Relato de otro nacimiento

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Tuve mi primer hija hace dos años y nueve meses, y lo relaté aquí.

Hace una semana tuve a mi segundo hijo, y aquí va mi relato (spoiler alert: otra cesárea).

Mi primer parto fue por cesárea. Rompí bolsa sin haber tenido casi contracciones. En el sanatorio me indujeron por horas, pero nunca dilaté, así que fui a block quirúrgico, para mi pesar.

Esta vez busqué un ginecólogo que fuera pro parto natural, y que no me dijera de entrada que tenía pocas chances de uno sólo por venir con una cesárea previa. Este doctor me dijo que no había ningún motivo por el que no pudiera tener la posibilidad, y que lo único que no se podía hacer era una nueva inducción.

Y yo venía contenta porque desde unas semanas antes de la fecha prevista ya tenía contracciones. Sueltas, sí. Pero contracciones de la nada, que nunca había tenido con Hija. La semana anterior al parto había tenido una serie de contracciones muy seguidas, que me habían hecho instalarme una app para contar la frecuencia (jaja), pero me fui a dormir y se me pasaron. A los dos días tuve consulta y el ginecólogo me hizo tacto para ver si se había borrado el cuello del útero y había dilatado algo, pero no. Aparte, el bebé todavía estaba muy arriba.

Eso fue un viernes. Los siguientes días intenté caminar para que bajara el niño, pero no tuve muchas contracciones. Hasta el miércoles 1 de noviembre. Ahí estuve todo el día con contracciones irregulares.

A la tarde, cuando Hija fue al jardín, fui con Esposo al banco y a almorzar. Luego me dejó en casa, y no habían pasado diez minutos que me llamaron del jardín para decirme que Hija estaba con fiebre. Así que la fui a buscar, y luego llamé a la emergencia. Mientras el médico intentaba revisarle la garganta, Hija vomitó todas las frutillas que había llevado de merienda. Ensució mi cama, mi pantalón, mi pantufla, su ropa y el piso. Cuando se fue el médico la puse en el bañito, y solicité la presencia de mis padres para que me ayudaran un poco… Cuento todo esto para destacar la diferencia con el embarazo anterior, ausente de este tipo de distracciones! Mis padres vinieron, entretuvieron a Hija un buen rato, mientras yo intentaba limpiar el caos.

Más tarde Hija cenó y se acostó a dormir en la cama grande (no me iba a pelear porque durmiera en la suya; de todas formas, tarde o temprano se pasa siempre a la nuestra), y yo me puse a cocinar algo mientras Esposo intentaba redondear cosas de trabajo, previendo su inminente licencia. A esa altura las contracciones eran fuertes, bien molestas. Casi ni ceno, pero Esposo decía que iba a necesitar la energía. Después de eso me fui a acostar, con la esperanza de poder dormir algo. Un poco de sueño pellizqué, y hubo contracciones que no llegué a marcar en la app. Pero el lapso entre una y otra era cada vez menor, y el dolor de cada una me impedía dormir. Creo que acostada tuve los peores dolores! Me hacían retorcer toda (y pensar: ta, éste es el último hijo).

Me levanté varias veces, y tuve que ir al baño con frecuencia. Después ya me quedé levantada, usando la pelota de pilates, que me hacía sentir mucho mejor. Esposo se fue a acostar, y yo quedé dando vueltas. Hasta que en el baño me salió un poco de sangre. Ahí decidimos llamar a mis padres para que vinieran a dormir con Hija. Eran las 3 am. Esposo fue a buscarlos, y en el interín: FLUM, bolsa rota (atendeme la onomatopeya). Fue una catarata (nada que ver con la otra vez), me empapé el pantalón, y eso que tenía un absorbente puesto!

