Vacaciones de primavera

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Es una cosa nueva esto de las vacaciones de primavera. En mi época escolar eran dos días, si no recuerdo mal. Yo tuve que trabajar un día solo, y a pesar de que muchas actividades de la semana fueron para mis hijos, hubo otras cosas que fueron mías (sí? sí!).

  • Recibí tres niños en casa (en dos oportunidades)
  • Trajimos slime de la feria, descubrí su hermosa textura y amenacé con tirarlo todo si me encontraba con pedacitos en el piso
  • Con Primogénita fuimos a Libruras, la librería especializada en literatura infantil. No me alcanzó el tiempo para ver tantos libros hermosos y leerle los que ella seleccionaba (del tipo “Pupú y los medios de transporte”, ommm)
  • Me junté con amigas a preparar buttercream (y no llevé a mis hijos!)
  • Con Adorado Esposo terminamos de ver por segunda vez Downton Abbey. Por mi parte, avancé con The Good Place.
  • Terminé un libro (The Rest of Us Just Live Here), empecé y abandoné otro (Up in the Air), y seleccioné mi próxima lectura (Antes de que llegaras)
  • Con Ambos Hijos y mi hermana fuimos a ver a los Canticuénticos y nos cantamos todas las canciones
  • Hice torta, merengue, blondies de limón. Y brownies, los que nunca faltan.
  • Asistimos a un cumpleaños infantil
  • Visité a Cris!
  • Ordené y limpié dos cajones de la cocina y abajo de la escalera

Estoy especialmente orgullosa de ese último ítem! La de cosas insólitas que salieron de ahí…

Todavía nos queda domingo de picnic en el Botánico para cerrar esta bella semana de inicio de primavera.

Y después, es todo bajada

😉

 

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Adicción

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Hace unos días, cuando llegaba a la parada para ir a trabajar, me di cuenta que no llevaba el celular. Por unos segundos me plantée la opción de seguir adelante, pero enseguida volví a buscarlo. Simplemente no me imaginaba estar esas horas sin la posibilidad de contacto, sin conexión, sin saber la hora (sí, no tengo reloj)…

Y luego, este fin de semana, mientras paseábamos por Buenos Aires, lo dejé en un taxi, y ya van 5 días que estoy sin celular.

De alguna manera, perderlo durante un fin de semana familiar fuera del país suavizó un poco la ausencia. Porque ya de por sí no tenía conexión más que en el apartamento que alquilamos y que no pisamos hasta la noche, y el celular no me servía más que (ni menos que) para mirar la hora y sacar fotos. Al menos, durante las vueltas que dábamos. Me había llevado un libro y, a la noche, tuve que dedicarme a él, a falta de otros estímulos.

Tuve que pedir prestado el celular de Esposo para tener algunas fotos recuerdo del mini viaje, pero tampoco podía abusar (?). Yo, que saco fotos todo el tiempo, tuve que simplemente grabar cosas en las retinas!

Luego volvimos a Montevideo. Y no tuve la emoción de agarrar la señal llegando al puerto. No le pude contar a nadie que habíamos llegado bien. No pude ponerme al día con el grupo de amigas con las que hablo todos los días. No pude subir fotos a Instagram, ni chusmear qué pasaba en twitter.

Me despierto a la mañana, y no sé qué hora es. Esposo puso su despertador para mí hoy, y soñé que me dormía o no lo sentía. Salgo a la parada y no puedo ver cuánto falta para el ómnibus. Tengo que esperar y viajar mirando a mi alrededor y a la nada. No tengo la lista del supermercado. Voy al trabajo y no tengo fotos para mostrar. A la hora del almuerzo (y en otros momentos ociosos) me tengo que llevar un libro o simplemente pensar. El horror.

[Hoy de tarde, todavía, quedé sin luz en casa. La hora del microondas desapareció y yo quedé sin ubicación temporal (hasta que descubrí un celular viejo con la hora exacta). Buscando a Hija del jardín me enteré que el corte de luz iba hasta las 19. Y no podía comunicarme con nadie para que nos viniera a socorrer. Así que salimos en ómnibus para huir de la oscuridad (ah, qué dramatismo). Sin poder decir: vamos en camino. Sin poder mirar qué ómnibus nos convenía esperar. Cómo hacíamos esto antes??]

