Sábado en casa + cine entre semana + abuelos

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La que pasó fue una semana rara.

Arreglé para ir el lunes al cine con una amiga. Con ella íbamos siempre, muchas veces en el año, a ver todo tipo de películas. Había ciertos títulos que estaban destinadas a nosotras. En cambio había otros que era obvio que íbamos a ver con nuestras respectivas parejas, o ella con su madre, o yo con mi hermana. Desde que nacieron mis hijos han mermado notablemente nuestras salidas cinematográficas, pero espero que levantemos números de nuevo. Esta vez ella me dijo: “hay una película que pensé que podemos ver juntas”. Y yo dije: “dale! El lunes!” sin pensar que el martes tenía agendada hora hace meses para el oftalmólogo e iba a tener que recurrir a niñeros extra dos veces seguidas [spoiler alert: no fui el martes].

Hablé con mis padres para que levantaran a Pequeñín, y con mi tía para que buscara a Primogénita, y me tomé un ómnibus vueltero que me dejó justito a la hora que empezaba la película. Vimos Dolor y Gloria. La de Almodóvar. Con Antonio Banderas y Penélope Cruz. Una película que me resultó rara en partes, y con exceso de consumo de droga (ja!), pero que me terminó gustando. Después de eso nos fuimos a merendar y a ponernos al día, ya que con esta amiga hacía tiempo que no nos veíamos. Qué lindo recordar viejos tiempos! Amo ir al cine, merendar cosas ricas y charlar con amigas.

Lástima que mientras tanto, en casa, todo era caos, ya que mis hijos están acostumbrados a que yo esté a la hora de dormirse (que es temprano, por cierto). Qué le vamos a hacer.

El miércoles nos instalamos en la casa de mis padres por el día de los abuelos. Y los niños volvieron a ir jueves y viernes, ya que se enfermó la niñera. Ambos días volvimos de noche para ver partidos de la Copa América y la clásica pizza de los viernes.

En conclusión, que estábamos abusando de la buena voluntad de mis progenitores, así que hoy, sábado, nos quedamos en casa.

Sigo? Sigo.

Hijo Chico duerme la mayor parte de la noche en nuestra cama. Últimamente está durmiendo bien, y ha llegado a despertarse a las 9 (hago desmayo), pero hay una cosa: cuando quiere levantarse, no hay quien lo pare! No existe remolonear en la cama, porque él arranca y no sabés qué puede llegar a hacer. Así que salgo rajando de la cama a encarar el día. Que quiere decir darle galletitas cuando me pide. Y leer los libros que me muestra. Y decirle: no, upa ahora no.

Luego se levanta Hija Grande y empiezan los pedidos de juegos. En el día de hoy jugamos a que estábamos en un shopping en un cumpleaños. Y había cama elástica. Y títeres (allá fui yo a hacer de titiritera). También jugamos a que era la niña nueva en un jardín. Que íbamos de excursión. Éramos jugadoras de fútbol (yo la suplente). A las doctoras. Al vacunatorio. A las compras en el shopping. A irnos de campamento. “Mamá, vení!” “Mamá, jugamos?” No hay forma de escapar, salvo que proponga cosas que me gusten más, como hacer collages o cocinar. Lo primero salió espontáneo de ella, y hubo que cuidar que Chico no despegara lo que recién habíamos pegado. Lo segundo lo hice sola mientras los dos niños jugaban con agua y se empapaban a sí mismos y a la casa. Uno compra momentos de paz, y paga precios caros (en cambio la mercadería que vende mi hija nunca supera los 6 pesos la unidad: re conveniente).

A pesar de que no salimos de casa, fue un sábado bastante ameno. Los momentos complicados fueron: cuando bañé a Grande (no le gusta, qué sé yo) y todas las veces que Chico interfirió en su juego robándole cosas. Tampoco le gusta compartir la pelota, al botijita. “Mío”, dice, y no se la da. Pero bueno, ahora duermen y yo les perdono todo.

Mañana será otro día. Y volveremos a lo de los abuelos.

El sueño y los niños

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No vengo a hablar de cómo duermen los bebés / niños chicos, sino de cómo duermen sus padres. O sea, de mi experiencia personal.

