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Estándar

Me he tomado un ómnibus a una playa casi desconocida. El dueño del hotelito donde me hospedo se asombró de que hubiera oído hablar del lugar, pero me indicó cómo llegar. Voy a atravesar la ciudad en un ómnibus urbano. Comparto el transporte colectivo con lugareños que salen o van al trabajo, es difícil decir a esta hora. En la mochila llevo mi cámara de fotos, mi cuaderno de viaje, una botella térmica con agua, bronceador y un buzo por si refresca al atardecer. Mis sentidos están alerta a todas las impresiones que puedan abarcar. Busco costumbres y vestimentas locales que pueda describir cuando vuelva. Mi nariz capta olores que repentinamente me traerán hasta aquí cuando esté en el medio de mi ciudad. Reprimo mis ganas de sacar fotos o hablar con quien se sentó a mi lado con mi timidez y mi sentido de lo apropiado de las cosas. Observo y reflexiono, preguntándome cuáles de estos detalles retendré. Estoy viviendo tiempo fuera del tiempo.

Y no:

Salgo del trabajo y me tomo el mismo ómnibus de siempre, el que es más esperable que agarre. Me olvidé de los auriculares del celular, así que tengo que recurrir a mi actividad mental para no dormirme. Aún la observación atenta no impide que la somnolencia se apodere de mí. Al lado mío se duerme otro flaco. Sube y baja gente, que no sé qué ropa usa, ni que costumbres tiene. Tiempo fuera del tiempo, igual.

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