Así que arrancamos para el sanatorio, llegando a eso de las 4 am. Divino horario porque la emergencia estaba vacía, nadie me tuvo que ver el culo mojado, y no tuve que esperar mucho. Desde mi último parto en el sanatorio hicieron una reforma y hay un sector de emergencia exclusivo para ginecología. Ahí había un enfermero y una no sé qué. Me tomaron la presión, hicieron varias preguntas, y llamaron al ginecólogo de guardia (que tardó un rato – tienen camas por ahí?). Él me dijo que estaba en 4 o 5 cm. de dilatación (opiti!). Me pusieron poncho, me dieron antibiótico por el estrepto positivo, y me subieron en silla de ruedas a una sala de preparto (que estaba vacía) a esperar a mi ginecólogo (habíamos decidido contratarlo). Vino la partera a hacerme monitoreo fetal. Rato largo me dejó esa cosa, y resulta que estaba mal enchufado, jaja. Mientras tanto vino el ginecólogo (como a las 5 am) y determinó que tenía 4 cm de dilatación, y que el bebé aún no estaba encajado (por lo que no podía pararme, moverme, usar pelota…). Después de determinar que los latidos del niño estaban bien, y comprobar que tenía contracciones muy seguidas (y de que no me quejaba mucho, ja! – pero dolían) dijo que en dos horas volvía a ver si había evolucionado algo. Si sí (aunque fuera 1 cm), seguíamos adelante. Si no, bueno, si no, hablábamos.

Resumiendo, me quedé en 4 cm. Y el ginecólogo dijo que si, estando con bolsa rota y con contracciones regulares, no había avanzado nada en todo ese tiempo, tampoco iba a cambiar la situación por esperar más. Así que me planteaba dos opciones: o ir a cesárea inmediatamente (lo que recomendaba él), o esperar una hora más a que se diera un cambio fantástico, un milagro (aunque no recuerdo qué expresión usó). Era yo la que tenía que soportar el dolor.

Una especie de déjá vu con el parto anterior. La diferencia? Esta vez me importaba muchísimo menos. Es más! Casi que fue un alivio decidir terminar con la espera (y, por qué no, también evitar lo desconocido de un parto). Así que cuando volvió, le dijimos que íbamos por la cesárea, ante lo que él aseguró que era lo mejor.

Eran casi las 8 am, y habíamos estado sólo cuatro horas ahí. En media hora tenés a tu hijo, dijo. Pero sabés cuántas personas se precisan en el block quirúrgico? Una banda de gente. Esta vez la que tardó fue la pediatra, e Hijo terminó naciendo 8:44 am.

De nuevo sonda, poncho verde, “pantuflas”, gorra, viaje en camilla con enfermero simpático, gente presentándose y preguntando el nombre del bebé (y si era el primero, el sexo de la hermana, comentarios sobre el casal…). Gente hablando de la vida, vistiéndose, lavándose las manos, abriendo bolsas con instrumentos, tranquilizándome (yo estaba totalmente entregada al procedimiento). Contracciones. Anestesia, cositos en el pecho, cosito de la presión en el dedo, el campo para no ver cómo te cortan y te sacan cosas de adentro (descubrí que si miraba la lámpara de arriba veía el reflejo de cosas…). Aparición de Esposo al lado (“acercate, agarrale la mano”), advertencia de que iba a sentir una presión, preguntas sobre si podía levantar las piernas (“no, pero puedo mover los dedos!” preocupación).

“Tiene circular de cordón” “No iba a bajar” “Hicimos bien en operar”. Llanto de bebé, llanto de madre. Caras que aparecen tras el campo y felicitan. Corte tardío del cordón. Y el bebé, que lo traen, y le apoyan la cabecita en mi pecho. Ah!!! A Hija me la mostraron de lejos y menos tiempo. Esta vez a Hijo lo tuve un ratito, y viví con maravilla el efecto sedante del contacto: dejó de llorar cuando estuvo conmigo, y retomó el llanto al sacarlo.

Un rato más tarde estaban pasándome como un muñeco a otra camilla y llevándome a la habitación, donde me dejaron reclinada, donde había otra pareja con una niña nacida por cesárea, donde le di teta a mi hijo y donde vomité tres veces a lo largo del día por mover demasiado la cabeza o incorporarme demasiado rápido. También sudaba, así que me pusieron una compresa húmeda en la frente, y mi aspecto era de moribunda. Por “suerte”, Hija no vino a visitarnos ese día porque estaba con fiebre. Sí vino al día siguiente y quedó impactada con la vía que todavía tenía en el brazo. En esa visita sentí que nuestra relación se encontraba en el punto más frío de su historia: la distancia entre nosotras parecía insalvable.

[Cosas que no recordaba: la sonda y limpiarse con ese misterioso líquido violeta llamado carrel (o algo así).]