Hoy mi hijo chico se durmió a upa y lo pasé a su cuna. Al rato, quizás una hora, se entre despertó lloriqueando, y no bastó con recolocarle el chupete. Como no quería pasarlo aún a mi cama, me quedé con él en el sillón un rato, para luego devolverlo a su lugar. No funcionó. Así que lo llevé a la cama grande. A esa altura ya se me habían ido las ganas de hacer alguna de esas cosas que una hace cuando es libre (pero miren por dónde, acá me tienen escribiendo), y no pude evitar enojarme.

Y es entonces que viene bien recordar mi pasado cercano y mi probable futuro.

Hace un año, tenía que levantarme a dar teta. Mucha veces en este tempo, el bebé lloraba al despertarse, y no era fácil calmarlo (ahora solo necesita contacto). Solía despertarse a las 6, y yo allá iba atrás de él. Hubo un tiempo en que era imposible dormirlo , y más colocarlo en su catre.

Pero puedo ir más atrás en el tiempo. El primer año de mi primera hija, me levantaba mil veces en la noche y me quedaba largo rato con ella. No le gustaba su cama, y nosotros no habíamos cedido al colecho. Luego, entre medio de sus padres, se daba mil vueltas (como hace su hermano ahora en algún punto de la noche). Para dormirla, de bebé, la paseábamos y mecíamos con música, en posición vertical porque no le gustaba que la acostaras. Más adelante le leía uno, dos, tres cuentos de buenas noches, y cada vez se volvía más resistente a ellos (incluso hacía comentarios y preguntas, la muy atrevida). Era yo la encargada de dormirla siempre. Me levantaba a las seis de la mañana para ir a trabajar, con miedo de despertarla.

Hoy en día, mi hija “grande” duerme toda la noche en su cama. Se duerme temprano y sin problemas, salvo excepciones. Y la acompaña el padre. El mismo que se levanta las veces que llama de noche, porque yo no la oigo. Para ir a trabajar, lo más temprano que me levanto es a las 7am.

Entonces sí, me fastidia que el chiquito dé vueltas. Que me agarre la mano, la estire y la manosee. Que se despierte de madrugada y que sea él quien decide a qué hora me levanto. Pero soy consciente de lo que hemos avanzado y tengo idea de cómo pueden ser las cosas más adelante.

Ya no sé si escribo coherente. Tengo sueño y ya pasé mi autoestablecido límite de la medianoche. Capaz que hoy mi hijo no jode ni nada

Una entrada random sobre ómnibus

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Viajo todos los días en ómnibus, pero en trayectos cortos. De esos en que si se libera un asiento, se lo dejo amablemente a otro pasajero (me gusta pensar que le brindo alegría a la gente de esta manera). Lejos están aquellos viajes eternos en que me dormía las tales siestas o leía varios capítulos de un libro.

Pero sigo viajando y observando cosas. Como que todavía hay ómnibus sin puerta trasera. Deberían estar prohibidos. Y el otro día subí a uno raro. Venía lleno, y el chofer insistía en que en el fondo había lugar (un innovador el hombre). Yo pensaba que después de la plataforma y puerta central había escalones, pero no era así. El pasillo curvaba hasta terminar en la puerta, y los asientos estaban más elevados. Un desperdicio de espacio, también. Hay muchas fallas en el diseño de los ómnibus, como los que tienen los asientos reservados a dos metros de la puerta, o los que permiten a duras penas que haya personas paradas de ambos lados del pasillo.

Otras cosas que observo son los comportamientos de la gente. Y cómo gestos básicos como seguir avanzando no son tan comunes como deberían.

Hay un hombre con el que coincido prácticamente todos los días a la salida del trabajo. Se sube poco antes que yo y se baja una parada después. Pues el tipo se ubica en la puerta antes que yo lo haga. Y hay que pedirle permiso para apretar el botón. Demás está decir que no me cae bien.

