Salimos un martes 13 a las 7 de la mañana hacia Plaza Cuba. Encontramos a mi padre cuando salíamos, que venía para llevarnos. Primer ” problema”: el ómnibus a [edit] Carmelo tardó [edit] una hora en llegar. Una vez allá embarcamos en Cacciola, al mediodía. El viaje estuvo lindo. Pasamos mucho rato afuera, mirando agua. Llegando a Tigre estuvo bueno ver las casitas ahí perdidas.
Nos tomamos un tren a Retiro. Ah, ¡el tren! Me gustan los trenes. Paseamos un rato por Once y el Abasto, cenamos con la flia del novio y dormimos 4 horas en un colchón inflable que se desinfló tres veces (terminé agarrando el sillón, ¡qué placer!). Al día siguiente, 6:45 estábamos en el aeropuerto de Ezeiza, buscando un lugar donde conectarnos a la red de redes. No pudimos (creo que había que pagar por una contraseña), y fuimos casi los últimos en embarcar. Estábamos en la fila de la salida de emergencia del avión. Teníamos instrucciones especiales y la responsabilidad de sacar la puerta de emergencia (15 kilos) y asistir a los demás pasajeros en caso de accidente, además de usar el sentido común en caso de que las condiciones fuera del avión fueran peores que las de adentro. Uno no se toma muy en serio esas cosas, ¿no? Cuestión es que teníamos más espacio. En el vuelo no pasaron película y los asientos no se podían reclinar. Buu.
Llegamos a Lima, al aeropuerto Jorge Chávez, a eso de las 10 am local. Para nosotros eran como las 13. Esperábamos un cartelito con nuestros nombres a la salida, pero no nos dieron el gusto. Fuimos a preguntar a IPerú, el servicio de información y asistencia al turista, quienes muy amablemente llamaron al hostal para ver qué pasaba con nuestro “transfer”, o “recojo”. Ya aprovechamos a pedir folletos, mientras venía alguien a buscarnos. Qué caos el tránsito en Lima. Se meten adelante unos de los otros, giran brusco, van como pedo, tocan bocina a cada instante (qué desesperante). Vimos barrios más bien humildes, y gente vendiendo en las esquinas: diarios, refrescos, etc. Yendo al barrio de Miraflores, donde está nuestro hostal, pasamos junto a barrancos impresionantes y tuvimos la playa a nuestro lado, que, conociendo Montevideo, Rocha y demás, nos desilusionó. Estaba nublado y algo fresco, así que no había mucho más que surfistas. En vez de arena, piedras grises.
Finalmente llegamos sanos y salvos a La Casa Nostra. Para conocer algo de Lima antes de subirnos al medio de transporte que nos faltaba (ómnibus) para llegar a Cuzco.
Continuará!
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