Noté varias diferencias con mi estadía posparto anterior. Los dos bebés de la habitación durmieron con pocas interrupciones toda la noche, y, lo que es más importante, casi sin llantos. Las visitas de las enfermeras no resultaron tan invasivas ni ruidosas como la otra vez, y ninguna me preguntó hacía cuánto había comido mi hijo. No me lo tuvieron que sacar de la teta para examinarlo, y pude terminar mis comidas (a partir del día dos, cuando dejé de vomitar!) sin que él me interrumpiera, porque la verdad es que se durmió todo.

El viernes de noche mi ginecólogo me sacó la venda de la cicatriz, y recién ahí me animé a bañarme. El sábado obtuvimos el alta el pequeño y yo, y arrancamos oficialmente nuestra vida como familia de cuatro.

Y así termina la historia de mi segunda cesárea.

(ya pasaron 11 días, no es tan fácil encontrar tiempo para escribir)

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La niñera

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Desde que Pequeña Hija Mayor tenía tres meses, la cuida mi tía unas horas al día. Es genial que una persona de confianza, de la familia, tenga tiempo y disposición para encargarse de una criatura todos los días. Y aprecio todo lo que hace por Primogénita.

Pero. (Siempre hay un pero, no?)

Este año ha sido distinto porque Peque empezó a ir al jardín. Yo me iba a trabajar antes de que Niñera llegara, generalmente, y volvía a una casa sola, ya que mi tía se había ido horas antes, después de llevar a Peque. Y, aparte de esas tres horitas de libertad que me eran desconocidas desde el nacimiento, la otra gran ventaja era que no tenía que interactuar con Tía.

Es que Tía tiene la costumbre de dar consejos, y yo la habilidad/debilidad de no tolerarlos (asumo mi parte). Ahora, en estos pocos días de licencia maternal en que acepté que viniera Tía a pasar las horas habituales con Hija (y que agradezco, porque es difícil de pasar tanto rato con niña mandando! #malamadre), he vuelto a recordar aquellos tiempos en que me fastidiaba con sus comentarios.

Son detalles, pero “y vos colgás la ropa acá?” “te sugiero algo, estirá bien el pantalón” “ay, te tocó jugar a vos ahora”

Especialmente la última. Como si yo no pasara el resto del día con Hija! Esa sensación de que yo era la niñera y ella la madre, caramba, me la hacía sentir a menudo (nota de color: Tía nunca tuvo hijos).

Lo más lindo es que el año que viene reincidimos con Hijo Dos, porque vamos a depender de ella (y de mis padres!) para su cuidado. Y está bueno que quede en manos de una persona querida, de la familia. Pero…

La dulce y aburrida espera

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Es mi cuarto día de licencia maternal (sin contar el fin de semana), y estoy aburrida.

El lunes fuimos a inscribir a Primogénita al jardín público (todo un tema ese), el martes al súper, el miércoles a la feria… hoy ya sólo salí para buscarla al jardín.

No es que no tenga cosas para hacer en casa. Tengo libros, internet. Tengo que hacer muñequeras y tobilleras de colores para la nena. Pero no tengo ganas.

Tampoco es que no haya hecho nada de nada. Hoy miré The Princess Bride (La princesa prometida), después de haber terminado el libro (que, por cierto, es muy loco). El canasto de la ropa está casi vacío, mi blog de recetas está casi al día (y hoy cociné dos cosas dulces), y también jugué y atendí las necesidades de Primera Hija…

Pero el día es largo, supongo. Me falta la salida, la interacción. La energía y el físico, también (porque mirá que está grande y pesa hasta sentada la panza, eh?).

Y me sobra Instagram, Twitter y Facebook (por dios).

Lo cómico es la diferencia entre el ahora y el dentro de unos días, cuando tenga un bebé que cuidar todo el tiempo…

El segundo hijo (pre nacimiento)

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Me queda esta semana de trabajo antes de empezar la licencia maternal, y dos semanas más para llegar a la fecha de parto de mi segundo hijo (un varón).

Y aquí estoy, aprovechando estos milagrosos minutos en que Hija mayor todavía duerme (últimamente se despierta ni bien me levanto). Minutos de libertad y paz, antes de sus demandas de comida, de limpieza, de juegos y de mis demandas de levantar cosas del suelo. Resumiendo.