Hace poco se armó algo de revuelo en un ómnibus en el que viajaba porque nadie le cedía el asiento a una persona discapacitada (si no recuerdo mal). Alguien empezó a acusar a una señora de no dar el asiento que tenía cartel de prioridad. La mujer no se dio por enterada, y se suscitaron varios comentarios entre los pasajeros, que en estos casos salen de su ensimismamiento e interactúan como personas de sociedad. Otra señora que venía durmiendo se despertó y preguntó qué pasaba. Cuando captó que se precisaba el asiento, me miró a mí y me lo ofreció. Bueno, pues el bebé hace año y medio que no habita en mi panza, así que no lo pude aceptar. Luego vi cuando se bajó la acusada de mala persona, y noté que era una señora mayor, con todo su derecho a estar sentada en el ómnibus. No es fácil.

Para terminar esta serie de divagues, quiero contarles que sólo una vez me cobraron dos boletos por viajar con dos niños menores de cinco años. Había visto el cartel, pero lo siento carente de sentido: si un niño no paga boleto, cómo puede ser que dos paguen uno? Para reflexionar.

 

 

algo de ser madre

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Qué es lo que más me gusta de ser madre?

Mis hijos. Mis hijos cuando no están llorando o quejándose, o diciendo que no quieren ponerse la campera, o no queriendo dormirse o rompiendo cosas. Pero incluso me gustan a veces cuando lloran, o se quejan, o hacen cualquier cagada.

Son lindos. Son graciosos. Son creativos, incluso para enojarse conmigo (acá hablo de la grande). Me gusta verlos aprender y explorar, escuchar sus primeras palabras y sus frases copiadas de libros o canciones, y sus razonamientos brillantes, inocentes y exclusivos. Me hipnotiza verlos reír.

Claramente me fastidia cuando se ponen pegote, y me agarran de los pantalones o me piden upa, pero qué cosa más linda que agarrarlos, darles besos, o sostener sus pequeños cuerpos sobre el mío? Me embola cuando no quieren la comida, tengo que perseguirlos para aprontarlos, no quedan en la cama para dormir la siesta (acá hablo del chico). Pero me alegra haber superado la etapa del no desplazamiento, y de los múltiples despertares nocturnos, y de la comida especial de bebé, así como en el futuro me alegraré de haber pasado otras etapas, a la misma vez que sufra porque crecen demasiado rápido.

Tener hijos que crecen así como crecen los niños me deprime un poco. Y siento que ser madre me limita bastante: mis salidas, mis horas de sueño y las actividades que realizo mientras ellos están en la vuelta están condicionadas a su voluntad. A veces pienso con nostalgia en las Épocas Anteriores.

Pero me resulta increíble pensar que un tiempo no existían. No estaban ahí! No eran nada! Ellos, que salieron de mí y siempre vuelven a mí cuando sienten la necesidad. Ellos que llenan mis días de juegos, ruidos y estrés. Canciones y palabras. Cuentos, rezongos. Anécdotas, gritos. Cómo vivir sin ellos? Imposible.

 

El emocionante Turismo 2019

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Tuve una mala idea antes de empezar a escribir esta entrada, y fue buscar la palabra “turismo” en el blog. Orden, limpieza, puesta al día con el blog, cocina, huevos de pascua caseros… En el 2011 hacíamos un hermoso paseo por Treinta y Tres. El resto de los años a La Paloma… Eran otros Turismos.

Pero no me voy a poner en papel de víctima, que no me corresponde! La vida con hijos chicos es distinta a la de la pareja sola, claro que sí. Acaso yo me daba cuenta de la suerte que tenía cuando hablaba de que había hecho sólo algunas cosas de las que me había propuesto? Claro que no! Pensar que ahora no me propongo cosas! Jajaja. Y la casa se ordenará en el 2022.

Los primeros cuatro días de esta semana: sobrevivir sola con mis hijos. Adorado Esposo, trabajando. Amadísimos Abuelos, de viaje. Sí conté con Queridísima Hermana, que se llevó a hija al cine (segunda película de sus jóvenes cuatro años: la puerta a un mundo maravilloso de cine compartido), y con Estimadísima Tía, que se llevó al chiquito a la misma vez, para que yo pudiera ir a hacer compras sola (inserte mujer bailando por la pradera).