Todo muy lindo con el universo y este mensaje que me está dando. Hay vida más allá del aparatejo, hay rostros, y cielo y autos para mirar. Prometo dejar perderme en mis pensamientos de vez en cuando, y acá son testigos que yo algo leo… Pero por favor, quiero volver a tener celular mañana!

Dimanche

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Hoy me levanté con hijo chico a las 7:45. Intenté convencerlo de que se quedara más rato, pero no hubo caso. Se bajó de la cama y me dijo “tau”. Te imaginás el día que se levanten solos y yo no tenga miedo de que rompan algo? Va a ser maravilloso, pero no sucede aún. Así que le di unas galletitas y nos sentamos en el living. Agarré mi lectura actual (La historia interminable, de Michael Ende) y seguí algunos capítulos mientras el niñito me mostraba un lápiz con punta y otros sin (“no tene. punta. ete lápiz. Ete. tene. punta” en loop), y jugaba con lego y otros petates en la vuelta.

Más tarde, cuando se despertó la hermana, se fueron a jugar juntos mientras yo lavaba el piso de la cocina. La pucha que vale la pena estar vivo para ver a los hermanos compartir momentos! Cada vez se repiten y se prolongan más, y es maravilloso. En cierto momento abrimos la puerta del cuarto y estaban los dos todos pintarrajeados con marcador rojo. Ella se había hecho lentes, incluso. Un desastre, pero las caras con que nos miraron? Riéndose los dos? Imperdible. (A él le quedó la nariz roja, parece resfriado o borracho).

Con Hija tuvimos una discusión porque no quería que la bañara (nunca). Más tarde, en el otro extremo del día, porque no la dejé seguir viendo dibujitos. En esos momentos me convierto en mala y ella en una víctima de la injusticia. El drama que se maneja en esta casa es muy intenso.

A las 20 los niños estaban durmiendo, cada uno en su cama (miracolo, miracolo!). Y a mí hasta me dieron ganas de escribir una entrada en el blog. Pero divago, no tengo un tema en concreto ni ninguna línea argumental. Y lo cierto es que quiero ver alguna película antes de que sea mi hora de dormir (las 12).

 

Lo que leí en el 2018

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Yo no puedo creer que nunca hice esta lista! Me acabo de dar cuenta, y ya vamos la mitad del 2019. A remediarlo inmediatamente.

Aparentemente durante el 2018 alterné los libros de Jane Austen (participé de una lectura conjunta) con novelas para adolescentes. Para destacar: la trilogía de Jenny Han porque no hay nada como los romances puros de adolescentes; mi relectura de Little Women, donde descubrí que la novela que yo leí repetidas veces en mi infancia era solo la mitad de la historia; mi debut con Follett (todo bien, pero no creo que repita); y un clásico de Dickens que me debía.

(Mi memoria es un completo desastre)

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Sábado en casa + cine entre semana + abuelos

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La que pasó fue una semana rara.

Arreglé para ir el lunes al cine con una amiga. Con ella íbamos siempre, muchas veces en el año, a ver todo tipo de películas. Había ciertos títulos que estaban destinadas a nosotras. En cambio había otros que era obvio que íbamos a ver con nuestras respectivas parejas, o ella con su madre, o yo con mi hermana. Desde que nacieron mis hijos han mermado notablemente nuestras salidas cinematográficas, pero espero que levantemos números de nuevo. Esta vez ella me dijo: “hay una película que pensé que podemos ver juntas”. Y yo dije: “dale! El lunes!” sin pensar que el martes tenía agendada hora hace meses para el oftalmólogo e iba a tener que recurrir a niñeros extra dos veces seguidas [spoiler alert: no fui el martes].

Hablé con mis padres para que levantaran a Pequeñín, y con mi tía para que buscara a Primogénita, y me tomé un ómnibus vueltero que me dejó justito a la hora que empezaba la película. Vimos Dolor y Gloria. La de Almodóvar. Con Antonio Banderas y Penélope Cruz. Una película que me resultó rara en partes, y con exceso de consumo de droga (ja!), pero que me terminó gustando. Después de eso nos fuimos a merendar y a ponernos al día, ya que con esta amiga hacía tiempo que no nos veíamos. Qué lindo recordar viejos tiempos! Amo ir al cine, merendar cosas ricas y charlar con amigas.

Lástima que mientras tanto, en casa, todo era caos, ya que mis hijos están acostumbrados a que yo esté a la hora de dormirse (que es temprano, por cierto). Qué le vamos a hacer.