Estar embarazada con un hijo pequeño en la vuelta es una experiencia de lo más interesante, sobre todo si se compara con el primer embarazo. El foco deja de ser el embarazo, porque no hay tiempo. No me puedo tirar en la cama a tocarme la panza y ponerle música al bebé (ni que lo hubiera hecho con Hija!). Tuve un período de vómitos con Hija al lado preguntando qué estaba haciendo… Pensar que yo trabajaba más horas, pero hacía gimnasia para embarazadas con videos de youtube!

No todo son quejas: definitivamente estoy más activa en esta segunda instancia, y eso tiene que ser bueno, verdad? Recuerdo el último mes con Hija en la panza y la desidia que tenía. Ahora la pereza está, pero igual me levanto de la silla (y del sillón, y del suelo), juego, lavo más ropa (porque se le dio por sacarse los pañales, pero no por pedir para hacer pis), le hago upa (en contadas ocasiones) y la voy a buscar al jardín. Con un poco de suerte me distraigo de las contracciones en su momento bailando El monstruo de la laguna… En las clases de parto me hicieron creer que este segundo trabajo de parto va a ser más rápido por esas mismas distracciones (y por el trabajo de parto que ya tuve, aunque no haya derivado en parto natural), y espero que sea cierto!

Hay otras cosas que cambian, como tener que ubicar a Hija 1 en cada consulta ginecológica, cada examen, cada clase de parto. Y ni que hablar la que nos espera cuando nazca Hijo 2 y haya que dividir la atención y pasar la noche con dos pequeños que no duermen bien.

Empezar de vuelta con un recién nacido habiendo ya pasado por la experiencia es engañoso. Porque uno piensa que tiene cancha, y quizás es que simplemente no se acuerda bien de las cosas. Había que esterilizar, no? Y lavar bien las cosas que se lleva a la boca… El pañal se cambiaba más seguido, y cuándo empezaban a comer como uno? Va a haber que andar con ojo por las cosas que Hija Mayor pueda llegar a acercarle, todas las chucherías que tiene en la vuelta en su cuarto, los libros que estarán a su alcance porque ella ya sabe manipularlos (casi sin accidentes).

Y, sobre todo, va a haber que trabajar el tema de las comparaciones, que van a ser inevitables.

Se vienen tiempos interesantes, sin duda. Deséenme suerte.

Acá, quejándome! (qué deporte)

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A veces llego a trabajar contenta, y me doy cuenta a los cinco minutos que no tengo ganas de fumarme a los gurises. Chan.

La que le falta un poco de… cómo decirlo sin que suene muy feo? Le falta comprensión de la vida, por decirlo de alguna manera, y me hace preguntas tontas y comentarios volados.

La que es antisocial y le manda audios todo el tiempo a su madre.

La que me cuenta la vida de sus amigos.

La que se pasa maquillando y limpia sus championes con pasta de dientes.

El que me pide los cubiertos y me los devuelve sin lavar.

La que me dice “corazón” y me dice que cuide a mi bebé.

Y la confianza en que entran, que se piensan que pueden hacer lo que quieran en la biblioteca, abrirme el ropero y el cajón…

A eso sumale que al buscar comida en la cantina te sentís un mendigo al que le hacen un favor, y que le llevan los ñoquis a mis compañeros mientras yo espero 15 minutos ahí parada, para comerlos tibios porque hay apagón, y sin lugar en el comedor porque ya está todo ocupado, ahí tenés el día de hoy.

Margot!

Estaría bueno que dejara de llover…

Quejas habituales y final feliz

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Me resulta muy curioso y fastidioso que, viviendo tanto más cerca del trabajo que hace un par de años, se vuelva engorroso volver a mi casa. Para la ida generalmente no tengo problema, pero a la vuelta el ómnibus que me sirve y yo no coincidimos! Veníamos bien, pero de repente empezaron a espaciar la frecuencia en ese horario. Si salgo 5 o 10 minutos antes, agarro uno, pero casi nunca puedo hacer eso. Y después me toca esperar 20 minutos o más. Sé que es un problema banal, pero no puedo evitar calentarme.

