La noche y el bebé

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El bebé se despierta. No queda en su camita. Quizás es que le queda chica, y que sus patadas habituales chocan con las maderas. Lo cierto es que lo ponés dormido y se queja. Llora. Lo dormís de vuelta, y otra vez. Así al infinito.

Y yo me pregunto: por qué? Por qué otros bebés duermen de corrido? Por qué me hizo ilusionar los primeros meses, en que hacía tirones lindos y se quedaba lo más pancho después de la teta? Por qué me toca de nuevo lo que viví con Primogénita?

Felizmente lo pondría en la cama grande, donde me queda más cerca para calmar y donde seguro se queda más tranquilo. El problema? Ya tenemos una nena que se pasa a la mitad de la noche, y no quiero que lo mate a patadas.

Dirán que la culpa es nuestra, pero así nos salió. No lo hicimos ex profeso. Fue lo que nos tocó. Y me niego a dejar llorar a los niños.

Un día crecerán ambos. Dormirán en sus camas, en su cuarto, toda la noche. Y nosotros no cometeremos el error de buscar otro hermanito.

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Se acabó lo que se daba

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Mañana vuelvo a trabajar. Parecía que no, pero pasaron los cuatro meses.

Tengo ganas de trabajar? Creo que no, pero no es muy distinta la sensación a la que siento (sentía/sentiré) cada domingo de tardecita pensando en el día siguiente. Lo que sí tengo ganas es de ser yo sola un rato. Poder pensar. Tener conversaciones adultas (o adolescentes). Y un poco de silencio.

La situación laboral post niño es mejor que la que tuve con mi primogénita. Para empezar, el medio horario se extiende hasta los seis meses de la criatura (en su momento eran cinco). En segundo lugar, como agregué mi licencia anual después de la maternal, el bebé es casi un mes más grande que lo que era Hija en mi reintegro. Tercero, mi trabajo actual es mucho más cerca de mi casa que el que tenía en el 2015 (una hora más cerca x2). Y, por último, trabajo la mitad de horas que en ese entonces. El arreglo que hice fue trabajar tres días a la semana hasta mayo, así que voy a estar separada del niño unas 5 horas cada vez.

Estos días pasados creí volverme loca. Nos fuimos a La Paloma lunes y martes de carnaval, pero el resto de la semana estuve sola con los niños, y no podía mandar a Hija a lo de la abuela o tía porque no estaban. Hija está en una etapa de hablar mucho. Se pone a hacer cuentos eternos basados en historias reales. Yo ahí apago el cerebro y dejo de escuchar. Y ella sigue, y sigue, y sigue… También está en pleno juego simbólico. Todo el tiempo estamos viajando en tren, o en ómnibus, en un concierto, en el jardín, un hospital, una fiesta. Pretende que yo participe activamente, pero me limito a comer la comida invisible que me ofrece. Después están los llamados constantes. Salgo de la habitación y no pasan dos segundos antes de escuchar “Mamá!”. Estaba bañándose y le digo que voy hasta el cuarto: “sí, ya te escuché cuarentamil veces”, me dice la guacha. Entonces salgo del baño, y, estando en el cuarto la siento llamarme de vuelta (aaahhh). La otra es: “voy a dejar a Bebé, ya vengo”, y cuando lo estoy depositando en la cama, vuelta a llamarme. Si estoy en el baño también. Y así mil.

En cuanto al relacionamiento con el bebé, ya no lo muerde (sucedió dos veces en enero) ni intenta despertarlo (es joda?). Es más, se acerca a darle besos y hablarle. Te digo más, se le pone arriba, a un centímetro de la cara. Cuando lo agarro a upa sentada, ella se me trepa. Si le canto una canción, ella me canta arriba con otra letra, o me interrumpe con algo. Ooommm…

Ayer martes, finalmente, se me dio de poder mandarla a casa de los abuelos. Pude dedicarle atención exclusiva a Hijo. Estuve en silencio casi toda la tarde. No le hablé fastidiada a nadie, ni me irrité con los llamados constantes. Nadie llenó de migas todo ni se volcó cosas encima, ni pidió “pichí, pichí, pichí” cuando estaba dando teta. Y, obviamente, me sentí culpable de haberme “deshecho” de ella y de no haber hecho cosas híper útiles como la cena. Pero ella la pasó bárbaro, y a la tarde, cuando la fui a buscar, yo había recuperado energías para jugar y escucharla, entender que es una niña, y pasar hoy nuestro último día juntas sin broncas (casi).