Llevé a los niños a vacunarse. Era la primera vez que iba con los dos en ómnibus, sin ayuda. De hecho, hemos viajado tan poco en ómnibus, que a Peque Grande le parece una aventura emocionante! Y, por suerte, Peque Chico se queda quietito (si va a upa: si nos dan solo un asiento y los ubico a los dos juntos, se pone loco. Comprobado). El problema con el nene es en las paradas. Porque no se queda quieto, se va hacia la calle, junta puchos… Y está pesado para tener  a upa!

Estuvimos en plazas. Ahora me siento más cómoda yendo con los dos, porque Peque Chico se trepa a los juegos y se tira del tobogán como si nada. No me da tanto miedo que se caiga, y no tengo que subirme atrás de él… Y creo que es mejor ir a sectores sin juegos, ya que Grande no se anima a muchas cosas y me hace cambiar de juego a cada rato, y Chico se quiere subir al tobogán del lado de la rampa, incluso cuando hay gente, o se tira frente a las hamacas. Llevar la pelota fue una gran idea: a Chico le encanta patear, y con Grande nos divertimos tirándola en distintos lados: escaleras, juegos de madera… Lo bueno de estar afuera es que no tengo que participar en juegos eternos de doctoras o maestras (cómo me aburre “jugar a”!!) y tampoco hay que estar sacándole a nadie cosas peligrosas de las manos. Adentro de casa se dice mucho más el no: no te metas eso en la boca, no rompas la bolsa de harina, no te pares arriba de los juguetes, no rayes el libro…

Fuimos a la casa de una amiga. Hubo apagón y nos volvimos rápido. Una hace el esfuerzo para que la niña socialice, y mirá lo que pasa, che.

Estuvimos en un cumpleaños (y otra vez nos tomamos ómnibus los tres), donde el niño comió torta hasta con el pelo.

Pintamos cáscaras de huevo, y las manos, y la boca (cómo hacer para que el niño no coma el pincel??). Una experiencia compleja.

Y finalmente nos fuimos para afuera, a la casa de la abuela.  Vamos bastante seguido, así que no fue muy novedoso. Pero el otoño estaba hermoso, y fuimos a más plazas y playa. Comimos en familia, y pude distraerme un poco de mis hijos mientras estaban al cuidado de otras personas (quiero un poco más de eso, por favor!).

Es Domingo de Pascua, se termina Turismo… ah no, pará! Mañana es feriado! Habrá que salir a la plaza de vuelta!

 

 

Sobre cómo conseguí las vacunas para mis hijos

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El lunes de Turismo me dediqué a conseguir que vacunaran a mis hijos contra el sarampión. No es que no lo hubiera intentado antes, eh? Los dos quedaron en el limbo de niños entre 15 meses y 5 años (la segunda dosis contra el sarampión se daba a los 5 años, y la adelantaron a los 15 meses), y empecé a buscar la vacuna junto con todo el mundo: cuando apareció el primer caso en Uruguay.

Fuimos el sábado a una mutualista: media hora antes de terminado el horario no había más números (qué ingenua: al sábado siguiente fuimos a primera hora y ya estaba lleno!).

El lunes a otra: los números se dan y se acaban temprano (y en horario de trabajo).

El martes a otra: se habían acabado las vacunas.

El miércoles salí caminando a las 8 am a otra mutualista: me avisaron que los números se daban a las 8 y se habían terminado también.

El viernes no logré que mis hijos se levantaran temprano (es muy irónico! siempre madrugando por ellos…). Ahí llegamos al sábado que ya mencioné… Lo que me deja en el mencionado lunes de Turismo.

Fuimos a la mutualista que da números (y pocos) al mediodía. Pensando que por ser vacaciones iba a estar tranqui. Llegamos 11:30 y nos encontramos con una fila enorme para la gripe, y adentro… una fila grande de gente esperando número para el sarampión. Me di la vuelta re frustrada. En casa, empecé a vichar de vuelta el listado de vacunatorios. Había otro cerca, pero no me respondieron. Llamé a mi mutualista, y dijeron que había vacunas y que hasta las 19 atendían. No había que sacar número con anticipación. Así que decidí ir a acampar allá. Iba a demorar? Sí. Pero en mi cabeza iba a tener la certeza de tener mi lugar (a diferencia de los lugares en que tenés que ir dos horas antes para hacer fila para que te den número, y ahí esperar dos horas más, si conseguiste!) Terminamos de almorzar y nos fuimos a tomar el ómnibus. El “bebé” a upa y la niña agarrándose de mi buzo (por cierto, fue la primera vez – sí – que viajé en ómnibus con los dos sin compañía de otro adulto). Iba preparándome para un gentío, y me encontré con una sala con relativamente poca gente. Pero la alegría duró poco, porque números no había. Casi lloro (otra vez).