El miércoles nos instalamos en la casa de mis padres por el día de los abuelos. Y los niños volvieron a ir jueves y viernes, ya que se enfermó la niñera. Ambos días volvimos de noche para ver partidos de la Copa América y la clásica pizza de los viernes.

En conclusión, que estábamos abusando de la buena voluntad de mis progenitores, así que hoy, sábado, nos quedamos en casa.

Sigo? Sigo.

Hijo Chico duerme la mayor parte de la noche en nuestra cama. Últimamente está durmiendo bien, y ha llegado a despertarse a las 9 (hago desmayo), pero hay una cosa: cuando quiere levantarse, no hay quien lo pare! No existe remolonear en la cama, porque él arranca y no sabés qué puede llegar a hacer. Así que salgo rajando de la cama a encarar el día. Que quiere decir darle galletitas cuando me pide. Y leer los libros que me muestra. Y decirle: no, upa ahora no.

Luego se levanta Hija Grande y empiezan los pedidos de juegos. En el día de hoy jugamos a que estábamos en un shopping en un cumpleaños. Y había cama elástica. Y títeres (allá fui yo a hacer de titiritera). También jugamos a que era la niña nueva en un jardín. Que íbamos de excursión. Éramos jugadoras de fútbol (yo la suplente). A las doctoras. Al vacunatorio. A las compras en el shopping. A irnos de campamento. “Mamá, vení!” “Mamá, jugamos?” No hay forma de escapar, salvo que proponga cosas que me gusten más, como hacer collages o cocinar. Lo primero salió espontáneo de ella, y hubo que cuidar que Chico no despegara lo que recién habíamos pegado. Lo segundo lo hice sola mientras los dos niños jugaban con agua y se empapaban a sí mismos y a la casa. Uno compra momentos de paz, y paga precios caros (en cambio la mercadería que vende mi hija nunca supera los 6 pesos la unidad: re conveniente).

A pesar de que no salimos de casa, fue un sábado bastante ameno. Los momentos complicados fueron: cuando bañé a Grande (no le gusta, qué sé yo) y todas las veces que Chico interfirió en su juego robándole cosas. Tampoco le gusta compartir la pelota, al botijita. “Mío”, dice, y no se la da. Pero bueno, ahora duermen y yo les perdono todo.

Mañana será otro día. Y volveremos a lo de los abuelos.

El sueño y los niños

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No vengo a hablar de cómo duermen los bebés / niños chicos, sino de cómo duermen sus padres. O sea, de mi experiencia personal.

Hoy mi hijo chico se durmió a upa y lo pasé a su cuna. Al rato, quizás una hora, se entre despertó lloriqueando, y no bastó con recolocarle el chupete. Como no quería pasarlo aún a mi cama, me quedé con él en el sillón un rato, para luego devolverlo a su lugar. No funcionó. Así que lo llevé a la cama grande. A esa altura ya se me habían ido las ganas de hacer alguna de esas cosas que una hace cuando es libre (pero miren por dónde, acá me tienen escribiendo), y no pude evitar enojarme.

Y es entonces que viene bien recordar mi pasado cercano y mi probable futuro.

Hace un año, tenía que levantarme a dar teta. Mucha veces en este tempo, el bebé lloraba al despertarse, y no era fácil calmarlo (ahora solo necesita contacto). Solía despertarse a las 6, y yo allá iba atrás de él. Hubo un tiempo en que era imposible dormirlo , y más colocarlo en su catre.

Pero puedo ir más atrás en el tiempo. El primer año de mi primera hija, me levantaba mil veces en la noche y me quedaba largo rato con ella. No le gustaba su cama, y nosotros no habíamos cedido al colecho. Luego, entre medio de sus padres, se daba mil vueltas (como hace su hermano ahora en algún punto de la noche). Para dormirla, de bebé, la paseábamos y mecíamos con música, en posición vertical porque no le gustaba que la acostaras. Más adelante le leía uno, dos, tres cuentos de buenas noches, y cada vez se volvía más resistente a ellos (incluso hacía comentarios y preguntas, la muy atrevida). Era yo la encargada de dormirla siempre. Me levantaba a las seis de la mañana para ir a trabajar, con miedo de despertarla.