Lo que es peor, es que he agarrado el hábito de chequear en la aplicación de Cómo Ir de la IM, para saber si me vale la pena esperar ese ómnibus en particular o si me tomo dos. Y me ha pasado de ir por la segunda opción, sólo para tomarme el que me interesa – y que no figuraba en la app – en la otra parada. El otro día decía que ese demoraba 36 minutos todavía. Salí tranquila, para tomarme el otro, y veo pasar el mío frente a mis narices. Y después viajé parada y apretada (con panza de seis meses).

Hoy, en cambio, salí rápido porque venía en pocos minutos. Y así fue, solo que no paró porque venía lleno. Me está tomando el pelo el destino! Fue ahí que empecé a interactuar con una señora que se iba a tomar el mismo. Miré la aplicación, y le comenté que faltaban 17 minutos para el siguiente. Y cuando quise acordar estábamos las dos caminando hacia nuestros destinos, cercanos ellos, y charlando como si nos conociéramos.

Curiosamente yo conocía a su hijo. Me comentó que hacía poco había estado en mi colegio, que es autor, y tá, ya supe quién era. Así que hablamos de él y sus libros, pero además del antiguo trabajo de la señora, de su operación de ojo, de su accidente en bici, de hábitos alimenticios y deportivos, de hijos, de educación, de idiomas. Nos despedimos con un beso y nos deseamos suerte mutuamente.

Y tuve compañía para la caminata a casa, que tanta pereza me da encarar.

Un asiento, por favor (Toma 2)

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Estoy embarazada por segunda vez.

Y son muchos los cuestionamientos y dudas que me surgen. Será nena o varón? Cómo haremos para lidiar con dos pequeños? Dormirá este? Dónde podré conseguir juguetes Montessori? Tendré otra cesárea? Qué carajo hicimos?

Pero no es de eso de lo que quería hablar en este oh-querido-blog hoy después de tanto tiempo. Sino de – por qué no? – los viajes en ómnibus. Ya había escrito sobre eso una vez, cuando estaba embarazada de la Peque.

Ahora tengo un trayecto de ómnibus más corto hacia el trabajo. Y por dos meses viajé parada. Preguntándome si estaba haciendo mal. Si debía reclamar lo que me corresponde. Si estaba arriesgándome al cuete.

Un día, hace unas semanas, decidí que iba a empezar a pedir el asiento al guarda o chofer. Pago el boleto y le digo: “no me pedís un asiento (maternal/que estoy embarazada)?”. El sujeto asiente, no sin antes mirar mi panza como para chequear que no invente cosas, y luego alza la voz para solicitar dicho asiento. Ay, qué segundos tensos, gente! Estar parada ahí, expuesta, mirando a los pasajeros que no se mueven (siempre hay quien tiene motivos), el adolescente que no se siente identificado, y, lo que es peor, el amague de uno suplicando que sea otro el que me ceda el lugar más rápidamente! Una vez vi a dos señoras semi levantarse a la vez, mirarse, y quedar en pausa para que la otra concretara el acto en su lugar. Y la que ganó me dijo “De nada” varios segundos después de mi “gracias”, lo que me hace pensar que no me escuchó y que me estaba reclamando gentileza, pero eso debe ser de paranoica.

Hoy esperé un buen rato el ómnibus. Cuando finalmente llegó y me subí, repetí mi ya clásica pregunta al chofer, quien, con su voz más suave y como si le hablara a alguien al lado suyo hizo su pedido. Por supuesto que nadie escuchó. Gracias igual, Alberto. Incierta de cómo proceder, avancé unos pasos hasta que una muchacha me dijo: “A mí tampoco me lo dieron”. Y en esas pocas estamos.

El estándar (los caramelos, por ejemplo)

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Hoy Peque tuvo los cumpleaños del mes en el jardín. Y como buena madre hinchapelotas, mandé cartita a la maestra recordando que no queremos que tome refresco.

Hay un par de cosas en las que siento que voy contracorriente con el resto. Para mí es tan evidente que no es necesario ofrecerles bebidas gaseosas o caramelos a niños tan chiquitos! Es algo inevitable a la larga, porque es muy iluso pensar que nunca va a comer esas cosas (y ha comido, de hecho). Pero ayudaría si desde la institución a la que asiste le pusieran un poco de ganas y tuvieran una política al respecto. Cuando la anotamos nos preguntaron si tomaba refresco, y anotaron que no, que solo le darían agua. Pero a los demás no tienen problemas en ofrecerles, no? Y el primer día de clase, todos los niños se llevaron un regalito de parte del jardín: un tubo con caramelos masticables. Es necesario?