Ahora se viene una nueva etapa: encarar eso de trabajo + dos niños.

Acá, madre full time de dos

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Pasan 17 minutos de las 22. Después de varias vueltas logré que se durmieran mis dos hijos (Adorado Esposo no está en casa en este momento), y empezó la parte del día que es MÍA!

El momento en que aprovecho a ducharme y sentirme persona nuevamente. Y que abro la computadora para hacer algo que no tengo muy definido. Todo eso después de haber ordenado algo del relajo que había quedado, claro.

Estas son las primeras semanas en que estoy sola durante el día con los dos críos. La más grande tuvo clase en el jardín hasta Navidad, y venía mi tía a colaborar y llevarla. Y en enero nos fuimos a La Paloma a compartir veinte días con varios familiares que ayudaban constantemente en la tarea de lidiar con una niña de casi 3 años y un bebé de casi 3 meses (poca playa para mí, pero no lo cambiaba por Montevideo ni loca). La semana pasada volvimos a instalarnos en casa, y ahí sí que empezó la diversión.

Es gracioso, pero me cuesta pensar ahora, tranquila y en silencio frente a la pc, cuáles son las cosas que me sacan de quicio y me exasperan durante el día. Pero que las hay, las hay. Generalmente se dan cuando la demanda de mis dos hijos se da en forma simultánea.

Hoy habíamos quedado que venía una vecina amiga del jardín con su madre. Y la peque empezó desde temprano diciendo que no quería que vinieran. Hubo que remarla, convencerla, hablarle de ética y amenazarla (!) Finalmente, al acercarse la hora de la visita, estaba re copada. Pero a mí me pega un cierto bajón entre los preparativos para dejar la casa más o menos presentable*, hacer alguna cosa rica, y la llegada de la gente. Ahí, cuando me siento a esperar (y no llegan más), ahí me dan ganas de cancelar todo a la mierda.

Pero a la larga llegaron ellas, y yo estuve hablando con una persona adulta por un rato largo, mientras las niñas jugaban. Y estuvo bueno! A pesar de las interrupciones, de las intervenciones anti conflicto y de los llantitos y teta.  Conclusión: necesito más tribu.

Otra cosa que necesito es salir más. Me encanta salir con el cochecito, pero ahora con el calor, y tapar del sol con sábanas que se caen, y una niña anexada a la que le piso los pies… Ta complicado.  Atadísima me siento. Aburrida de mi casa. Abrumada por el despelote.

Ansiosa porque empiece el jardín, negada a volver a trabajar…

Si sobrevivo a febrero, el resto del año está asegurado.

Creo.

*al diablo con las convenciones sociales. Mi casa mugrienta es parte de mi identidad, y si no  le gusta a la visita, que se la banquen (!!)

Relato de otro nacimiento

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Tuve mi primer hija hace dos años y nueve meses, y lo relaté aquí.

Hace una semana tuve a mi segundo hijo, y aquí va mi relato (spoiler alert: otra cesárea).

Mi primer parto fue por cesárea. Rompí bolsa sin haber tenido casi contracciones. En el sanatorio me indujeron por horas, pero nunca dilaté, así que fui a block quirúrgico, para mi pesar.

Esta vez busqué un ginecólogo que fuera pro parto natural, y que no me dijera de entrada que tenía pocas chances de uno sólo por venir con una cesárea previa. Este doctor me dijo que no había ningún motivo por el que no pudiera tener la posibilidad, y que lo único que no se podía hacer era una nueva inducción.

Y yo venía contenta porque desde unas semanas antes de la fecha prevista ya tenía contracciones. Sueltas, sí. Pero contracciones de la nada, que nunca había tenido con Hija. La semana anterior al parto había tenido una serie de contracciones muy seguidas, que me habían hecho instalarme una app para contar la frecuencia (jaja), pero me fui a dormir y se me pasaron. A los dos días tuve consulta y el ginecólogo me hizo tacto para ver si se había borrado el cuello del útero y había dilatado algo, pero no. Aparte, el bebé todavía estaba muy arriba.

