lindo, no?

A la vuelta compramos comida en el puesto de las Hermanas Olivera. Hicimos un fueguito, y a las 8 ya estábamos cenados, hipnotizados por las llamas, acompañados por un tatú mulita y prontos para irnos a dormir. La promesa de la acústica de ranas que aparecía en el folleto se cumplía.

Un poema en sí era el baño, bonita construcción de piedra. Las puertas de los retretes y duchas daban, como habitualmente, al lugar de las piletas. Sólo que éste no estaba cerrado con paredes. Del lado de las mujeres te lavabas los dientes mirando por el espejo el suave ondulamiento de nuestra penillanura.

Anóteselo en la lista de cosas para hacer antes de ser demasiado viejo y aburrido.

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