Hoy en día, mi hija “grande” duerme toda la noche en su cama. Se duerme temprano y sin problemas, salvo excepciones. Y la acompaña el padre. El mismo que se levanta las veces que llama de noche, porque yo no la oigo. Para ir a trabajar, lo más temprano que me levanto es a las 7am.

Entonces sí, me fastidia que el chiquito dé vueltas. Que me agarre la mano, la estire y la manosee. Que se despierte de madrugada y que sea él quien decide a qué hora me levanto. Pero soy consciente de lo que hemos avanzado y tengo idea de cómo pueden ser las cosas más adelante.

Ya no sé si escribo coherente. Tengo sueño y ya pasé mi autoestablecido límite de la medianoche. Capaz que hoy mi hijo no jode ni nada

Una entrada random sobre ómnibus

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Viajo todos los días en ómnibus, pero en trayectos cortos. De esos en que si se libera un asiento, se lo dejo amablemente a otro pasajero (me gusta pensar que le brindo alegría a la gente de esta manera). Lejos están aquellos viajes eternos en que me dormía las tales siestas o leía varios capítulos de un libro.

Pero sigo viajando y observando cosas. Como que todavía hay ómnibus sin puerta trasera. Deberían estar prohibidos. Y el otro día subí a uno raro. Venía lleno, y el chofer insistía en que en el fondo había lugar (un innovador el hombre). Yo pensaba que después de la plataforma y puerta central había escalones, pero no era así. El pasillo curvaba hasta terminar en la puerta, y los asientos estaban más elevados. Un desperdicio de espacio, también. Hay muchas fallas en el diseño de los ómnibus, como los que tienen los asientos reservados a dos metros de la puerta, o los que permiten a duras penas que haya personas paradas de ambos lados del pasillo.

Otras cosas que observo son los comportamientos de la gente. Y cómo gestos básicos como seguir avanzando no son tan comunes como deberían.

Hay un hombre con el que coincido prácticamente todos los días a la salida del trabajo. Se sube poco antes que yo y se baja una parada después. Pues el tipo se ubica en la puerta antes que yo lo haga. Y hay que pedirle permiso para apretar el botón. Demás está decir que no me cae bien.

Hace poco se armó algo de revuelo en un ómnibus en el que viajaba porque nadie le cedía el asiento a una persona discapacitada (si no recuerdo mal). Alguien empezó a acusar a una señora de no dar el asiento que tenía cartel de prioridad. La mujer no se dio por enterada, y se suscitaron varios comentarios entre los pasajeros, que en estos casos salen de su ensimismamiento e interactúan como personas de sociedad. Otra señora que venía durmiendo se despertó y preguntó qué pasaba. Cuando captó que se precisaba el asiento, me miró a mí y me lo ofreció. Bueno, pues el bebé hace año y medio que no habita en mi panza, así que no lo pude aceptar. Luego vi cuando se bajó la acusada de mala persona, y noté que era una señora mayor, con todo su derecho a estar sentada en el ómnibus. No es fácil.

Para terminar esta serie de divagues, quiero contarles que sólo una vez me cobraron dos boletos por viajar con dos niños menores de cinco años. Había visto el cartel, pero lo siento carente de sentido: si un niño no paga boleto, cómo puede ser que dos paguen uno? Para reflexionar.

 

 

algo de ser madre

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Qué es lo que más me gusta de ser madre?

Mis hijos. Mis hijos cuando no están llorando o quejándose, o diciendo que no quieren ponerse la campera, o no queriendo dormirse o rompiendo cosas. Pero incluso me gustan a veces cuando lloran, o se quejan, o hacen cualquier cagada.

Son lindos. Son graciosos. Son creativos, incluso para enojarse conmigo (acá hablo de la grande). Me gusta verlos aprender y explorar, escuchar sus primeras palabras y sus frases copiadas de libros o canciones, y sus razonamientos brillantes, inocentes y exclusivos. Me hipnotiza verlos reír.

Claramente me fastidia cuando se ponen pegote, y me agarran de los pantalones o me piden upa, pero qué cosa más linda que agarrarlos, darles besos, o sostener sus pequeños cuerpos sobre el mío? Me embola cuando no quieren la comida, tengo que perseguirlos para aprontarlos, no quedan en la cama para dormir la siesta (acá hablo del chico). Pero me alegra haber superado la etapa del no desplazamiento, y de los múltiples despertares nocturnos, y de la comida especial de bebé, así como en el futuro me alegraré de haber pasado otras etapas, a la misma vez que sufra porque crecen demasiado rápido.