Los que esperaban me dijeron:

  • que ellos estaban desde la mañana
  • que había números hasta el 99 (e iban por el 45)
  • que a lo mejor después daban números de vuelta (cuando terminaran con los que estaban)
  • que seguramente yo iba a tener que esperar menos que ellos porque había gente que se había ido y números que llamaban y no estaban (totalmente cierto)
  • que con cada persona que entraba estaban 15 minutos

En un momento en que abrieron la puerta, la enfermera dijo que estaban esperando vaciar un poco la sala para poder dar números de vuelta (pero ahí cómo funciona con los que no tenemos número? Volvemos al casillero 1!). Decidí quedarme. Era cierto que pasaban pila de números sin gente! Me entré a entusiasmar. Cuando había pasado una hora y media, una mujer que tenía el número 89 me dijo que había sacado tres números pensando que tenía que tener uno para ella, uno para su esposo y otro para su hija. Pero que como los grupos familiares entraban con un número solo, me podía dar el 90. Y yo pensé: no vale la pena, no? Si faltan tan pocos números, puedo esperar mi turno y no pasar por delante de los que vinieron más temprano que yo! Es bastante injusto que te regalen un número, no es cierto? Bueno, ahí fue cuando me enteré que había gente que tenía los primeros números de la serie siguiente. No terminaba en el 99! Y la sala estaba más llena que cuando había llegado. Quizás algunos se habían ido con su número y vuelto. Y también estaban los que iban llegando a esperar que habilitaran más números (avalancha!). Lo cierto es que, júzguenme, acepté el 90, entré con mis dos hijos, que lloraron copiosamente, y me fui sin mirar a la cara de nadie (sobre todo de las personas con las que había estado hablando y que sabían que yo no tenía número!).

Qué alivio poder encarar el resto de la semana con eso ya resuelto!

Ahora… ahora nos falta la de la gripe.

 

El cuarto cumpleaños

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Mi hija grande cumplió cuatro años hace una semana. Pidió una torta de tres capas, unidas con dulce de leche. La cobertura de merengue rosado, con un gran corazón rojo (que quedó fucsia) en el centro. Los bordes del corazón iban a tener rocklets, y los bordes de la torta también, pero dejamos solo los últimos.

Van cuatro años que hacemos cumpleaños no temáticos. Parece que se puede! Será porque es verano y no tiene la influencia de los compañeros, será porque hemos ido a pocos cumples infantiles, será porque miramos poca tele? Pues no lo sé. Pero sí tuvimos un momento de pánico… Unos días antes fuimos a la peluquería. Comenté, para sacar tema, que se venía el cumple de Hija. Y una señora le preguntó de qué iba a ser la torta. Nosotras ya habíamos hablado del merengue rosado y el corazón, pero ahí ella respondió que iba a ser de Peppa.

Me indigné. En casa, cuando lo repitió, le dije: Por qué va a ser de Peppa si vos nunca lo mirás? (cuatro capítulos habrá visto). No tiene sentido!

Y bueno, parece que después se olvidó. E incluso me dijo que le íbamos a dibujar músicos a la torta (ehh, bueno, dale). Dejé pasar todas estas cosas, y en el momento de decorarla volvimos al corazón y listo (que es lo que podía llegar a hacer yo!)

Creo que fue la prima, que es más grande, la que le metió esa idea en la cabeza. También la convenció de usar de esas velas volcán, pero cuando le dije que no se podían soplar, volvimos a las tradicionales.

Y bueno, acá andamos, tratando de contrarrestar influencias negativas (jajajaj).