Eso fue un viernes. Los siguientes días intenté caminar para que bajara el niño, pero no tuve muchas contracciones. Hasta el miércoles 1 de noviembre. Ahí estuve todo el día con contracciones irregulares.

A la tarde, cuando Hija fue al jardín, fui con Esposo al banco y a almorzar. Luego me dejó en casa, y no habían pasado diez minutos que me llamaron del jardín para decirme que Hija estaba con fiebre. Así que la fui a buscar, y luego llamé a la emergencia. Mientras el médico intentaba revisarle la garganta, Hija vomitó todas las frutillas que había llevado de merienda. Ensució mi cama, mi pantalón, mi pantufla, su ropa y el piso. Cuando se fue el médico la puse en el bañito, y solicité la presencia de mis padres para que me ayudaran un poco… Cuento todo esto para destacar la diferencia con el embarazo anterior, ausente de este tipo de distracciones! Mis padres vinieron, entretuvieron a Hija un buen rato, mientras yo intentaba limpiar el caos.

Más tarde Hija cenó y se acostó a dormir en la cama grande (no me iba a pelear porque durmiera en la suya; de todas formas, tarde o temprano se pasa siempre a la nuestra), y yo me puse a cocinar algo mientras Esposo intentaba redondear cosas de trabajo, previendo su inminente licencia. A esa altura las contracciones eran fuertes, bien molestas. Casi ni ceno, pero Esposo decía que iba a necesitar la energía. Después de eso me fui a acostar, con la esperanza de poder dormir algo. Un poco de sueño pellizqué, y hubo contracciones que no llegué a marcar en la app. Pero el lapso entre una y otra era cada vez menor, y el dolor de cada una me impedía dormir. Creo que acostada tuve los peores dolores! Me hacían retorcer toda (y pensar: ta, éste es el último hijo).

Me levanté varias veces, y tuve que ir al baño con frecuencia. Después ya me quedé levantada, usando la pelota de pilates, que me hacía sentir mucho mejor. Esposo se fue a acostar, y yo quedé dando vueltas. Hasta que en el baño me salió un poco de sangre. Ahí decidimos llamar a mis padres para que vinieran a dormir con Hija. Eran las 3 am. Esposo fue a buscarlos, y en el interín: FLUM, bolsa rota (atendeme la onomatopeya). Fue una catarata (nada que ver con la otra vez), me empapé el pantalón, y eso que tenía un absorbente puesto!

Así que arrancamos para el sanatorio, llegando a eso de las 4 am. Divino horario porque la emergencia estaba vacía, nadie me tuvo que ver el culo mojado, y no tuve que esperar mucho. Desde mi último parto en el sanatorio hicieron una reforma y hay un sector de emergencia exclusivo para ginecología. Ahí había un enfermero y una no sé qué. Me tomaron la presión, hicieron varias preguntas, y llamaron al ginecólogo de guardia (que tardó un rato – tienen camas por ahí?). Él me dijo que estaba en 4 o 5 cm. de dilatación (opiti!). Me pusieron poncho, me dieron antibiótico por el estrepto positivo, y me subieron en silla de ruedas a una sala de preparto (que estaba vacía) a esperar a mi ginecólogo (habíamos decidido contratarlo). Vino la partera a hacerme monitoreo fetal. Rato largo me dejó esa cosa, y resulta que estaba mal enchufado, jaja. Mientras tanto vino el ginecólogo (como a las 5 am) y determinó que tenía 4 cm de dilatación, y que el bebé aún no estaba encajado (por lo que no podía pararme, moverme, usar pelota…). Después de determinar que los latidos del niño estaban bien, y comprobar que tenía contracciones muy seguidas (y de que no me quejaba mucho, ja! – pero dolían) dijo que en dos horas volvía a ver si había evolucionado algo. Si sí (aunque fuera 1 cm), seguíamos adelante. Si no, bueno, si no, hablábamos.

Resumiendo, me quedé en 4 cm. Y el ginecólogo dijo que si, estando con bolsa rota y con contracciones regulares, no había avanzado nada en todo ese tiempo, tampoco iba a cambiar la situación por esperar más. Así que me planteaba dos opciones: o ir a cesárea inmediatamente (lo que recomendaba él), o esperar una hora más a que se diera un cambio fantástico, un milagro (aunque no recuerdo qué expresión usó). Era yo la que tenía que soportar el dolor.