Hace unas semanas tuvimos el cumple (por fuera) de una compañera de tres que hizo la adaptación junto a Peque y que con cuya madre entablamos una relación amistosa. La bolsa de sorpresitas estaba llena de caramelos y un par de chocolates que fueron los que le dejé a Peque. No tengo nada en contra del chocolate, principalmente porque su consumo no consiste en chupar el azúcar por horas, y  no se pega a los dientes. Cuando los que se llevan la bolsita son niños de tres años para abajo, está bueno ofrecerles este tipo de chucherías?

Se me ocurren mil ideas de sorpresitas no comestibles: libretas, lápices, crayolas, gomas, juguetitos, libros, autitos, pelotitas, bolitas, amansalocos, plantitas…

Y también se me ocurre que podés incluir unas galletitas o brownies caseros y todos quedarían contentos.

Pero supongo que no es tan fácil salirse de lo esperado.

En diciembre, cuando le toque festejar por adelantado a Peque (cuyo cumple es en enero), espero poder ponerme de acuerdo con los padres de los niños que celebren junto a ella para repartir sorpresitas saludables.

Me encantaría, también, no ser considerada loca ni radical por rechazar los caramelos, y que haya alternativas sanas válidas para nuestros niños. Y que de mi hija no piensen: “pobre! no la dejan comer caramelos!”.

Díganme que no estoy sola!

Diario

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Pensaba el otro día: cómo extraño el diario íntimo. Ese ejercicio periódico de buscarte a vos mismo, sacarte la porquería y dejar sentado un instante y sus sentimientos. Un poco como acá, pero un pelín más privado.

Y qué se interpone entre mí y esas ganas de escribir? El tiempo, el cansancio, la falta de voluntad, la inversión de prioridades, el pensar qué se hace después con todo ese volumen papel, que una vez tocado por mi lapicera no puedo tirar. Un poco todo eso.

Varias veces estos días se me han ocurrido cosas que escribir en el blog, pero llegado el momento en que puedo abrir la compu sin ser interrumpida, me dan terribles ganas de acostarme a leer y chau. Hoy es un día excepcional porque Pequeña Hija se durmió sola antes de que terminara de prepararle la cena (en un hora inusualmente temprana), y me encontré con que ya había hecho todo lo que precede a que el horno termine la comida, por lo que en un impulso vine a divagar acá.

Por cierto, he leído bastante lo que va del año, pero ahora estoy estancada con un libro que, si bien por ahora es potable, no me provoca ganas de leer en cualquier momento, como me pasa con otros.  Si me copara lo suficiente, estaría leyendo en lugar de escribiendo.

 

 

La nieve

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Prometo que es lo último.

Durante nuestra estadía en Italia en enero no vimos nevar. Fue un chiste, porque nevó en Torino cuando nos fuimos a Venezia, y en Venezia cuando volvimos a Torino.

Así que mis tíos nos llevaron a la montaña para que tuviéramos la experiencia de tocar, pisar, sacar fotos y estar rodeados de la más blanca nieve. El destino elegido fue Prali, que queda a una hora y media de Torino (si mal no recuerdo). Peque vomitó en el auto cuando todavía no habíamos empezado con las curvas de montaña, y, a diferencia del sábado anterior cuando también vomitó yendo a otro lado pero después se durmió, esta vez permaneció despierta, molesta y quejándose. Yo tampoco me estaba sintiendo muy bien hacia el final del viaje, entre oler la mezcla de vómito y toallitas húmedas, estar inclinada hacia el lado de Peque para intentar levantarle el ánimo, la creciente altura y las repetidas promesas incumplidas de “ya estamos llegando”. Pero sí, valió la pena.

Además de ver, tocar, pisar y fotografiar nieve, vimos de cerca la fauna deportiva: decenas de personas haciendo ski de fondo, o tirándose desde allá arriba, o con los carritos, enfundados en colorinchudos equipos y caminando sobre aparatosos zapatos ruidosos.

También respiramos aire puro.

Una experiencia inigualable, como quien dice.

Y a la vuelta Peque se durmió.

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(esto vendría a ser un arroyo)

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