un jueves cualquiera

Estándar

El día después ya no es tan sufriente porque en definitiva estamos acostumbrados, y yo por lo menos, que no debería generalizar, saqué el tema de mi mente. Las reflexiones de ayer (cómo es que el ánimo del país recae sobre estos jugadores en la cancha? por qué mierda me compenetro con los partidos de Uruguay? por qué estabamos todos tan demasiado entusiasmados?) se diluyen, ya está: se puede seguir viviendo. Quedará en mi recuerdo la convicción de que es preferible callarse y parecer tonto que abrir la boca y demostrarlo: “entran 50.000 personas en el estadio… la sexta parte del Uruguay” (sí, dije eso, y sí, estoy compartiendo para que nos riamos todos de mí misma).

Pero como decía, la vida sigue. Saliendo del edificio se me cayó el tubito de manteca de cacao al piso. Ni me paré y seguí, pero cuando volví todavía estaba, así que lo agarré. Lo raspo un poquito y sigue sirviendo, no?

Tá, y fui con mis santas madre y hermana a comprarme un vestido para el casamiento de mi prima. Tuve que comprar “copas” para rellenarlo. En fin.

Me fui.

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