Tener hijos que crecen así como crecen los niños me deprime un poco. Y siento que ser madre me limita bastante: mis salidas, mis horas de sueño y las actividades que realizo mientras ellos están en la vuelta están condicionadas a su voluntad. A veces pienso con nostalgia en las Épocas Anteriores.

Pero me resulta increíble pensar que un tiempo no existían. No estaban ahí! No eran nada! Ellos, que salieron de mí y siempre vuelven a mí cuando sienten la necesidad. Ellos que llenan mis días de juegos, ruidos y estrés. Canciones y palabras. Cuentos, rezongos. Anécdotas, gritos. Cómo vivir sin ellos? Imposible.

 

El emocionante Turismo 2019

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Tuve una mala idea antes de empezar a escribir esta entrada, y fue buscar la palabra “turismo” en el blog. Orden, limpieza, puesta al día con el blog, cocina, huevos de pascua caseros… En el 2011 hacíamos un hermoso paseo por Treinta y Tres. El resto de los años a La Paloma… Eran otros Turismos.

Pero no me voy a poner en papel de víctima, que no me corresponde! La vida con hijos chicos es distinta a la de la pareja sola, claro que sí. Acaso yo me daba cuenta de la suerte que tenía cuando hablaba de que había hecho sólo algunas cosas de las que me había propuesto? Claro que no! Pensar que ahora no me propongo cosas! Jajaja. Y la casa se ordenará en el 2022.

Los primeros cuatro días de esta semana: sobrevivir sola con mis hijos. Adorado Esposo, trabajando. Amadísimos Abuelos, de viaje. Sí conté con Queridísima Hermana, que se llevó a hija al cine (segunda película de sus jóvenes cuatro años: la puerta a un mundo maravilloso de cine compartido), y con Estimadísima Tía, que se llevó al chiquito a la misma vez, para que yo pudiera ir a hacer compras sola (inserte mujer bailando por la pradera).

Llevé a los niños a vacunarse. Era la primera vez que iba con los dos en ómnibus, sin ayuda. De hecho, hemos viajado tan poco en ómnibus, que a Peque Grande le parece una aventura emocionante! Y, por suerte, Peque Chico se queda quietito (si va a upa: si nos dan solo un asiento y los ubico a los dos juntos, se pone loco. Comprobado). El problema con el nene es en las paradas. Porque no se queda quieto, se va hacia la calle, junta puchos… Y está pesado para tener  a upa!

Estuvimos en plazas. Ahora me siento más cómoda yendo con los dos, porque Peque Chico se trepa a los juegos y se tira del tobogán como si nada. No me da tanto miedo que se caiga, y no tengo que subirme atrás de él… Y creo que es mejor ir a sectores sin juegos, ya que Grande no se anima a muchas cosas y me hace cambiar de juego a cada rato, y Chico se quiere subir al tobogán del lado de la rampa, incluso cuando hay gente, o se tira frente a las hamacas. Llevar la pelota fue una gran idea: a Chico le encanta patear, y con Grande nos divertimos tirándola en distintos lados: escaleras, juegos de madera… Lo bueno de estar afuera es que no tengo que participar en juegos eternos de doctoras o maestras (cómo me aburre “jugar a”!!) y tampoco hay que estar sacándole a nadie cosas peligrosas de las manos. Adentro de casa se dice mucho más el no: no te metas eso en la boca, no rompas la bolsa de harina, no te pares arriba de los juguetes, no rayes el libro…

Fuimos a la casa de una amiga. Hubo apagón y nos volvimos rápido. Una hace el esfuerzo para que la niña socialice, y mirá lo que pasa, che.

Estuvimos en un cumpleaños (y otra vez nos tomamos ómnibus los tres), donde el niño comió torta hasta con el pelo.

Pintamos cáscaras de huevo, y las manos, y la boca (cómo hacer para que el niño no coma el pincel??). Una experiencia compleja.

Y finalmente nos fuimos para afuera, a la casa de la abuela.  Vamos bastante seguido, así que no fue muy novedoso. Pero el otoño estaba hermoso, y fuimos a más plazas y playa. Comimos en familia, y pude distraerme un poco de mis hijos mientras estaban al cuidado de otras personas (quiero un poco más de eso, por favor!).