Una especie de déjá vu con el parto anterior. La diferencia? Esta vez me importaba muchísimo menos. Es más! Casi que fue un alivio decidir terminar con la espera (y, por qué no, también evitar lo desconocido de un parto). Así que cuando volvió, le dijimos que íbamos por la cesárea, ante lo que él aseguró que era lo mejor.

Eran casi las 8 am, y habíamos estado sólo cuatro horas ahí. En media hora tenés a tu hijo, dijo. Pero sabés cuántas personas se precisan en el block quirúrgico? Una banda de gente. Esta vez la que tardó fue la pediatra, e Hijo terminó naciendo 8:44 am.

De nuevo sonda, poncho verde, “pantuflas”, gorra, viaje en camilla con enfermero simpático, gente presentándose y preguntando el nombre del bebé (y si era el primero, el sexo de la hermana, comentarios sobre el casal…). Gente hablando de la vida, vistiéndose, lavándose las manos, abriendo bolsas con instrumentos, tranquilizándome (yo estaba totalmente entregada al procedimiento). Contracciones. Anestesia, cositos en el pecho, cosito de la presión en el dedo, el campo para no ver cómo te cortan y te sacan cosas de adentro (descubrí que si miraba la lámpara de arriba veía el reflejo de cosas…). Aparición de Esposo al lado (“acercate, agarrale la mano”), advertencia de que iba a sentir una presión, preguntas sobre si podía levantar las piernas (“no, pero puedo mover los dedos!” preocupación).

“Tiene circular de cordón” “No iba a bajar” “Hicimos bien en operar”. Llanto de bebé, llanto de madre. Caras que aparecen tras el campo y felicitan. Corte tardío del cordón. Y el bebé, que lo traen, y le apoyan la cabecita en mi pecho. Ah!!! A Hija me la mostraron de lejos y menos tiempo. Esta vez a Hijo lo tuve un ratito, y viví con maravilla el efecto sedante del contacto: dejó de llorar cuando estuvo conmigo, y retomó el llanto al sacarlo.

Un rato más tarde estaban pasándome como un muñeco a otra camilla y llevándome a la habitación, donde me dejaron reclinada, donde había otra pareja con una niña nacida por cesárea, donde le di teta a mi hijo y donde vomité tres veces a lo largo del día por mover demasiado la cabeza o incorporarme demasiado rápido. También sudaba, así que me pusieron una compresa húmeda en la frente, y mi aspecto era de moribunda. Por “suerte”, Hija no vino a visitarnos ese día porque estaba con fiebre. Sí vino al día siguiente y quedó impactada con la vía que todavía tenía en el brazo. En esa visita sentí que nuestra relación se encontraba en el punto más frío de su historia: la distancia entre nosotras parecía insalvable.

[Cosas que no recordaba: la sonda y limpiarse con ese misterioso líquido violeta llamado carrel (o algo así).]

Noté varias diferencias con mi estadía posparto anterior. Los dos bebés de la habitación durmieron con pocas interrupciones toda la noche, y, lo que es más importante, casi sin llantos. Las visitas de las enfermeras no resultaron tan invasivas ni ruidosas como la otra vez, y ninguna me preguntó hacía cuánto había comido mi hijo. No me lo tuvieron que sacar de la teta para examinarlo, y pude terminar mis comidas (a partir del día dos, cuando dejé de vomitar!) sin que él me interrumpiera, porque la verdad es que se durmió todo.

El viernes de noche mi ginecólogo me sacó la venda de la cicatriz, y recién ahí me animé a bañarme. El sábado obtuvimos el alta el pequeño y yo, y arrancamos oficialmente nuestra vida como familia de cuatro.

Y así termina la historia de mi segunda cesárea.

(ya pasaron 11 días, no es tan fácil encontrar tiempo para escribir)

La niñera

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Desde que Pequeña Hija Mayor tenía tres meses, la cuida mi tía unas horas al día. Es genial que una persona de confianza, de la familia, tenga tiempo y disposición para encargarse de una criatura todos los días. Y aprecio todo lo que hace por Primogénita.

Pero. (Siempre hay un pero, no?)