El inicio

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Día 20 del año. Recién hoy volvimos de nuestras vacaciones en la playa. Llovió o estuvo “feo” el 90% de los días? Efectivamente. El día más lindo fue el que emprendimos retirada? Casi que sí! Pero bueno, no lo pasamos mal. Y ahora pienso que voy a tener que  encargarme de mis dos hijos sola la mayor parte del día, con menos espacio y más porquerías, sin mi familia (tan) cerquita y sin el trabajo para evadirme… Aiudaaa!

Durante estos días el nene chico (14 meses) anduvo explorando todo lo que estuvo a su alcance. Corrió en la arena, amó ser perseguido, aprendió a disfrutar de tirar pelotas, se trepó a sillas y escaleras, y fue alimentado a demanda por distintos integrantes de la familia. Hoy llegamos a casa y lo primero que hizo fue subirse a la silla del comedor, cosa que antes no hacía, teniendo acceso así a una cantidad de cosas “peligrosas” que conservamos ahí a falta de un lugar mejor. Antes de irnos tenía todo más o menos dominado, pero por alguna razón siento que la amenaza se duplicó!

La nena grande (casi 4 años) jugó con las primas, charló con los tíos y abuelos y, generalmente, pudo hacer cosas que le interesaban sin que el hermano la estorbara. Eso también se acabó ahora. También se mandó los tales caprichos y escenas, que tengo la leve sospecha van a seguir apareciendo.

Día 2 del mes dos.

Pasaron las dos semanas de licencia con los niños en casa y no pude (o no prioricé) sentarme a ecribir. Ahora tienen cuatro años y 15 meses respectivamente, y estoy casi deseando que tengan unos 7 y 4 (pero no).

Los días se sucedieron, con el ritmo marcado por la Primogénita e interrumpido por el Benjamín. Hubo un par de días de plaza, tías y amiga, guerrilla de agua en casa ajena y juegos con hielo para tolerar el calor. Pero más hubo desidia. Y peleas.

Por suerte (?) ya vuelvo al trabajo y descansaremos mutuamente de nuestra compañía constante. Está claro que no sirvo para madre full time.

 

Con el bebé a upa

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Estuve dudando si ponerme a escribir esta entrada así incómoda, desde el celular, y al final decidí que sí, que es la forma más real de actualizar este blog.

El bebé está a upa, y costó que se durmiera. En realidad no fue eso, sino que lloró ni bien lo deposité en la cama, y de ahí fue media hora (tres cuartos? Una?? De intentar apaciguarlo.

Tiempos extraños estos, en que tengo tiempo para escribir horas por WhatsApp, scrollear en Instagram, twittear, leer electrónico y mirar películas viejas en Netflix, pero no para lavar los platos, preparar la cena limpiar y ordenar. La demanda del benjamín (9 meses) es constante. Si no pide upa, es que quedó panza abajo por no saber gatear, o colgado de alguna silla por querer pararse.

La primogénita (3 y medio), en cambio, es todo independencia. Salvo algunos momentos puntuales en que pide upa y comida en la boca, salvo cuando dice “quiero estar siempre al lado tuyo”, salvo cuando me junto con amigas (tema aparte)… Bueno, quizás no es la definición de independencia, pero sí puede pasar ratos largos en su mundo, hablando sola, recreando sus ambientes conocidos. Es que ella entendió que la atención ya no es una sola.

Lo cierto es que extraño. Estos últimos días me di cuenta de eso. Extraño la exclusividad que le daba a mi primera hija, hacer manualidades con ella, sentarnos a leer en paz… Ahora es con el bebé a upa, intentando manotear las hojas, lloriqueando quién sabe por qué.

No es fácil. Corro de mañana y sufro la tardecita, esperando con ansias que los dos se duerman, para poder hacer todo lo que tengo pendiente. Pero a veces basta sentarse a comer que se escucha el primer llanto, y, después de esa instancia de calma, quién tiene ganas de seguir “viviendo”? Sólo quiero acostarme a dormir también, aunque eso implique más corridas a la mañana!

Pero es bello también. Mis hijos son demasiado lindos y da gusto verlos reír, aprender e interactuar. Ya no sé lo que es la vida sin ellos. Y ya recuperaremos algo, alguito, de libertad.