Es Domingo de Pascua, se termina Turismo… ah no, pará! Mañana es feriado! Habrá que salir a la plaza de vuelta!

 

 

Sobre cómo conseguí las vacunas para mis hijos

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El lunes de Turismo me dediqué a conseguir que vacunaran a mis hijos contra el sarampión. No es que no lo hubiera intentado antes, eh? Los dos quedaron en el limbo de niños entre 15 meses y 5 años (la segunda dosis contra el sarampión se daba a los 5 años, y la adelantaron a los 15 meses), y empecé a buscar la vacuna junto con todo el mundo: cuando apareció el primer caso en Uruguay.

Fuimos el sábado a una mutualista: media hora antes de terminado el horario no había más números (qué ingenua: al sábado siguiente fuimos a primera hora y ya estaba lleno!).

El lunes a otra: los números se dan y se acaban temprano (y en horario de trabajo).

El martes a otra: se habían acabado las vacunas.

El miércoles salí caminando a las 8 am a otra mutualista: me avisaron que los números se daban a las 8 y se habían terminado también.

El viernes no logré que mis hijos se levantaran temprano (es muy irónico! siempre madrugando por ellos…). Ahí llegamos al sábado que ya mencioné… Lo que me deja en el mencionado lunes de Turismo.

Fuimos a la mutualista que da números (y pocos) al mediodía. Pensando que por ser vacaciones iba a estar tranqui. Llegamos 11:30 y nos encontramos con una fila enorme para la gripe, y adentro… una fila grande de gente esperando número para el sarampión. Me di la vuelta re frustrada. En casa, empecé a vichar de vuelta el listado de vacunatorios. Había otro cerca, pero no me respondieron. Llamé a mi mutualista, y dijeron que había vacunas y que hasta las 19 atendían. No había que sacar número con anticipación. Así que decidí ir a acampar allá. Iba a demorar? Sí. Pero en mi cabeza iba a tener la certeza de tener mi lugar (a diferencia de los lugares en que tenés que ir dos horas antes para hacer fila para que te den número, y ahí esperar dos horas más, si conseguiste!) Terminamos de almorzar y nos fuimos a tomar el ómnibus. El “bebé” a upa y la niña agarrándose de mi buzo (por cierto, fue la primera vez – sí – que viajé en ómnibus con los dos sin compañía de otro adulto). Iba preparándome para un gentío, y me encontré con una sala con relativamente poca gente. Pero la alegría duró poco, porque números no había. Casi lloro (otra vez).

Los que esperaban me dijeron:

  • que ellos estaban desde la mañana
  • que había números hasta el 99 (e iban por el 45)
  • que a lo mejor después daban números de vuelta (cuando terminaran con los que estaban)
  • que seguramente yo iba a tener que esperar menos que ellos porque había gente que se había ido y números que llamaban y no estaban (totalmente cierto)
  • que con cada persona que entraba estaban 15 minutos

En un momento en que abrieron la puerta, la enfermera dijo que estaban esperando vaciar un poco la sala para poder dar números de vuelta (pero ahí cómo funciona con los que no tenemos número? Volvemos al casillero 1!). Decidí quedarme. Era cierto que pasaban pila de números sin gente! Me entré a entusiasmar. Cuando había pasado una hora y media, una mujer que tenía el número 89 me dijo que había sacado tres números pensando que tenía que tener uno para ella, uno para su esposo y otro para su hija. Pero que como los grupos familiares entraban con un número solo, me podía dar el 90. Y yo pensé: no vale la pena, no? Si faltan tan pocos números, puedo esperar mi turno y no pasar por delante de los que vinieron más temprano que yo! Es bastante injusto que te regalen un número, no es cierto? Bueno, ahí fue cuando me enteré que había gente que tenía los primeros números de la serie siguiente. No terminaba en el 99! Y la sala estaba más llena que cuando había llegado. Quizás algunos se habían ido con su número y vuelto. Y también estaban los que iban llegando a esperar que habilitaran más números (avalancha!). Lo cierto es que, júzguenme, acepté el 90, entré con mis dos hijos, que lloraron copiosamente, y me fui sin mirar a la cara de nadie (sobre todo de las personas con las que había estado hablando y que sabían que yo no tenía número!).

Qué alivio poder encarar el resto de la semana con eso ya resuelto!

Ahora… ahora nos falta la de la gripe.