Este año ha sido distinto porque Peque empezó a ir al jardín. Yo me iba a trabajar antes de que Niñera llegara, generalmente, y volvía a una casa sola, ya que mi tía se había ido horas antes, después de llevar a Peque. Y, aparte de esas tres horitas de libertad que me eran desconocidas desde el nacimiento, la otra gran ventaja era que no tenía que interactuar con Tía.

Es que Tía tiene la costumbre de dar consejos, y yo la habilidad/debilidad de no tolerarlos (asumo mi parte). Ahora, en estos pocos días de licencia maternal en que acepté que viniera Tía a pasar las horas habituales con Hija (y que agradezco, porque es difícil de pasar tanto rato con niña mandando! #malamadre), he vuelto a recordar aquellos tiempos en que me fastidiaba con sus comentarios.

Son detalles, pero “y vos colgás la ropa acá?” “te sugiero algo, estirá bien el pantalón” “ay, te tocó jugar a vos ahora”

Especialmente la última. Como si yo no pasara el resto del día con Hija! Esa sensación de que yo era la niñera y ella la madre, caramba, me la hacía sentir a menudo (nota de color: Tía nunca tuvo hijos).

Lo más lindo es que el año que viene reincidimos con Hijo Dos, porque vamos a depender de ella (y de mis padres!) para su cuidado. Y está bueno que quede en manos de una persona querida, de la familia. Pero…

La dulce y aburrida espera

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Es mi cuarto día de licencia maternal (sin contar el fin de semana), y estoy aburrida.

El lunes fuimos a inscribir a Primogénita al jardín público (todo un tema ese), el martes al súper, el miércoles a la feria… hoy ya sólo salí para buscarla al jardín.

No es que no tenga cosas para hacer en casa. Tengo libros, internet. Tengo que hacer muñequeras y tobilleras de colores para la nena. Pero no tengo ganas.

Tampoco es que no haya hecho nada de nada. Hoy miré The Princess Bride (La princesa prometida), después de haber terminado el libro (que, por cierto, es muy loco). El canasto de la ropa está casi vacío, mi blog de recetas está casi al día (y hoy cociné dos cosas dulces), y también jugué y atendí las necesidades de Primera Hija…

Pero el día es largo, supongo. Me falta la salida, la interacción. La energía y el físico, también (porque mirá que está grande y pesa hasta sentada la panza, eh?).

Y me sobra Instagram, Twitter y Facebook (por dios).

Lo cómico es la diferencia entre el ahora y el dentro de unos días, cuando tenga un bebé que cuidar todo el tiempo…

El segundo hijo (pre nacimiento)

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Me queda esta semana de trabajo antes de empezar la licencia maternal, y dos semanas más para llegar a la fecha de parto de mi segundo hijo (un varón).

Y aquí estoy, aprovechando estos milagrosos minutos en que Hija mayor todavía duerme (últimamente se despierta ni bien me levanto). Minutos de libertad y paz, antes de sus demandas de comida, de limpieza, de juegos y de mis demandas de levantar cosas del suelo. Resumiendo.

Estar embarazada con un hijo pequeño en la vuelta es una experiencia de lo más interesante, sobre todo si se compara con el primer embarazo. El foco deja de ser el embarazo, porque no hay tiempo. No me puedo tirar en la cama a tocarme la panza y ponerle música al bebé (ni que lo hubiera hecho con Hija!). Tuve un período de vómitos con Hija al lado preguntando qué estaba haciendo… Pensar que yo trabajaba más horas, pero hacía gimnasia para embarazadas con videos de youtube!

No todo son quejas: definitivamente estoy más activa en esta segunda instancia, y eso tiene que ser bueno, verdad? Recuerdo el último mes con Hija en la panza y la desidia que tenía. Ahora la pereza está, pero igual me levanto de la silla (y del sillón, y del suelo), juego, lavo más ropa (porque se le dio por sacarse los pañales, pero no por pedir para hacer pis), le hago upa (en contadas ocasiones) y la voy a buscar al jardín. Con un poco de suerte me distraigo de las contracciones en su momento bailando El monstruo de la laguna… En las clases de parto me hicieron creer que este segundo trabajo de parto va a ser más rápido por esas mismas distracciones (y por el trabajo de parto que ya tuve, aunque no haya derivado en parto natural), y espero que sea cierto!

Hay otras cosas que cambian, como tener que ubicar a Hija 1 en cada consulta ginecológica, cada examen, cada clase de parto. Y ni que hablar la que nos espera cuando nazca Hijo 2 y haya que dividir la atención y pasar la noche con dos pequeños que no duermen bien.

Empezar de vuelta con un recién nacido habiendo ya pasado por la experiencia es engañoso. Porque uno piensa que tiene cancha, y quizás es que simplemente no se acuerda bien de las cosas. Había que esterilizar, no? Y lavar bien las cosas que se lleva a la boca… El pañal se cambiaba más seguido, y cuándo empezaban a comer como uno? Va a haber que andar con ojo por las cosas que Hija Mayor pueda llegar a acercarle, todas las chucherías que tiene en la vuelta en su cuarto, los libros que estarán a su alcance porque ella ya sabe manipularlos (casi sin accidentes).

Y, sobre todo, va a haber que trabajar el tema de las comparaciones, que van a ser inevitables.

Se vienen tiempos interesantes, sin duda. Deséenme suerte.

Acá, quejándome! (qué deporte)

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A veces llego a trabajar contenta, y me doy cuenta a los cinco minutos que no tengo ganas de fumarme a los gurises. Chan.

La que le falta un poco de… cómo decirlo sin que suene muy feo? Le falta comprensión de la vida, por decirlo de alguna manera, y me hace preguntas tontas y comentarios volados.

La que es antisocial y le manda audios todo el tiempo a su madre.

La que me cuenta la vida de sus amigos.

La que se pasa maquillando y limpia sus championes con pasta de dientes.

El que me pide los cubiertos y me los devuelve sin lavar.

La que me dice “corazón” y me dice que cuide a mi bebé.

Y la confianza en que entran, que se piensan que pueden hacer lo que quieran en la biblioteca, abrirme el ropero y el cajón…

A eso sumale que al buscar comida en la cantina te sentís un mendigo al que le hacen un favor, y que le llevan los ñoquis a mis compañeros mientras yo espero 15 minutos ahí parada, para comerlos tibios porque hay apagón, y sin lugar en el comedor porque ya está todo ocupado, ahí tenés el día de hoy.

Margot!

Estaría bueno que dejara de llover…

Quejas habituales y final feliz

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Me resulta muy curioso y fastidioso que, viviendo tanto más cerca del trabajo que hace un par de años, se vuelva engorroso volver a mi casa. Para la ida generalmente no tengo problema, pero a la vuelta el ómnibus que me sirve y yo no coincidimos! Veníamos bien, pero de repente empezaron a espaciar la frecuencia en ese horario. Si salgo 5 o 10 minutos antes, agarro uno, pero casi nunca puedo hacer eso. Y después me toca esperar 20 minutos o más. Sé que es un problema banal, pero no puedo evitar calentarme.

Lo que es peor, es que he agarrado el hábito de chequear en la aplicación de Cómo Ir de la IM, para saber si me vale la pena esperar ese ómnibus en particular o si me tomo dos. Y me ha pasado de ir por la segunda opción, sólo para tomarme el que me interesa – y que no figuraba en la app – en la otra parada. El otro día decía que ese demoraba 36 minutos todavía. Salí tranquila, para tomarme el otro, y veo pasar el mío frente a mis narices. Y después viajé parada y apretada (con panza de seis meses).

Hoy, en cambio, salí rápido porque venía en pocos minutos. Y así fue, solo que no paró porque venía lleno. Me está tomando el pelo el destino! Fue ahí que empecé a interactuar con una señora que se iba a tomar el mismo. Miré la aplicación, y le comenté que faltaban 17 minutos para el siguiente. Y cuando quise acordar estábamos las dos caminando hacia nuestros destinos, cercanos ellos, y charlando como si nos conociéramos.

Curiosamente yo conocía a su hijo. Me comentó que hacía poco había estado en mi colegio, que es autor, y tá, ya supe quién era. Así que hablamos de él y sus libros, pero además del antiguo trabajo de la señora, de su operación de ojo, de su accidente en bici, de hábitos alimenticios y deportivos, de hijos, de educación, de idiomas. Nos despedimos con un beso y nos deseamos suerte mutuamente.

Y tuve compañía para la caminata a casa, que tanta pereza me da encarar.